Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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Lo que hemos aprendido del caso Jensen

Cuando se anunciaba con redobles de tambor la prueba con que el Ministerio Público contaba para demostrar claramente en la vista preliminar la probabilidad de que Jensen Medina Cardona había asesinado sin piedad a la joven Arellys Mercado debido a un incidente por causa de un teléfono celular perdido y hallado, me venía a la cabeza algo distinto de lo que finalmente pude ver por televisión en esa vista. 

No hablo del aspecto procesal de la vista preliminar que se convirtió en un juicio de fogueo —algo que hice en una columna anterior—, sino de los atisbos que ha habido sobre la conducta observada por los seres humanos que se vieron involucrados en la tragedia. 

Como no hemos visto la totalidad de la prueba que se propone presentar la fiscalía en el juicio —ni la prueba de defensa que podría presentar el acusado, si quisiera—, nos limitaremos a comentar lo poco que ha traslucido en la vista preliminar que acaba de concluir. Del vídeo de poca definición y mucha confusión que se presentó en la vista surgen algunos elementos de violencia entre las personas que se encontraban en el muelle a la hora de los hechos. 

Con las explicaciones del único testigo ocular presentado —el novio de Arellys, la occisa —, se dio a entender que ella se había enfrascado en una discusión de alto volumen con Jensen y una mujer que lo acompañaba, mientras el testigo se ocupaba de otras cosas de menor importancia dentro de la embarcación anclada. Su testimonio nos dejó saber que el origen de la discusión fue el hecho de que Jensen se dirigió al grupo de Arellys para procurar por su celular e inicialmente alguien del grupo negó tenerlo. Cuando se le entregó, Jensen se apaciguó, pero la mujer que lo acompañaba comenzó a soliviantarlo (“agitarlo”), a decirle que esos “puercos” querían robarle el teléfono.

Es de suponer que es en ese momento cuando vemos un primer empujón —se ha alegado que de parte de Arellys— y luego otro más fuerte de parte, presumiblemente, de Jensen hacia ella, seguido del fogonazo que produjo el disparo que la mató.

No hay ninguna razón que justifique que un ser humano le dé muerte a otro simplemente por un enfado o siquiera en respuesta a palabras de insulto. Tampoco por que reciba un empujón. La ley autoriza a responder a una agresión, si ello es necesario para preservar la integridad física, pero con fuerza proporcional. No se puede responder con fuerza desmedida. Por eso la ley no permite que se rechace a tiros un empujón, puñetazo o insulto. 

Si los hechos ocurrieron como surgió en la vista preliminar, la jueza actuó correctamente al determinar que hay causa probable para presentar una acusación contra Jensen y llevarlo a juicio plenario. Corresponderá al jurado determinar si la muerte de Arellys fue “a propósito” —o sea, asesinato en primer o segundo grado— o si ocurrió como consecuencia de una “súbita pendencia” —es decir,asesinato atenuado, que es cuando la muerte ocurre en medio de una riña de palabras o de obras como resultado del calor del momento—.

Como miembros de una sociedad civilizada debemos ser conscientes de que es la solidaridad, el respeto a la dignidad de la persona humana y la caridad lo que garantizará nuestra supervivencia individual y colectiva. En los momentos críticos de discrepancia entre dos personas, nuestra actitud debe ser la de intervenir si es solo para serenar los ánimos, no para soliviantarlos. Hemos aprendido en este proceso lo que puede ocurrir cuando no es así.

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