Félix A. López Román

Punto de vista

Por Félix A. López Román
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“Leave Meeting”: crónicas del COVID-19

Son las 8:45 de la mañana y acabo de apretar el botón “leave meeting” que culmina mi participación en la primera reunión de trabajo del día.  Es un día de coincidencias:  la tablilla del carro termina en el número ocho y, además, es miércoles.  La próxima semana será santa y me temo que la Gobernadora nos va a agrandar el recogimiento.   Por eso, entre reuniones de trabajo, me salgo a hacer fila y una compra.  

Estamos en los tiempos dominados por el COVID-19 y me dispongo a inmunizarme. Sin embargo, tengo muy poco para protegerme, ya que el toque de queda me tomó con una escasez nacional de alcohol, mascarillas y guantes.  Lo único que tengo es jabón y un potecito de alcoholado que, cada vez que me lo pongo, expelo un olor a enfermo que asusta a la gente.  Así, que salgo sin ningún tipo de protección.  Es un acto de valentía en estos tiempos en que, hasta para botar la basura, la gente sale con mascarillas.  La verdad, no es valentía, salgo por necesidad y con temor a contagiarme. 

Ahora, fuera de la casa, me coloco los zapatos para salir, mientras rechazo la petición de mi esposa de ir a la farmacia para un asunto menor.  La última vez que fui a la farmacia realicé una fila de una hora en un espacio pequeño y rodeado de más de 60 personas que, para mí, eran peligrosamente asintomáticas.   Luego de aquella visita, pasé 14 días de ansiedad y pendiente de cualquier carraspera que me diera en la garganta.   De esa forma, sin mascarillas ni guantes, llego al supermercado.  Hay una fila larga de personas.  Los voy observando.  Todos llevan su atuendo “a-pático”.  El próximo a ingresar, con sus manos levantadas al nivel de su rostro, parece un cirujano que espera por entrar a la sala del quirófano.  Detrás de él, un individuo, cual ebanista con mascarilla de bozal, parece aprestarse a lijar algún pedazo de madera.  Le sigue uno que no tiene mascarilla, pero lleva guantes de fregar. Así, sucesivamente, voy observando la variedad de atuendos inmunológicos. 

Unos llevan mascarillas de motociclista, otros llevan mascarillas con dos ventiladores a cada lado, como acabando de salir de un taller de hojalatería y pintura.  Yo, sin mascarilla ni guantes, me coloco en la fila; justo detrás del buzo y al frente del vaquero, un individuo que, con pañuelo de triangulo invertido en la boca y sombrero, parecía que venía a asaltar, sin pistola y sin caballo, algún almacén del viejo Oeste.  Me incorporé en la fila y cotejé que estuviese a seis pies de distancia de cada uno de ellos.  Aproveché la espera en la fila para preguntarle a mis padres si necesitaban algo y así evitar que se expongan innecesariamente.   Luego de recibir su contestación, y con cara de estar listo par el ataque, revisé a mi alrededor que nadie haya invadido mi territorio de seis pies de distancia.  Luego de corroborar que todo estuviera en orden, ya calmadamente, dirijo mi mirada al celular para ir contestando los correos electrónicos del trabajo mientras la fila avanza, lentamente, hacia la puerta del supermercado.  Cada cierto tiempo, iba cotejando que nadie hubiese invadido mi territorio de seis pies.   

En la entrada del supermercado, el amable empleado nos da la bienvenida acompañada de unas instrucciones.  Me percato de que el empleado lleva una sonrisa impregnada en su rostro.  Eso es indicativo de que no lleva mascarilla.  Por lo tanto, al entrar, me alejo lo más posible de él, esperando que no me de ni las instrucciones, ni la bienvenida.  Ya, dentro del supermercado, carrito en mano, comienza toda la hazaña de la evasión. 

Me detengo, a seis pies de distancia, de dos empleados que, sin mascarillas, bromean sobre no sé que asunto mientras colocan las lechugas y los tomates.  Inmediatamente pensé que no era necesario comer ensalada durante la semana, mientras tachaba la lechuga y los tomates de mi lista de suministros de primera necesidad.  Me dirigí hacia el pasillo número 1, para buscar el aceite, pero la acción quedó descartada porque habían tres personas allí; dos con mascarilla y una con guantes.  En estos tiempos tres personas en un pasillo es una aglomeración peligrosa.  Igual ocurrió con el pasillo número 2 porque en ella había cuatro personas.  Las tachaduras en mi lista de suministros de primera necesidad eran inversamente proporcional a los artículos que habían en mi carrito de compras.   

