Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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Lo que falta para una reapertura exitosa

La gobernadora Wanda Vázquez ha anunciado, a partir del 26 de mayo, una desescalada de la cuarentena o reapertura de la actividad económica. Así se une al movimiento en esa dirección por parte de varios países alrededor del mundo. Esta nueva fase, en la práctica, posiblemente resulte más compleja que la fase inicial, cuando se decretó el cierre de operaciones.  

El anunciar y poner en vigor, de un día para otro, el cierre de toda la actividad privada y gubernamental fue una decisión difícil y con enormes retos. Sin embargo, una vez los ciudadanos se resguardaron y el riesgo del contagio se contuvo, la labor se concentró en el seguimiento de las tendencias y en el aseguramiento de una capacidad médico-hospitalaria para atender a los afectados. Ahora, con la reapertura, la situación se complica, porque para todos los efectos los ciudadanos terminarán con su resguardo y regresarán a las calles. Una vez una persona sale a la calle, lo hace a su propio riesgo y a riesgo de los demás, a quienes también compromete con su actividad. Esta apertura, inevitablemente, provocará algún incremento en los contagios. Pero es un riesgo con el que tenemos que aprender a lidiar, pues no es posible vivir indefinidamente en encierro total. 

En ese sentido, es fundamental que cada uno de nosotros internalice que, en lo adelante, nos convertiremos en un combatiente activo contra la pandemia. En el desarrollo de nuestra actividad, personal y ocupacional, nos corresponderá velar tanto por nuestra salud y la de nuestra familia, como también por la salud de todos los demás componentes de la sociedad a quien nuestra actividad impacta. La gobernadora está en lo correcto cuando advierte que el éxito de esta nueva etapa depende de cada uno de nosotros. Como resultado de esta realidad, los y las puertorriqueñas tendremos que mostrar disciplina y autocontrol, algo que como pueblo no nos surge con naturalidad ni tampoco lo ejecutamos con facilidad.

De otra parte, resulta positivo que la gobernadora, al desarrollar las medidas para la reapertura, haya consultado a componentes del sector privado y religioso. Ese insumo ayuda a tener presentes las necesidades de los sectores y prever complicaciones. Sin embargo, en la medida en que los que participaron del proceso provienen de un sector económico particular, que no necesariamente representa el universo comercial, las medidas pueden no resultar tan efectivas como deberíamos aspirar a que lo fueran.

Ejemplo de esto son las medidas anunciadas para los restaurantes. El condicionar su reapertura a que operen a un 25% de su capacidad está pensado en los restaurantes de cadenas multinacionales, cuya capacidad excede con facilidad la centena de comensales.  Si la capacidad promedio de un restaurante de una súper cadena ronda las 200 personas, con 50 comensales y las entregas a domicilio, la apertura le debe resultar económicamente viable. Sin embargo, al restaurante o fonda típico del pequeño emprendedor puertorriqueño con capacidad de apenas 50 personas, abrir para solo poder atender de 10 a 12 personas sencillamente no le permitirá recuperar sus costos operacionales y la actividad no le resultará viable económicamente. Al no tomarse en cuenta la dinámica operacional de este empresariado local, lo estamos condenando a su virtual desaparición. 

De otra parte, para que la actividad privada pueda ser exitosa en esta etapa de reapertura gradual, es necesario que estén también disponibles una serie de servicios que solo brindan agencias gubernamentales, cuya apertura aún no se ha anunciado. Esto incluye oficinas de permisos, registro de la propiedad y tribunales de justicia. De nada sirve que se le permita al sector privado abrir, si este no puede operar con efectividad porque carece del apoyo de una estructura gubernamental de la que depende.  

Estas observaciones y otras más que también puedan hacerse será necesario que se incorporen a la nueva directriz. Esta desescalada que iniciamos está repleta de dificultades y obstáculos. El gobierno tiene que aprender a actuar con agilidad y rapidez. Tiene que despojarse de las ambigüedades, lentitudes e inconsistencias que han caracterizado su proceder con las órdenes previas. Pero corresponde también al pueblo, cooperar y ayudar a enfrentar este nuevo reto.

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