Georgie Rosario

Tribuna Invitada

Por Georgie Rosario
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“Lo mejor es enemigo de lo bueno”

La expresión que da título a este escrito se le atribuye al historiador, filósofo y abogado francés, Francois Marie Arouet, más conocido como Voltaire. La premisa plantea el error lógico de comparar cosas reales con cosas irreales o alternativas idealizadas. Se refería Voltaire a la tendencia de suponer que existe una solución perfecta a un problema particular. La “Falacia del Nirvana”, como también se le llama, es la quimera de la perfección, que no pocas veces conduce a malograr lo que hasta el momento se ha hecho bien.

A finales de 2010 la Federación de Baloncesto de Puerto Rico (FBPR) comisionó a este servidor la tarea de conceptualizar un proyecto que atendiera de mejor manera las selecciones juveniles que habrían de representar al país en competencias internacionales. Dicha encomienda resultó ser un reto gratificante. Me entregué totalmente a ella, pues se trataba del privilegio y la oportunidad de aportar a mi país por medio del deporte que ha sido mi pasión durante toda la vida.

En febrero de 2011 presenté a la FBPR la propuesta de crear un Programa de Formación que fue aprobada por la Junta de Directores en marzo de ese año. En ese verano se atendieron las selecciones dentro del modelo anterior y a partir de septiembre de 2011 comenzó el nuevo programa, según aprobado en marzo. Sus componentes más importantes eran: captación, potenciación, medición y competición.

Este programa cumplió cinco  años de constituido el 28 de agosto de 2016. Hasta esa fecha no había existido en Puerto Rico un mecanismo que le diera orden a la operación de sus selecciones juveniles y estableciera un plan detallado para el desarrollo de jugadores con metas y objetivos claros, visión, además de estructura organizativa. Se instauró un proyecto de avanzada sin perder de vista las limitaciones de recursos típicos de nuestra realidad y el paradigma en que nos habíamos movido para enseñar el juego por los pasados 50 años.

No fueron pocos los obstáculos de esa primera fase, no obstante el resultado de ese esfuerzo al día de hoy es el siguiente: equipos bien preparados, sumamente competitivos, con los mejores prospectos para el baloncesto internacional, vinculados emocionalmente a la causa que representan, con ética de trabajo serio y capaces de jugar bien siempre e inspirar respeto al oponente.

Puerto Rico cuenta ya con un Programa de Formación debidamente conceptuado, constituido y organizado; cuya financiación es posible gracias a una subvención económica del Departamento de Recreación y Deportes, entidad que lo adoptó a partir de 2013. Hasta el presente ha funcionado bien, es receptivo a ser mejorado, pero no es necesario hacerle alteraciones significativas. No obstante, ha sido objeto de observaciones que aparentan desconocimiento de nuestra idiosincrasia baloncelística, particularmente sobre la falta de organización en la que se desenvuelven nuestras categorías menores, factor tan limitante para que este proyecto pueda crecer y robustecerse. Dichas opiniones, se asemejan más a señalamientos desinformados que a sugerencias genuinas, por no atribuir a nadie el querer capitalizar con ellas para su propio beneficio.

Entendemos que la aprobación y establecimiento de este proyecto ha significado un positivo avance en la situación de nuestro baloncesto, sin que se haya salvado la precariedad que lo ha caracterizado los últimos años. Su efecto neto ha sido producir una nueva generación de jóvenes, cuyas ejecutorias sirven de motivos fundados para la esperanza de tener en el futuro un equipo  adulto maduro y competitivo. Además, afirmó la diferencia que existe entre el baloncesto profesional y el baloncesto formativo y creó una unidad autónoma independiente de la inestabilidad que caracteriza a los programas de adultos acercándonos más a los modelos que rigen  a las grandes potencias del mundo.

No debemos dudar de que próximamente estos jóvenes baloncelistas obtengan triunfos significativos a nivel internacional. Según lo vemos, resulta imperativo y forzoso no sólo reconocer, sino también aceptar que hay otro tipo de baloncesto en América y en el resto del mundo.

Es de significativa importancia comprender que ese otro baloncesto no es el que hemos tenido en Puerto Rico los últimos años. Habrá dentro de poco una pléyade de países con equipos bien configurados y programas bien dirigidos que constituirán un reto a nuestras probabilidades de éxitos significativos en torneos internacionales. Permitir que intereses ajenos y/o personales prevalezcan sobre los valores que deben estar implícitos en cada acción de este programa, no sólo es ceder a los intereses más mezquinos, sino abandonar su filosofía. En ella se vislumbra como valor supremo la formación de hombres cabales en cuerpo y alma que además jueguen buen baloncesto competitivo.

