Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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Lo que nos espera

 La marejada de eventos por los que Puerto Rico ha atravesado en estas últimas semanas requiere un momento de reflexión profunda y serena respecto a cómo habremos de manejarnos de aquí en adelante. Una confluencia de los intereses más disímiles y dispersos de la sociedad ha provocado la remoción de dos personas de la posición de la gobernación en tres semanas, y sus efectos finales están aún por identificarse.

En lo inmediato lo acontecido afectó lo que constituía una de nuestras cartas de presentación al mundo: un clima de seguridad y estabilidad política. Este disloque del orden institucional se suma a un complejo cúmulo de problemas previos, que incluye: una economía deprimida y carente de crédito, un estado de derecho trastocado, la desigualdad e inseguridad social en ascenso y una versión agrandada y cruda del arreglo colonial. Más que reconstrucción, la tarea que enfrentamos requiere la construcción de un nuevo arreglo económico, social y político.

La tarea es de pueblo y no de una persona o facción política particular. Las figuras mesiánicas y los movimientos redentoristas, de ordinario, más que glorias acarrean penas y tragedias para sus pueblos. La obra de construcción tampoco es tarea exclusiva de una nueva generación ni de su supuesto dominio sobre la tecnología moderna. La administración de Ricardo Rosselló estaba configurada, precisamente, por un grupo de autoproclamados “millenials” cuyo objetivo alegado era superar las prácticas arcaicas de la política y de la administración pública. Curiosamente, fue ese gabinete repleto de jóvenes el que fracasó y cual justicia poética, fue su uso constante de la tecnología lo que permitió descubrir la falsedad y banalidad de su proceder. Al lado de la juventud que se incorpora a los esfuerzos por forjar un mejor Puerto Rico, hoy más que nunca se necesita gente experimentada, curtida en el trabajo y con talento probado de saber sobreponerse y triunfar sobre la adversidad. Nunca se es ni demasiado joven ni demasiado viejo para hacer el bien y ayudar a la patria, pues la patria es tarea y responsabilidad de todos y todas.

La tarea de estructuración requiere rigor, disciplina y sacrificio constante. Ese es, quizás, el reto mayor pues tales características no nos distinguen en lo colectivo, a pesar de que en el ámbito individual sí están presentes en los logros de artistas, deportistas y profesionales de prácticamente todas las disciplinas. En la esfera pública los y las puertorriqueñas hemos mal utilizado nuestro talento y hemos entregado al azar y a entes externos el manejo de nuestras circunstancias. Para acomodar los intereses de parientes, amigos y clientes elaboramos un andamiaje de administración pública torcido que se sirve a sí mismo, en vez de atender las necesidades de la sociedad.  Rendimos nuestra iniciativa y capacidad individual a la dependencia en el estado y particularmente, en las ayudas federales.  Permitimos que las apariencias y la vida fácil, fundada en los contactos, las relaciones oportunistas y en el “tumbe” al interés ajeno, se convirtieran en modelo aspiracional a seguir.

Pero todo tiene su final y este modelo quedó para los libros de historia.  Puerto Rico está obligado a generar riqueza propia para sostener un gobierno más reducido pero eficiente, cuya función sea atender necesidades reales y no conceder prebendas y beneficios a rentistas. Para esta transformación social habremos de contar con asistencia limitada de parte de los Estados Unidos. Puerto Rico representa una carga muy onerosa, que ya no brinda a los Estados Unidos ningún valor añadido. 

Irónicamente, quizás sea el enfrentamiento con esta realidad lo que, al fin y al cabo, necesitamos para comprender que es a nosotros a quien corresponde desarrollar el Puerto Rico que añoramos y que tenemos, tanto o quizás, más posibilidades que otros pueblos para alcanzar un acomodo social exitoso.  El riesgo que confrontamos es el riesgo de apoderarnos de nuestras vidas y por fin, obligarnos a ser exitosos.


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