Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Lluvia de candidatos

Lleve sombrilla, que están lloviendo candidatos y candidatas. Faltan dos meses para que abra el periodo de radicar candidaturas y tres para que cierre; nueve meses para las primarias de ley y once meses para las elecciones. Como el elenco de una película que está en preproducción, va surgiendo de la bruma quién quiere ser qué.

Aquel, aquella y el otro, levantan la mano dizque porque el pueblo se los pide (aunque nadie sabe en qué idioma). Pocos deciden no aspirar, pero los hay también (hubo uno bien notorio esta semana). Menos, por supuesto, los que dicen que no, porque algo hay en eso de aspirar que a tanta gente le apetece. Más de la necesaria, dirá más de uno.

Al pueblo esta vaina le entretiene, aunque no tanto como antes. Es entretenimiento no del todo vano, pero con muy poco impacto en la vida, como el que se deriva de una serie de televisión en la que hay dragones: algo siempre se aprende, pero nada que como quiera no hubiera podido aprenderse de otra manera.

Lo que pasa es que aquí poco a poco, hemos comprendido, no sin cierto pavor diría este que escribe, que es posible que nunca una elección le haya resuelto un problema a este país. Por el contrario, sí se pueden señalar con apuntador láser algunas que los han empeorado y mucho. Para los que las elecciones sin duda tienen consecuencias es para aquellos que ganan, o pierden, empleos, contratos, prebendas, accesos, ascensos, villas, castillas, dependiendo de quién gane.

Enormes fortunas se hacen y deshacen en esas noches de martes de noviembre de año bisiesto, cuando, otra vez como entretenimiento, nos sentamos frente al televisor por las noches a ver celebrando a los que ganan y llorando a los que pierden. Es curioso cómo la gente salta de alegría cuando pierde alguien particularmente indeseable. Se consuelan así de los muchísimos otros igual o más indeseables que entraron.

El caso es que cada día más gente sabe que las elecciones tienen muy poco significado y vive buena parte del país asombrado de cómo es que ciertos personajes no fallan nunca en colarse en las papeletas. “Misterius tremendus”, como dijo alguna vez el profesor José Arsenio Torres.

Es muy triste que hayamos llegado a esto, porque de verdad el país se nos está cayendo encima como una casa decrépita y apolillada, necesitamos buenas manos para reconstruirlo. A la recia voz de Rocío Jurado le oímos una vez cantar: “se nos rompió el amor, de tanto usarlo”. Los puertorriqueños y puertorriqueñas también oímos “el crujido frío y seco” del que habla esa canción y, mirando las ruinas calcinadas a nuestro alrededor, nos decimos: “se nos rompió el país, de tanto usarlo”.

A falta de algo mejor, están las elecciones coloniales para tratar de encontrar quién pueda reconstruirlo. Sería bueno que pudiéramos hacerlas relevantes. Hace tiempo que no lo son. Busquemos cambiarlas.

Las crisis se suceden ante nuestros ojos con frecuencia de vértigo.

La economía lleva másde diez años estancada. Da signos de vida artificiales por el dinero que está llegando de la recuperación de María. Cuando eso se acabe, estaremos como el primer día. Todo el mundo dice: “tenemos que bregar con la economía”, “apostamos a la tecnología”, “tenemos que insertarnos en las nuevas tendencias”, “hay que incentivar al que produce” y muchos lugares comunes así. Nadie dice cómo, cómo, cómo. A menudo los cínicos nos vemos precisados a aclararle a los crédulos que aspiraciones, deseos, proyecciones, elucubraciones, sueños, todas esas figuraciones, no son planes. Planes son planes y eso aquí hace mucho que no se ve.

Hubo uno que salió electo cargando bajo el brazo un mamotreto intragable al que le llamaba plan. La realidad se encargó de demostrarnos bien rápido que de plan aquel adefesio tenía muy poco.

Mientras nos entretenemos persiguiendo unicornios, el gobierno se ha deteriorado de tal manera que ni andar tranquilo por las aceras silbando las Cuatro Estaciones de Vivaldi se puede ir, como le pasó a un señor los otros días, que cayó hasta el cuello en un hoyo de agua mientras caminaba por la Robert H. Todd de Santurce.

Es muy difícil encontrar algo que funcione en Puerto Rico. Todo se ha ido derrumbando poco a poco, mientras uno, dos, tres, cuatro, diez, veinte, cien, sabe el diablo cuántos, se enriquecen con los recursos de todos nosotros. No hay mejor manera de ilustrar este insulto a Puerto Rico que diciendo esto: hay gente que se hizo millonaria con contratos en el Departamento de Educación, mientras faltan los servicios más esenciales para los estudiantes de educación especial y los maestros, que devengan un salario de miseria, tienen que comprar los materiales de su salón.

Para tenerle escoltas a Ricardo Rosselló un mes en Estados Unidos, aparecieron de la nada $37,000. No hay dios que encuentre ni la mitad de eso para un maestro de educación especial o su asistente. Somos tan y tan pobres que llegamos al nivel grotesco de celebrar el que ahora se puede hacer cita para evitar las filas en ciertos trámites en los Cesco avance importantísimo, sin duda, que nos mejora muchísimo como sociedad, pero que llegó más o menos 50 años tarde.

Hay desafíos monumentales a los que nadie está prestando la atención que se merecen. Llevamos años sabiendo que la población está envejeciendo y que tenemos que prepararnos para una sociedad donde habrá más gente retirada que produciendo. Un informe reciente del censo dice que solo en un año la mediana de edad del puertorriqueño aumentó de 41.4 a 42.9 años, un dramático incremento. Asoma también la amenaza existencial del cambio climático, que tampoco se está atendiendo.

Están lloviendo candidatos, pero hasta ahora no ideas. Es temprano, dirán algunos. Para efectos de la mercadotecnia de campaña, quizás es temprano, porque ahí se dosifican las propuestas para incrementar su efecto, ya que, al final del día, todo eso como un show, un “performance” a lo domadorde circo y necesita su dosis de suspenso y de drama.

Pero para tener la conversación franca que necesitamos tener como sociedad sobre nuestros gravísimos problemas, algunos de los cuales amenazan, sin exagerar, nuestra viabilidad misma como pueblo, no es temprano. Por el contrario, es muy tarde. Son problemas tremendamente complejos que necesitan mucho tiempo para discutirse.

Desde ya debíamos ir oyendo qué piensan hacer con esto o con aquello (como es el caso entre los precandidatos presidenciales en EE.UU.), para ir viendo temprano quién tiene algo en la bola y quién no y no perder mucho tiempo con el que no sirva.

Muchachos y muchachas que quieren ser electos o reelectos: necesitamos oír sus ideas, si es que las tienen. Si no las tienen, váyanse.

Para a menudo algo curioso con la política aquí: la gente decide primero a qué va a aspirar y después empieza a estudiar los problemas que tendría que enfrentar desde ese puesto . Uno pensaría que es al revés, que uno estudia y se empapa de los problemas y después decide que quisiera ayudar a resolverlos desde tal o cual puesto.

Aquí demasiadas cosas son al revés. Deberíamos buscar cómo cambiarlo.

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