Francisco A. Catalá

Tribuna Invitada

Por Francisco A. Catalá
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La vulnerabilidad isleña

Pasó el huracán María y, como triste legado, dejó devastación por todas partes, como hiciera hace muchos años —en septiembre de 1928— el ya legendario San Felipe. Los huracanes son huéspedes desconsiderados, sumamente revoltosos. Pero hay que admitir que, como anfitriones, los puertorriqueños hemos sido descuidados.

Los huracanes hacen patente nuestra vulnerabilidad. Todos estamos expuestos a recibir daño, aunque, claro está, hay variaciones en el grado de exposición al daño, así como en la naturaleza del mismo.

La vulnerabilidad obedece a causas naturales —como el hecho de ser una isla en zona de huracanes— así como a factores institucionales, entre otros el grado de dependencia de un centro político, la falta de diversidad en fuentes de suministros, la especialización en pocos productos de exportación, la pobreza en opciones de financiamiento, el aislamiento respecto a organizaciones regionales y multilaterales y las políticas desacertadas en torno a los inventarios. Independientemente de las causas de la vulnerabilidad, la capacidad para lidiar con ella es función de políticas expresamente diseñadas con tal propósito. Cuando éstas faltan o son inadecuadas hay que sumar otras debilidades al cuadro diagnóstico, ya sean producto de la negligencia, de la confianza extrema en la dependencia política o, como se ha señalado ante el paso del huracán Harvey por Texas, de la supeditación ciega a las fuerzas del mercado. Desde hace siglos se sabe que el “laissez-faire” no dicta las mejores normas de construcción ni, mucho menos, las más seguras ubicaciones para casas y edificios.

Hay que admitir que muchos retos son de tal envergadura que, aparte de iniciativas nacionales, se requieren acuerdos y esfuerzos en instancias regionales y globales. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha recomendado durante mucho tiempo una serie de políticas relacionadas con distintos aspectos vinculados a la vulnerabilidad: cambio climático, desastres naturales, disposición de desperdicios, uso del terreno, delimitación marítimo-terrestre y manejo del agua y otros recursos energéticos como la luz solar y el viento. Pero es más lo que falta por hacer que lo que se ha hecho.

En toda política para enfrentar la vulnerabilidad es central la seguridad alimentaria. Desafortunadamente, en Puerto Rico se ha actuado en contravención de la misma. Para empezar, nunca se transitó, como se propusiera en los primeros años de la década de 1940, del monocultivo azucarero a la producción de alimentos. En realidad, se optó por la liquidación de la agricultura. Tampoco se le otorgó la prioridad que merecía el desarrollo de una industria de procesamiento de alimentos vinculada al mercado externo vía la importación de materia prima y la exportación de bienes terminados.

Por otro lado, en lugar de multiplicar opciones, la política de subordinación ha arrastrado al país a depender de pocas fuentes de suministros. A esto se suma el encarecimiento de la transportación y las dificultades en el trazado de rutas marítimas debido a las leyes de cabotaje. Como si esto no fuera suficiente, los impuestos sobre bienes muebles inhiben un manejo de inventarios orientado a plazos más largos.

Puerto Rico se enfrenta al imperativo de reconstruir su economía, comenzando por su base infraestructural. Pero esto, que es mucho, no es todo. Necesita enfrentarse al reto de diseñar un nuevo andamiaje institucional. Nada de esto es fácil. No son pocas las restricciones. Antes del huracán ya nos encontrábamos en la precariedad: contracción económica, insuficiencia fiscal e impotencia política. Ahora se trata de hacer lo que no se ha hecho, de lograr que lo necesario sea posible.

Valga cerrar con una reflexión de una filósofa española, María Zambrano, que hace muchos años dictó cátedra en la Universidad de Puerto Rico: “…de todas las condenaciones y errores del pasado sólo da remedio el porvenir, si se hace que ese porvenir no sea una repetición, reiteración del pasado, si se hace que sea de verdad porvenir”. Que el porvenir sea de verdad porvenir. Nos parece que este sencillo consejo lo resume todo.

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