Juan Antonio Candelaria

Tribuna Invitada

Por Juan Antonio Candelaria
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Loas al maestro en su semana

En publicación titulada Mi Credo Pedagógico (1897), John Dewey, deja establecido que “el deber  (obligación) de la comunidad hacia la educación es su más grande deber moral”. Añade que “la obligación de todo aquel interesado en la educación es insistir que la escuela es el interés primario y más efectivo de progreso y reforma social y que a sociedad debe darse cuenta de lo que la escuela representa”.

Esa ha sido mi insistencia por toda una vida. Colocar la educación y, por ende, al maestro en el sitial que le corresponde, es obligación de nuestra sociedad, principalmente del gobierno. 

Son pocas las sociedades que han mantenido sus  maestros en el estado oprobioso en que los hemos sumido. Le exigimos mucho, pero le pagamos poco. Es cierto que, como en todas profesiones, suelen haber maestros que no honren su sacerdocio, pero la inmensa mayoría de nuestros educadores son profesionales de la más alta valía, del más acendrado sentido del deber y consagrada vocación.

Cuando pensemos en nuestros maestros pensemos, no en aquel que nos causó desafecto, sino en quien nos enseñó con devoción las primeras letras, los primeros números, el amor por la lectura y el sentido del deber.  Tengamos presente la imagen de quienes nos dieron su apoyo, entrega, mano amiga y socorro en los momentos difíciles, quienes nos dieron el buen consejo, quienes nos guiaron por la senda correcta. En ellos tenemos que pensar. Si sabemos leer, sumar y restar, destrezas del pensar, se lo debemos a algún maestro.

En fin, nuestros maestros luchan con niños que desesperadamente necesitan alguien que les indique el camino hacia un mejor futuro. Seres especiales que motivan los alumnos a desarrollar pensamientos de alto nivel, a discernir, a resolver problemas, a aceptar desafíos, que los retan para que asuman un papel más activo en su aprendizaje. El maestro es higienista mental, trabajador social, enfermero, consejero, amigo.

Si queremos que el país se levante, tenemos que comenzar con elevar la educación al lugar que se merece, tratar a nuestros maestros con la dignidad conquistada con esfuerzo y sudor.  Es harto conocido que Puerto Rico es la jurisdicción de los Estados Unidos que mantiene nuestros educadores con el salario más bajo.  Reflejo de la poca estima en que los han tenido.  Estados como Alaska, ($77,843) y Nueva York ($76,953), figuran con los salarios más altos. Aún, MississippiOklahoma con  los salarios más bajos, $42,043 y $42,647, respectivamente, superan los de Puerto Rico, con su  promedio en $22,000. (http://blogs.edweek.org/edweek/teacherbeat/2017/02/which_states_pay_teachers_the_.html).

Cada vez, se hacen esfuerzos en el norte por mejorar las condiciones de trabajo del maestro. Por ejemplo, el gobernador de Texas, Greg Abbott, promueve legislación para un aumento salarial de $1,000 y en California se hacen intentos por colocar los maestros exentos del pago de contribuciones por diez años. En Finlandia, unos de los países con mejor resultado educativo, el salario es de 4 a 10 mil euros mensuales. 

La demostración heroica de nuestros docente, a raíz del huracán experimentado, donde arremangaron  mangas, empuñaron escobas, rastrillos, machete en mano para condicionar sus planteles, pujando por abrirlos, contra la inusitada insistencia de la secretaria de mantenerlos cerrados, habla bien alto de nuestro magisterio. 

De tal manera que es inminente hacerle justica, urge elevar su nivel salarial.  Si se quiere mejorar los resultados educativos y colocar nuestro producto educativo entre los mejores del mundo urgen dos acciones: mejorar su condición económica y exigirle absoluto rigor.  En la semana del maestro, nuestras muestras de respeto a todos los abnegados maestros. Buen momento para hacerle justicia.

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