Jorge Farinacci Fernós

Tribuna Invitada

Por Jorge Farinacci Fernós
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Lo público versus lo privado

Nuevamente se debate el tema de la privatización. Hace 20 años era una mala palabra, asociada con la corrupción y el traspaso de bienes del pueblo a pocas manos privadas para su lucro personal. Hoy, ante décadas de mala administración de las corporaciones públicas y agencias gubernamentales por parte de los dos partidos (que se alternan el poder), se propone la privatización como solución, ya sea para la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) o para las escuelas públicas. Las razones para el descontento son reales y válidas. Pero el remedio es peor que la enfermedad.

Sin embargo, varios mitos rodean la privatización. Primero, que lo privado siempre es más eficiente que lo público. Pero miles de clientes de compañías de celular, internet y cable TV pueden dar fe de que eso no es verdad. Por cada hora que uno espera en una fila del CESCO gastamos otra hora esperando que nos cambien la goma en un establecimiento privado. Y ante el argumento falaz de que lo privado siempre trae competencia, cito un meme que se ha tornado viral: ¿y cuál compañía de peaje escogiste?

Segundo, que lo privado siempre es de mejor calidad que lo público. Pero nuestra historia es otra. La compañía telefónica fue originalmente nacionalizada (convertida en pública) hace décadas ante el desastre que fue su administración en manos privadas.

Lo cierto es que lo público tiene ventajas importantes. Primero, que ante una entidad pública tenemos más derechos que una privada. A estas le aplican casi todas las garantías constitucionales. En lo privado, estamos a merced de los grandes intereses que les preocupa más sus ganancias que nuestras vidas y derechos.

Segundo, que lo público es nuestro, del pueblo, compartido, común, de todos y todas. Cuando privatizamos convertimos lo que era un derecho en un privilegio de pocos. Cuando se privatiza, el objetivo es ganar dinero y no atender una necesidad de la gente. Como resultado, el servicio es más caro y no necesariamente mejor.

Cuando algo es público está sujeto a control democrático, no a los caprichos del mercado. Si no nos gusta cómo se administra, podemos cambiarlo; no regalando lo que nos pertenece, sino cambiando quien lo administra en nuestro nombre. Lo público es democrático. Lo privado es de quien tenga más dinero. En lo público importa el “nosotros”, en lo privado importa el “yo”. Y cuando la norma es sálvese quien pueda, nos ahogamos todos. Apostemos a nosotros mismos.

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