Gerardo Navas Dávila

Punto de vista

Por Gerardo Navas Dávila
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Libertad del voto y reforma electoral

El voto por miedo es el nodo central del embrollo de relaciones que explica la crisis política. Acontece que, en un sistema basado en mayoría simple, el elector, por miedo a que la opción considerada peor pueda ganar por poquitos votos, no vota por sus preferencias, sino por la considerada menos mala, con mayor posibilidad de triunfo: el voto útil. Como las percepciones de las posibilidades de triunfo se ordenan y homogenizan, la práctica conduce al bipartidismo. Este fragmenta desde arriba a la sociedad y a grupos que por compartir una misma situación social son en sí colectivos virtuales de acción social, que, divididos por la línea partidista, subsisten débiles e inmovilizados, junto al partido. Sin base social coherente, sabiendo que se pierde por pocos votos, los partidos se tornan temerosos hasta coincidir en un centro conservador e intrascendente. Como hacer casi lo mismo no resuelve y es lo mismo uno que otro, florece el voto de castigo, la alternancia y sus males: capas de atornillados en el gobierno, muerte del funcionario de carrera, sustitución del interés público por el propio y el del partido, corrupción generalizada, incluido el clientelismo; ineficiencia e ineficacia en el gobierno (almacenes perdidos), la sustitución de la moral pública por la del mercado (recuerde el chat) y el desplome.

Evidentemente, establecer las condiciones institucionales que protejan la libertad del voto es impostergable e insustituible. Dichas condiciones se logran sencillamente, incluyendo dos encasillados en la papeleta: el primero para votar en libertad, sin miedo, según preferencias, confiados que se podrá emitir, en el segundo encasillado, el voto útil para evitar el triunfo del considerado más malo. Pasada la votación, se cuentan los votos del primer encasillado y se seleccionan los dos con mayoría. Entonces, se cuentan los votos del segundo encasillado. De estos, se excluyen del cálculo subsiguiente los que votaron en el primer encasillado por uno de los dos de mayoría -para evitar el voto doble y proteger el principio de un elector, un voto. El remanente de votos del segundo encasillado a favor de los partidos de mayoría se añade según corresponda. Alguien que obtenga mayoría absoluta en el primer conteo tendrá la elección asegurada. Cuando nadie la obtenga, la votación en el segundo encasillado, con las exclusiones dichas, decidirá la elección.

Adviértase, no son solo las minorías sin o con partido, ascendentes o estancadas, las que podrán votar en libertad. Aquellas dentro de los partidos mayoritarios que votan por su partido por miedo a que gane el adversario, tendrán la libertad de votar según su entendimiento, sin temor a que gane el partido opositor, pues dispondrán del segundo encasillado. Además, sabiendo que el voto en el segundo encasillado por electores fuera de su partido les podrá asegurar el triunfo, estarán más dispuestos a proponer cambios fundamentales paraatacar problemas importantes, evitar la secesión de las minorías internas, mantener mayoría y ser el partido que fue.

No se ofusque con segundas vueltas. Liberar el voto es necesidad categórica para instituir una democracia legítima, dar autonomía al Estado -de la arena política y del mercado-, capacitar al gobierno, y empoderarlos para cumplir sus respectivas misiones. El doble encasillado permitirá superar la conspiración que, instituida en sistemas de mayorías simples, de bipartidismo y alternancias nos ha mantenido como idiotas complacidos, asignando culpas internas, exprimidos y doblegados. Sencillamente, necesitamos más democracia, no menos. La reforma electoral propuesta conviene a todos.

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