Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Lo dejaron solo

La confrontación de David Bernier con Jaime Perelló evidenció las transformaciones que ha sufrido este país en lo tocante a valores morales y comportamiento de su clase dirigente. “Poderoso cafre Don Dinero” podría ser el lema de campaña para los dos partidos principales.

Todos los partidos políticos mantienen en algunas figuras cuasi-públicas sus reservas morales; son “los sabios de la tribu”, quienes encarnan la trayectoria histórica del partido y sus irreductibles principios. Fuera del trajín inmediato y las conveniencias de la llamada “razón de estado”, representan las mejores ambiciones de una colectividad.

En el caso del Partido Popular estos sabios serían los exgobernadores Rafael Hernández Colón, Sila María Calderón, Aníbal Acevedo Vilá y la hija del fundador, Victoria Muñoz. Sí respaldaron a Bernier—suponemos que con alguna renuencia— en su justiciero empeño por expulsar a Perelló de la Presidencia de la Cámara, dados los incómodos vínculos de este con los esquemas de corrupción ideados por Anaudi Hernández Pérez, y que han vuelto a convertir la política puertorriqueña en una alcantarilla, solo olfateada de cerca por el gobierno federal. Pero en las setenta y dos horas que transcurrieron desde que Bernier señaló que era él para la gobernación o Perelló para la infamia, en una amenaza de renuncia a su candidatura y una declaración de principios inusitada en nuestra clase dirigente —o él se va o me voy yo— los sabios de la tribu histórica no fueron lo suficientemente enfáticos, ni tampoco públicos. Votaron en la Junta de Gobierno y se desaparecieron, supongo que refunfuñando.

Este político joven, todavía regido en su conducta más por principios morales que por el recetario maquiavélico de la “Realpolitik”, firme en sus valores y sin la tentación de la conveniencia electoral, habrá creado cierta conmoción y ansiedad, quizás escepticismo, en esos sabios. Recordarían que el Partido Popular perdió en 1968 por la confrontación Sánchez Vilella-Muñoz Marín. La debilidad del otrora invencible partido, que ya representa menos de la mitad del electorado, no podría manejar una división a tres meses de las elecciones.

Muñoz Marín fue terminal y tajante en su confrontación con Sánchez Vilella, justo como Bernier en la suya con Perelló y cuando ya no tuvo otro remedio. Se olvidaron los sabios de cómo Muñoz Marín sentenció en los años setenta, cuando, de nuevo, las ventajerías del clientelismo político pretendían otorgarle a Luis Vigoreaux un contrato para que desarrollara en los predios del Parque Luis Muñoz Marín un Parque de Diversiones, y no un Parque de Recreación Pasiva: “Lo que es legal muchas veces resulta inmoral.” Esas son las inequívocas sentencias que esperaríamos de los exgobernadores. Permanecieron en silencio; dieron el voto en contra de Perelló, pero no fueron elocuentes, ni históricos. Bernier tuvo que jugársela, en frío, él solo; durante esas setenta y dos horas el único apoyo visible fue el del alcalde de Caguas y su compañero de papeleta, Héctor Ferrer.

Esa clase dirigente, en su versión Partido Popular, tendría que aprender valiosas lecciones de su fundador. Siempre me ha conmovido la sencillez y la modestia con que vivió Muñoz Marín. Aparentemente el único lujo de su casa de Trujillo Alto era el famoso “batey”, donde tertuliaba más con poetas, profesores, artistas y literatos que con empresarios y gente adinerada. “¡Vergüenza contra dinero!” fue el lema del Partido Popular de aquel entonces.

Los nietos políticos de Muñoz son otra cosa: les fascina la fastuosidad de un palacete de cuatro millones de dólares construido en un acantilado, con piscina de efecto “infinity”. Gente que accedieron a la clase media por la prosperidad que lograron sus padres a través de la educación, el esfuerzo y una ética del trabajo, fácilmente se dejan seducir por el champán Laurent Perrier y las carteras Salvatore Ferragamo. Prefieren escuchar a Don Omar desde el palco del gobernador en el Choliseo que asistir al Festival Casals. Comiendo canapés a cachete lleno, y brindando con la etiqueta “color chinita”, prueban que los gustos de los “gangstas” reguetoneros han llegado a la clase dirigente puertorriqueña. Lo fastuoso, el dinero, el lujo, son valores cultivados por estos Populares de “marcas”.

Se nos asegura que el botín en contratos de Anaudi fue de dos millones. El del abogado Erik Y. Reyes Colón, por contratos con el gobierno, suma sobre seis millones. Uno se pregunta si la legitimidad que intentó comprar Anaudi con sus contactos políticos era solo la punta del “iceberg”, el “fronte”, el “tape” de manejos más siniestros. El palacete de cuatro millones —con dos cocinas industriales, ¡¿al hombre le gustaría cocinar con “baking soda”!?— lo construyó antes de lograr acceso a los niveles superiores del gobierno García Padilla. De hecho, no fue la consecuencia sino uno de los anzuelos para escalar el poder gubernamental. Es difícil creer que alguien pueda construir un Xanadú de cuatro millones de dólares vendiendo celulares. En las páginas sociales gente como Anaudi casi siempre reciben el epíteto de “flamantes”. Ahora sé por qué: ¡están calientes!, buena razón para que la delegación penepé en la Cámara se haya lavado las manos, alegando que se trataba de un asunto interno del Partido Popular, y no un asunto de moral pública. La mafia se vuelve discreta cuando se trata de respetar el territorio ajeno; ahora el botín de guerra será de ellos y más vale callarse la boca; manejar principios es peligroso.

El gobernador García Padilla se fotografió con Anaudi en Francia, frente a la ambición de este, el Palacio de Versalles. Buena lección para los que han olvidado El Batey. Aunque, en verdad, no lo hayan olvidado del todo: la Junta de Gobierno del Partido Popular negoció su respaldo a Bernier a cambio de que este renunciara a su plebiscito Estadidad Sí o No. Después de todo, si hablamos de los sabios de la tribu sabemos de ese inmovilismo colonialista que heredaron del hombre que dejó el país a medio hacer, ahora sumido en la humillación de otra Promesa más.

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