En el pasillo número cinco una señora hablaba, casi gritaba, por celular mientras iba leyendo las etiquetas de los productos.  Ese era el pasillo del café y necesitaba entrar ahí, así que retrocedí al pasillo principal, pasando varias veces por la entrada del pasillo 5 y mirando de reojo a ver si la señora se había ido.  Tan pronto el pasillo quedó vacío aproveché y cogí el café; siempre el más alto en la góndola y el último en la estantería porque imagino que al virus se le hace más difícil llegar hasta allí. 

Posteriormente, me detuve unos minutos a deliberar que marca de pan escogía.  En ese momento, una gentil empleada, sin mascarilla, al parecer notó mi indecisión y comenzó a acercarse a mí preguntando en qué me podía ayudar.  Pensé decirle que se alejara de mí, pero no lo hice.  A cada paso que ella daba acercándose, yo, cual bailador de tango, retrocedía.  A seis pies de distancia le di las gracias y le mencioné que no necesitaba ayuda.  

Presto a pagar, para salir rápidamente de aquél foco de contagio, identifiqué la caja más vacía.  Era la caja expreso (10 artículos o menos).  Mi lista indicaba 25, pero el carrito tenía, justamente, 10 artículos.  Mientras coloco los artículos en la correa automática, la cajera me da los buenos días y me pregunta si encontré todo lo que buscaba.  Me doy cuenta de que su voz suena con una brillantez natural y sin sordina.  Sospecho por qué suena así, mientras me vuelvo a mirarla confirmo que no tenía mascarilla.  Realicé el cálculo y me di cuenta de que entre una cajera y con comprador hay mucho menos de seis pies de distancia.  No le contesté a la cajera y le di la espalda inmediatamente para crear una barrera protectora entre sus gérmenes y mis ductos respiratorios.  La cajera comienza a pasar mis artículos por el escáner, mientras yo voy rogando en mi pensamiento: “¡Que no me diga el total!”, “¡Que no me diga el total!”.   Sin embargo, al finalizar, con una sonrisa me dice: “Son treinta y cuatro con cuarenta y ocho”.   Hice una pausa y me pregunté tantas cosas.  ¿Por qué me tiene que decir la cantidad si yo puedo leer la pantalla?  ¿Por qué tengo la fortuna de que la cantidad total tenga tantas “erres” que, si no recuerdo mal, es una consonante múltiple alveolar y la vibración para producir su sonido aumenta la propulsión de saliva?  Para colmo, ella con una sonrisa, lo repite: “Son treinta y cuatro con cuarenta y ocho”, mientras extendía, sin guantes, sus manos para que le entregara mi tarjeta de pago.  Luego del pago y con ánimo de vencido, guardé en mi cartera la tarjeta, que ahora también tendría que desinfectar cuando llegara casa; porque había leído una información, no sé si veraz o falaz, que el Coronavirus se mantiene vivo por tres días en el plástico.  

Me dispuse a salir del supermercado empujando el carrito con mi compra.  En la puerta de salida, dos empleados, con mascarillas, estaban apostados en cada uno de los extremos de la puerta corrediza.  Parecían no entender que incluso, con mascarillas puestas, uno tiene que mantener la distancia física y evitar las conversaciones.   Los dos empleados charlaban y bromeaban el uno con el otro, mientras los clientes salían rociados por las gotículas de aquellos alegres guardianes.  Yo, que había leído también que el virus no entraba por los oídos, contuve la respiración y casi cerré los ojos, para salir de aquél lugar. 

Ya dentro del carro pude comenzar a recobrar mi respiración normal.  Pensé en a quién se le habría ocurrido poner a los habitantes de Puerto Rico a hacer un pareo diario de días y números de tablillas. Me pregunté por qué a nadie de los grupos que controlan la crisis se le había ocurrido darse cuenta de que las primeras semanas del toque de queda limitaba los lugares de contagio y propagación a las farmacias, gasolineras y supermercados.  Me pregunté por qué a ninguno de ellos se le había ocurrido educar a esos negocios para que establecieran protocolos que modelaran el distanciamiento físico y limitaran las conversaciones entre sus empleados y entre sus clientes.  Hubiese sido una buena acción educativa para la ciudadanía en esas primeras semanas. Quizás, el problema es que también somos víctimas de las acciones y de la mirada, exclusivamente, punitiva para atender los asuntos sociales. 

Para colmo, camino a casa, escucho decir a un opinador, de algún programa radial, que “el problema es la gente”, “que la gente no hace caso”.  Ignora el opinador que el problema son décadas de aplaudir privatizaciones y austeridades.  Que el problema son años de celebrar el mercadeo de la salud, el desmontaje de la educación y el achicamiento de la dimensión pública de nuestra vida social.  Todo eso se nos devuelve hoy en la figura de una impotencia gubernamental para gestionar la crisis.  Más aún, en la incapacidad de ver que no se trata de atender esta crisis, sino también de vislumbrar el cómo vamos a atender el periodo post-crisis, el cual requerirá de un sector público fortalecido.   

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