Ricardo Martí Ruiz

Punto de vista

Por Ricardo Martí Ruiz
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Lo bueno de tener Parkinson

La semana pasada la pasé genial.  

El lunes bailé de todo, hasta ballet, con una muchacha elástica que nunca paró de sonreír. El martes canté montones de viejeras junto a un coro desafinado de personas que recién conocí y que ahora considero amigos. El miércoles me saqué el estrés (y me sacaron el jugo) en un gimnasio de boxeo profesional. El jueves descubrí que hacer arte con cerámica es casi imposible, pero divertido también. Y el viernes participé en una caminata de milla y media con cientos de compañeros parkinsonianos y miles de sus familiares y amigos, que obviamente los quieren mucho. La experiencia fue como si hubiera ido a un campamento de verano para achacosos. 

Y confieso que me sacó una lágrima. 

Me sacó una lágrima emotiva y chula, sí, repleta de sensaciones bonitas y todo lo bueno, sin duda; pero mi lágrima también contenía angustia. También estaba amargada. Porque resulta que todas esas actividades ocurrieron en Washington DC y no aquí. Y resulta que, mientras ese apoyo que es tan necesario y útil está disponible allá semana tras semana para todos los ciudadanos con Parkinson, casi libre de costo, como si no fuera gran cosa, en Puerto Rico no he tenido ni una sola experiencia similar desde que me diagnosticaron hace más de 10 años.

Aquí estamos a la deriva.

Sobra decir que las personas con Parkinson necesitamos apoyo. En mi caso, que por ahora es leve, ya requiero de un coctel continuo de medicamentos para controlar los síntomas; y a pesar de todas las pastillas que consumo la condición me sigue afectando el caminar, me suele poner tieso, causa temblores en mi pie derecho, tuerce mi pie izquierdo hacia adentro y limita mi capacidad de dormir más de tres horas a la vez; además de haber erradicado mi sentido de olfato hace décadas, junto a los efectos secundarios de los medicamentos que tomo, que a veces hacen que me menee como Elvis Presley.

Pero esto es solo el comienzo.

Tarde o temprano, puede que el temblor incontrolable que surge en mi pie derecho cruce al otro pie, o me suba a las manos y/o cabeza; y puede que comience a tener sueños alarmantemente reales y nihilistas con finales apocalípticos (no es broma); también puede que mi expresión facial se me tranque y que yo comience a lucir como si estuviera eternamente aburrido; puede que me babee de vez en cuando;  puede que no se entiendan mis palabras aunque trate de gritar;  puede que desarrolle alucinaciones; puede que comience a padecer de demencia; puede que mi cuerpo entero se congele y no me pueda mover; puede que me encorve como un caracol humano; puede que pierda mi balance y me caiga; puede que empiece a escribir con letra súper pequeña; puede que me deprima; puede que me confunda; puede que no pueda tragar mi propia saliva; puede que me dé estreñimiento; y, claro, puede que me orine encima.  Ninguno de estos problemas me apetece en lo más mínimo.

Pero la solución me enamora.

Es irónico, sin duda, y hasta poético, supongo, que la manera de manejar una condición tan terrible sea de una manera tan espectacularmente hermosa. A diferencia de otros padecimientos, cuyas “soluciones” son espantosas, la forma de detener el desarrollo del Parkinson (aparte de las medicinas) es viviendo la mejor vida posible. Por órdenes médicas, yo debo cantar, bailar, hacer deporte, meditar, tomar muchas siestas, ser espontáneo, reírme lo más que pueda, pasar mucho tiempo con amistades y familia, aprender constantemente, tener aventuras, desarrollar talentos, leer mucho, irme de viajes a cada rato, conocer gente nueva, recibir masajes, etc. 

Por causa de mi condición tuve que salir de un trabajo que no me gustaba y encontré mi verdadera vocación como escritor, que me fascina; tuve que descubrir las maravillas del ajedrez y ayudé a montar una liga de tenis que lleva casi diez años; y tuve que aprender a tocar el ukulele y practicarlo a diario. Es increíble, pero en gran medida el Parkinson me ha dado más de lo que me ha quitado.

Y por eso escribo esta carta.

Ya es evidente que cuando los puertorriqueños nos lo proponemos, tenemos la capacidad de ejecutar de maneras maravillosas.  Con eso en mente, y con todos los dedos cruzados, estoy comenzando una colaboración para congregar a toda la comunidad parkinsoniana puertorriqueña en una página grupal de Facebook en donde podremos intercambiar recursos, noticias, ideas, contactos y frustraciones, y a la vez desarrollar actividades grupales de ejercicios, terapias y apoyo. Se llama El Gran Junte de Parkys de Puerto Rico, y ya está operando. Con un poco de apoyo, podría ser el comienzo de muchas maravillosas amistades.

¿Te apuntas?


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