Priscila Silva Irizarry

Punto de vista

Por Priscila Silva Irizarry
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Llamado de auxilio de los pequeños comerciantes

Hoy la tienda de mis papás cumpliría 30 años, pero está cerrada. Mis padres, Don David y Ruth, con altas y bajas, durante los últimos 30 años se han dedicado a la venta de bicicletas y piezas en Mayagüez. Ellos lo hacen todo con esmero: atienden clientes, limpian, hacen reparaciones, inventario y hasta su propia promoción. Pero por primera vez en 30 años, en un día como hoy, sus puertas están cerradas. 

La Bicicross es una tienda al detal atendida y cuidada solo por ellos; son pequeños comerciantes. La pandemia del coronavirus obligó al gobierno de Puerto Rico a ordenar el cierre de todos los comercios de venta al detal para evitar la propagación del virus. Pero como en todo, hubo excepciones. Las tiendas que venden medicamentos pudieron seguir operando. ¿Y cuáles son esas? Las megatiendas. Lo justo hubiera sido que se mantuvieran vendiendo medicamentos y alimentos, pero que el resto de sus departamentos permanecieran cerrados. Pero no, han continuado operando como de costumbre y sí, están vendiendo bicicletas, piscinas, televisores y todo tipo de mercancía. Eso es competencia desleal. Punto. 

Entonces, me pregunto: ¿qué opción tienen mis padres para sobrevivir? Me moví rápidamente a solicitarles el beneficio por desempleo para pequeños comerciantes y cuentapropistas. ¿Con qué me topé? Con un sistema ineficiente que no me permitió tramitarles la solicitud hasta 44 días después de su cierre y todavía no han recibido ni un centavo. Investigué para solicitarles el beneficio de asistencia nutricional (PAN), pero no cualifican por tener una propiedad. Investigué también para solicitar un préstamo a través de SBA (Small Business Administration), pero los fondos se acabaron en un abrir y cerrar de ojos. 

¿Quién está del lado de los pobres? No nos llamemos a engaño, los pequeños comerciantes apenas sobreviven. La maltrecha situación económica ya había provocado que mis padres tuvieran índices de ventas muy bajos y la política pública de esta administración les ha dado un golpe de muerte. La brecha de la desigualdad se está ampliando drásticamente. Los que más recursos tienen están generando más dinero durante esta crisis de salud pública y los que menos tienen, se están empobreciendo más.

Mi sentido común me dice que es más seguro comprar en tiendas donde hay poco personal y poca concentración de clientes. ¿Cuál es el riesgo de contagio si dos personas -con la debida protección- atienden clientes y venden sus artículos? ¿Por qué ellos no pueden hacerlo, pero las megatiendas con más de 40 empleados por turno pueden hacerlo? La desigualdad y la competencia desleal nos hace daño. Y no solo daña a mis padres, nos daña a todos como sociedad.

¿Cuántas veces se estará multiplicando el caso de mis padres? En Puerto Rico hay más de 40 mil pequeños y medianos comerciantes. ¿Estarán pasando hambre ellos también? ¿Tendrán hijos o parientes que los ayuden? El coronavirus mata, pero el hambre y la desesperanza también. El hambre mata al cuerpo y la desesperanza al alma. 

Hoy, celebrando los 30 años de La Bicicross, hago un llamado al gobierno de Puerto Rico para que permita que los pequeños comerciantes con 10 empleados o menos puedan comenzar a operar. A mis padres se les va la vida y la oportunidad de servirle a nuestra comunidad por unos cuantos años más. 

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