Mari Mari Narvaéz

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Por Mari Mari Narvaéz
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Le dan la espalda a Houston y Peñuelas

Hay un hombre —uno solo en este mundo— que habla en una emisora de radio aquí por las mañanas. Es un hombre aburrido y predecible, no se los niego. Pero tiene algo: cierta valentía, constancia en su discurso estreñido. El hombre se dedica más a menudo de lo que creía posible a defender las posturas del presidente Trump. Tiene su extraña intrepidez insistir en una tarea tan ingrata y abominable.

Sé que hay mucha perversión en el señor Trump. Y eso es lo principal. Pero la perversión no le resta a la demencia, a la imprudencia, a la alienación. Mientras Estados Unidos, México y los países vecinos lloramos estupefactos la tragedia de Houston, este señor ignorante y estrambótico insiste en su negación del cambio climático. Y una piensa que son cosas de gente descabellada y execrable como el Trump, como todos esos republicanos y supremacistas de ese país. Pero resulta que, cuando analizas bien la situación, te das cuenta de que aquí también los hay. Y no es solo el señor estreñido de por las mañanas. Son muchos y están a cargo del país.

La discusión más importante en Houston esta semana ha sido las grandes disparidades entre ricos y pobres, blancos y negros ante los efectos del cambio climático y de la contaminación. En esa ciudad, los más cercanos a las áreas industriales de las petroquímicas son vecindarios pobres y negros. Esa es la única zonificación que existe en la ciudad: la de ubicar a los marginados en el lado más peligroso. No solo han sacrificado ya su salud durante años sino que, ahora en la tragedia, no podían abandonar sus casas y, literalmente, están expuestos a la liberación de contaminantes de las petroquímicas tras las averías que provocaron las inundaciones.

La historia de estas comunidades en Houston no es muy distinta de las de Peñuelas, Guayama, Cataño, comunidades pobres que, históricamente, ha expiado mucho más que su cuota de sacrificio viviendo junto a las petroquímicas más contaminantes del país. Cuando exigen justicia ambiental, sus “representantes” les dan la espalda, condenándolos a cien años más de contaminación, enfermedad y súmele también represión policiaca. Un coctel de muerte, sin duda.

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