Es un hecho que en el pasado Torneo Premundial FIBA en Chile el equipo de 18 años de Puerto Rico clasificó al Mundial Sub 19, y no así el equipo de Argentina. Esto podría ser inconcebible para una persona que no entiende lo que es un programa de formación donde el criterio formativo didáctico tiene prioridad sobre el aspecto competitivo táctico. Argentina está construyendo su relevo generacional, y eso no se hace necesariamente clasificando al  Mundial. La clasificación en estos torneos ayudaría, pero esto no puede implicar privar a los jugadores que constituyen el futuro de su selección nacional adulto de una experiencia de desarrollo a causa de preferir clasificar participando con jugadores más maduros y experimentados, pero que no tienen la proyección y la perspectiva de futuro del jugador internacional que se persigue. Evitar caer en esa tentación es una tarea que requiere de quienes manejan el programa un alto grado de honestidad intelectual y carácter ético.

En Argentina y otros países, existe un plan ordenado de desarrollo de jugadores, que si bien los pone en desventaja a corto plazo, asegura a largo plazo el desarrollo del jugador que se necesita para competir con éxito en el baloncesto internacional adulto de hoy. Esa meta solamente se logra siendo fiel al perfil que busca el país en el proceso de identificar jugadores con alto potencial de desarrollo. Otros países están construyendo el futuro de su baloncesto a nivel internacional, y algo similar intentamos aquí con el Programa de Formación. En los pasados cinco años innumerables veces tomamos decisiones a favor de ciertos jugadores, siendo fieles a la razón de ser del proyecto, a pesar de estar conscientes que implicaban arriesgar el logro urgente de victorias que, reitero, es un criterio muy estrecho para evaluar el éxito pero muy común entre analistas y expertos.

Este programa es de carácter nacional, trasciende a la FBPR y sus integrantes; y a diferencia del programa de adultos, no está atado a resultados inmediatos. Incurrir en ese error es precisamente el mayor obstáculo que hay que vencer para poder dar el tiempo necesario que una iniciativa de esta naturaleza exige para culminar su plan maestro. Luego de transcurrida media década desde el inicio del Programa de Formación, Puerto Rico cuenta con experiencias positivas que sugieren que el rumbo tomado va en la dirección correcta. Actualmente tenemos una generación de jugadores de 18 y 19 años con potencial mundialista y levanta otra generación de ensueño en las categorías de 15, 16 y 17 años. Los resultados de las selecciones nacionales a este nivel siempre serán insisto, un asunto trivial (incluso cuando se gana) si no se tiene una comprensión cabal de lo que el proyecto persigue.

Podemos extrapolar esta generación a 2020, 2021, 2022 y razonablemente trazar expectativas reales de figurar al más alto nivel en el Torneo Mundial de 2023 para alcanzar el objetivo medallista en las Olimpiadas de 2024; pero habrá que tener la visión correcta del proyecto y poseer la capacidad de afrontar las presiones que vienen de todos lados. El desarrollo pleno de nuestros prospectos con mayor potencial para garantizar un relevo generacional de primer orden es la meta final de este esfuerzo. A su vez, es también la mayor razón para justificar la inversión económica por parte del gobierno y de los auspiciadores. Nada debe desviar la atención en el camino hacia esa meta. Para que el Programa de Formación pueda cumplir su cometido será vital que sus dirigentes estén convencidos de los principios que lo sostienen e inspiran, y tengan una genuina adhesión a los objetivos que persigue, al grado de sentir su realización como el mandato de un compromiso moral. Esto es lo que permitirá trabajar con integridad, establecer prioridades, mantener estrategias, producir cambios, resolver problemas, garantizar la estabilidad y evitar la improvisación.

Hoy, un nuevo liderato asume la responsabilidad de continuar este proyecto. Para que no prevalezca el pensamiento de Voltaire con el que empieza este escrito, deberán permitir que fluyan dos elementos esenciales; seguimiento inteligente y prudencia lógica. El rol primario de este nuevo grupo será cuidar lo recibido porque muy probablemente tampoco podrán culminarlo en función de los cambios inevitables que el tiempo promueve. En el análisis final las causas siempre trascienden a las personas que las inspiran. Su responsabilidad fundamental consistirá en no arruinar lo conseguido como tantas otras veces ha ocurrido en el país con tantos otros proyectos. Después de todo, no se trata de cualquier proyecto. El país lo conoce y lo estima. Los logros verdaderamente significativos raras veces los culmina quien los empieza. El hecho objetivo, evidente e innegable es que por virtud de este proyecto el baloncesto puertorriqueño tiene hoy una esperanza.

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