Ana Teresa Toro

Punto de Vista

Por Ana Teresa Toro
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Llerandi: nadie muere por un grito y una cacerola

“Las paredes son la imprenta de los pueblos”

Rodolfo Walsh 

Hace unos días volvieron los cacerolazos, la escritura en las paredes, los gritos y las protestas. Hoy se marcha una vez más desde el Capitolio a La Fortaleza y la amargura de la indignación que generó el pasado sábado el descubrimiento de uno de varios almacenes de suministros, precisamente en la zona más afectada por la actividad sísmica que ha generado una crisis humanitaria en los pueblos del suroeste del país, se siente una vez más en la vida cotidiana de los puertorriqueños y las puertorriqueñas. 

Ayer esta indignación, que trae consigo rabia, dolor y sentido de impotencia, se manifestó de forma concreta cuando un ciudadano increpó a gritos y armado de una ruidosa cacerola al exsecretario de la Gobernación y exdirector de la Compañía de Comercio y Exportación Ricardo Llerandi, uno de los funcionarios públicos que figuró en el famoso chat que catapultó las protestas del Verano del 19 y la salida forzada de Ricardo Rosselló de la gobernación. El exfuncionario se encontraba en un café de la capital en compañía del candidato a la alcaldía de San Juan por el Partido Nuevo Progresista Miguel Romero, cuando fue increpado por su rol en distintas dependencias del gobierno. Llerandi abandonó el lugar mientras el hombre, en compañía de algunos otros y otras —según se documenta en un video viral— lo siguió hacia la salida gritándole reclamos con el sonsonete de las cacerolas de fondo.

Horas más tarde Llerandi se defendió, aclaró que no es el dueño de la Compañía de Comercio y Exportación como se le señaló y entre otros detalles hizo un llamado a que cultivemos como país “más amor y menos odio”. Tuve que pedir una grúa para recoger la quijada del piso cuando leí su defensa porque a estas alturas una quisiera pensar que los integrantes del infame chat habrían aprendido alguna lección. 

Claro que tiene razón Llerandi en aclarar su posición e incluso —como cualquier ciudadano— en exigir a la prensa la justa corroboración de datos. Eso es un reclamo saludable en cualquier democracia. A su vez, si nos quedamos en la superficie de su mensaje, no tendría nada negativo esa actitud de procurar una sociedad que cultive más amor y menos odio. Lo que ocurre, Llerandi, es que aquí nadie está incitando al odio, porque no hay mayor acto de amor que la búsqueda de la justicia y la equidad. Y eso no quiere decir que, en la ruta hacia esa finalidad noble a la que debe aspirar toda sociedad, no sea necesario alzar la voz, hacer ruido y recurrir a la estridencia cuando se vuelve evidente que todas las demás tácticas nos han fallado. 

De inmediato, las voces que suelen beneficiarse del mantenimiento del statu quo, comenzaron a hacer llamados al civismo, a la cordura, hubo quienes sintieron pena de esos “pobres hombres que fueron agredidos verbalmente”, o lanzaron regaños en el estilo de “así no se protesta”, “hay que respetar” y un largo etcétera que francamente hiere la retina repasar. A ellos y a ellas habría que recordarles que nadie se muere porque le griten un par de insultos o le suenen una cacerola cerca de la oreja. La vergüenza y la incomodidad que puede generar un momento así es el mínimo precio a pagar por el cúmulo de infamias a las que ha sido sometido el país. 

Mientras a unos les preocupan las reputaciones de gente que siempre tendrá más recursos que la mayoría para defenderse y contactos para recuperarse del golpe, en Puerto Rico han muerto y siguen muriendo miles de personas por la ineficiencia criminal del gobierno. De hecho, la primera pregunta que le hace el hombre es ¿qué se siente dejar morir a la gente? 

No conozco al Sr. Llerandi, ni a la mayoría de los integrantes del chat y no dudo que tras sus conductas reprochables en el plano gubernamental, se esconda una humanidad tan compleja y contradictoria como cualquier otra. También sé que la culpa es compartida y estructural, que es mucho más difícil odiarnos mirándonos a la cara y que la posibilidad de un diálogo honesto y abierto con aquellos que han tenido la fracasada responsabilidad de liderar el país en sus momentos de mayor crisis en la historia contemporánea, podría ser un paso de crecimiento y evolución para todos. Pero cada vez que la gente sale a la calle a hacer reclamos justos y la respuesta es la empatía hacia el señalado y el desprecio a los métodos de reclamo de la ciudadanía, pierdo la esperanza en cualquier puente de diálogo. 

Quienes asumen el servicio público como vocación, lo hacen a conciencia de que estarán sometidos a un escrutinio mayor y que representar a la gente —sobre todas las cosas— implica nunca dejar de sentir como la gente. En casos como estos, en lugar de declararse como injuriado, convendría entender el origen visceral de esos gritos, el dolor de las manos que golpean esas cacerolas. Por lo general, cuando somos incapaces de entender y ver la injusticia, es únicamente porque nunca la hemos vivido. Si usted ama a Puerto Rico, Sr. Llerandi, entenderá que más que un ataque personal, aquello fue un grito ciudadano contra las estructuras que usted ha representado. El yo, en estas circunstancias y aunque duela, es lo de menos.  

Gritamos cuando ya al cuerpo no le queda otro lenguaje para el dolor. Gritamos cuando somos conscientes de que nadie nos escucha. Gritamos porque tristemente es el único poder que queda a veces. 

Pasa lo mismo con las paredes escritas, con las marchas y las protestas. Minimizar estas acciones ciudadanas, atacarlas como distracciones y desvalorizarlas como afrentas a la economía es colocar la responsabilidad en el lado incorrecto de la balanza. ¿Preocupan las paredes pintadas en los comercios en el Viejo San Juan? No es culpa del que protesta proteger la propiedad privada, es responsabilidad del gobierno evitar que la ciudadanía tenga que escribir en una pared: nos dejaron morir.  

¿Preocupa que ya los funcionarios públicos no puedan tomarse un café en paz? Hay cientos de ellos y ellas que lo hacen todos los días. Quienes reciben el calor de los gritos de la gente, a lo que se enfrentan en el fondo es a una sutil pero importante madurez en nuestra democracia, una actitud de que la democracia se ejerce a diario y los gobernantes tienen que responder por sus actos todos los días, no solo cada cuatro años. 

¿Preocupa que en medio de la indignación y la emergencia que viven en estos instantes nuestros compatriotas del sur no podamos neutralizar nuestras emociones y cantar juntos Kumbaya, My Lord? A esa pregunta, siglos atrás respondió el famoso versículo bíblico: sin justicia, no hay paz.  

Por lo pronto, temo más a los desastres políticos que al ruido de unas cuantas cacerolas. 

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