Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Libertades civiles y tecnología sexual

Sin ánimo de ofender, ¿en la Unión Americana de Libertades Civiles de Puerto Rico, conocida como ACLU, no tienen nada que hacer? Es que pedirle a la gobernadora que frene un proyecto del Senado que daría paso a un plan piloto para ejercer el voto por Internet, con el fin de que para 2028 se vote exclusivamente de esa forma, raya en lo ridículo. Están a mil millas de lo que será el mundo dentro de ocho años.

A principios de enero se celebraba en Las Vegas el evento llamado Consumer Electronics Show (CES 2020), donde se presentaron las innovaciones tecnológicas del momento. Cada año, el CES cuenta con miles de expositores, y este último de Las Vegas fue de los más concurridos, con casi 200,000 visitantes, en una atmósfera futurista, de vértigo e incredulidad. Los avances en robótica son alucinantes. Es posible que muchos de esos inventos no progresen demasiado en la carrera hacia la producción masiva, pero otros estarán aquí dentro de un año, seis meses, pasado mañana. Es imparable el desarrollo tecnológico. Y frente a eso, es como un rezago prehistórico que la ACLU salga diciendo que votar por Internet pondrá en peligro la pureza de las elecciones. Pero si casi todo lo hacemos ya por Internet. Pagamos las deudas, encargamos la compra, contamos nuestras cuitas, manejamos nuestra actividad bancaria… Pues sí, a veces ocurre un desliz y caemos en manos de los “hackers”, pero es la excepción, y al fin y al cabo ese es el riesgo que vamos a tener que correr. Lo contrario es aferrarnos a una edad de piedra que nos molerá.

En su alegato, la ACLU declara que ninguna jurisdicción en los Estados Unidos “ni se acerca a confiar su infraestructura electoral a un sistema tan vulnerable”. Y me pregunto, ¿es que no podemos ser pioneros en algo porque siempre hay que estar mirando lo que hacen o dejan de hacer en los Estados Unidos?

Lo que pasa es que la Comisión Estatal de Elecciones, donde están representados todos los partidos —partidos que tienen conexiones con ACLU—, temen, con razón, que en 2028 se queden allí cuatro robots y veinte computadoras al frente de lo que hoy nos cuesta decenas de millones en salarios y caprichos.

En 2028, en la Comisión Estatal de Elecciones, habrá replicantes, o sea, robots antropomorfos con cara de comisionados, pero que irán todos los días a trabajar (fíjense qué cosa tan increíble: trabajarán todos los días), cumplirán sus ocho horas y hasta harán “overtime” cuando se necesite, no tendrán contratos por el lado, ni carros del año, ni harán contubernios unos con otros para pedir más y más fondos a fin de imprimir esas papeletas carísimas para las máquinas de escrutinio. ¿Parece un sueño imposible, verdad? El único humano no programado que se quedará en la Comisión Estatal será el guardia nocturno con su gato.

De aquí a 2028 a lo mejor ni siquiera tendremos que manejar dinero en efectivo. Ya se habrá fundado la primera colonia en Marte. Por ahí vi un invento, o un prospecto de invento, mediante elcual atravesaremos la pantalla, saldremos a la casa o la oficina de otro, conversaremos, miraremos a nuestro alrededor, leeremos papeles o nos acostaremos a echar una siestecita. Y después nos iremos por donde vinimos, o sea, por la misma pantalla. Virtualmente, claro, pero con los sentidos enteros: oliendo, tocando, olfateando las cosas.

Este año, por primera vez en la historia de esos grandes eventos tecnológicos, se permitió en Las Vegas presentar los avances en tecnología sexual. No me voy a detener en este rubro, que me sonroja, tratándose de prodigios tan intensos, pero pienso en todo, en los televisores plegables, en la ropa que cambia de color, en los robots quirúrgicos (adiós a los cirujanos), en el perrito robot que patrullará las casas y en el gato robot que jugará y le servirá comida al gato de la vida real. Y contrasto ese mundo asombroso con la bobería de pedirle a la gobernadora que vete un proyecto para que en 2028 votemos exclusivamente por Internet. Parece un chiste.

Y es un chiste. En 2028, si estamos vivos, podemos mandar al replicante para que vote por nosotros y nos ahorre la fila en el colegio electoral. Los más pobres, los que no tengamos acceso a un androide, podríamos darle la encomienda al perrito robot para que lleve la papeleta en la boca. Ese no la suelta.

La ACLU debe reconsiderar su petición, porque ahí sí que les digo que están perdidos. Los melindres no tienen ningún futuro en el campo de la tecnología.

De momento, podrán detener ese proyecto del Senado para que el voto por Internet no empiece a practicarse como plan piloto. El problema es que después, llegados a 2028, o incluso en 2024, tendremos que entrar por el aro de golpe, sin haber practicado, porque tampoco habrá dinero para mantener el elefante blanco que es la Comisión Estatal de Elecciones.

Lo de la tecnología sexual, venciendo mi extrema timidez, quizá me decida a detallarlo en una próxima columna. Todo a su tiempo.

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