José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Libertad por la palabra

Tres historias publicadas recientemente en este diario muestran el poder transformador que aún tiene la lectura y la escritura. En su testimonio, Aníbal Santana Merced describe su caída al bajo mundo desde muy joven. Aunque quería escapar de ese infierno de alcoholismo y maltrato que rodeaba su entorno, solo logró hundirse más. Pero su recuperación, según su testimonio, comenzó el día en que decidió usar el tiempo libre en la cárcel para leer; hasta el punto de haber escrito ya varias novelas.

Un caso similar relata Sheyla Ohlinger. De elegante modelo, y del coqueteo con la fama, fue cayendo, quizá por malas juntas, hasta verse atrapada tras las rejas. Pero pudo comenzar a recuperarse a través de la escritura y el teatro. Ha ganado un premio en un certamen literario de ensayo, y participa en el grupo de teatro dirigido por Elia Enid Cadilla. Y ahora nos dice, “el día que salga por ahí, sale otra”.

Otro testimonio similar, aunque de distinta procedencia, lo relató también recientemente el exsenador Héctor Martínez. Aunque finalmente se le otorgó la absolución completa de los cargos que pesaban en su contra, en medio de las apelaciones tuvo que enfrentarse a un encierro. Y confiesa que estando allí, mientras el mundo parecía caérsele encima, los libros del novelista español Carlos Ruíz Zafón se convirtieron en su “válvula de escape” hacia la libertad.

Así también la historia nos da evidencia de ese poder liberador de la palabra. A la población esclava, tanto aquí como en los estados sureños, se le prohibía en el siglo antepasado aprender a leer y escribir; quizá por el temor que mediante la lectura pudiesen aspirar a su libertad. Pero la población aquí seguiría en tinieblas, pues aún a principios del régimen norteamericano en la Isla, los censos muestran una tasa de analfabetismo de cerca del 90% Y todavía para mediados del siglo pasado, en las partes policiales se requería incluir si los querellantes eran analfabetos, como documentó Fernando Picó en su libro sobre Santurce. Si bien hoy esa condición parece estar sepultada en el pasado, podemos preguntarnos cuán generalizada está entre nosotros la lectura.

Al empezar mis cursos todos los semestres, suelo preguntar quienes han leído algún libro recientemente por puro placer. Y si bien siempre se levantan algunas manos, cada vez parecen ser menos; incluso unos pocos manifiestan entre dientes su desagrado con la lectura. No hay que ser experto en la materia para entrever las causas de este disgusto; salta a la vista, la facilidad que proveen los medios audiovisuales versus la palabra impresa. Pero también cabe destacar, la forma como muchas veces en la casa o en la misma escuela se les acerca la lectura a los jóvenes, como si fuera una agria obligación.

Cabe pensar que, así como hoy en los currículos académicos se comienza a priorizar el emprendimiento, o la encomiable inserción en oficios como la construcción, también sería encomiable volver a revisar la forma como se enseña y fomenta la lectura a los estudiantes.

Medio siglo atrás, contestando una inquietud de un estudiante, Albert Einstein escribió: “La importancia excesiva y prematura al sistema competitivo y la especialización en beneficio de la utilidad, segrega al espíritu de la vida cultural. La enseñanza debe ser tal que pueda recibirse como el mejor regalo y no como una amarga obligación”.

Así también hoy, como en los testimonios citados arriba, priorizar la lectura quizá pudira seguir transformando y cambiando la libertad bajo palabra en libres por la palabra.

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