Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Lo que pesa un muerto

Se fueron la abuela y la tía de Raquel López Oliver, con 48 horas de diferencia, en aquellos primeros días oscuros, agobiantes, surreales, del peor octubre de nuestras vidas. Se fue el que enseñó a tocar cuatro a Pete Valle. Le siguieron las abuelas de Karelys López Rivera, Analid Nazario y Miriam Oquendo. Igual dijo adiós el padre de Tatiana Hornedo al sufrir una caída en una calle oscura por el apagón.

El padre del escritor Elidio Latorre; los dos abuelos de la hija del periodista Ricardo Cortés, también. Se fue Oscar Ayala Meléndez. Se ahogó en su sangre el 19 de octubre, mientras sus familiares no podían pedir ayuda porque no había señal de teléfono. Después de muerto, el cadáver estuvo diez horas en la casa. La familia no encontraba quién se hiciera cargo. En voz baja, se habla de muertos que pasaron días en sus casas y de otros que fueron enterrados en patios.

La muerte anduvo suelta en la vieja Borikén mucho después de que los estertores de María se hubieran apagado.

Para los que no perdimos a un ser querido por el huracán, los muertos de María eran una comparsa de siluetas vistas a contraluz. Tenían forma humana, pero carecían de los detalles que hacen a cada uno de nosotros distinto del otro. Sin detalles, no hay rostro, ni nombre, ni historia. Sin nombre ni historia, no hay dolor. Y este país le teme al dolor más que a la muerte misma.

Eso cambió esta semana. Cambió el martes, cuando la Universidad de Harvard dio a conocer una encuesta a base de la cual estimó que entre el 20 de septiembre y el 31 de diciembre de 2017 hubo en Puerto Rico 4,645 muertes más de las normales. Harvard atribuyó la mayoría de las muertes a la interrupción de tratamientos y servicios médicos que sufrieron miles de puertorriqueños en el largo apagón que siguió a María.

Eso fue como si se hubiera roto un dique. Se soltaron los tensores que habían contenido el dolor, el horror, la rabia, la indignación, el trauma, por todos los que se fueron en el infierno de los meses que vivimos sin energía eléctrica pasado ya el huracán.

Gritaron por los que murieron porque les racionaron sus diálisis. Por los que se ahogaron sin la máquina que le ayudaba a respirar, que funcionaba con electricidad. Por los que en el calor fueron devorados por infecciones. Por los ancianos, indefensos, en asilos insalubres por falta de agua. Por los que, enfermos, no encontraban espacio en hospitales que estaban funcionando a media capacidad. Por los que no tenían donde guardar la insulina. Por los que fueron minados por una dolencia regular que, por falta de atención, se volvió mortal.

La revelación de Harvard descorrió la gruesa cortina. Con los relatos (“mi primo fue uno”, “mi tío murió”, “mi papá no encontró quién lo atendiera”, “la ambulancia”) nos abrumó el coro de los muertos que quisimos enterrar discretamente y que ahora, desde el frío mármol, nos reclaman, a través de los adoloridos y espantados que dejaron acá, que los contemos.

La cifra de Harvard parecía exagerada. Pero prendió en la conciencia colectiva como una llama incandescente. Prendió por ser Harvard, una de las mejores universidades del mundo, pero también por otra razón más cercana a nuestras ansiedades: llenó el vacío que dejó el gobierno negándose a dar a conocer las estadísticas de mortalidad y aferrándose a la absurda versión de que solo 64 personas murieron a causa de María.

El gobierno se negaba a contar como muerte asociada a María cualquier deceso que no se hubiera producido directamente por la tormenta. El secretario de Seguridad Pública, Héctor Pesquera, desconocía o no le importaba que el protocolo del Centro de Control de Enfermedades (CDC) dice que se cuente como muerte asociada a un fenómeno natural aquellas que sean consecuencia de, por ejemplo, la interrupción de servicios médicos o la falta de utilidades públicas como luz o agua, entre otras secuelas de un desastre natural.

El palpitar de los muertos seguía reclamando atención en medio de la indolencia. En diciembre de 2017, el Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico (CPI) y el diario estadounidense The New York Times, basándose en datos del registro demográfico, publicaron que en septiembre y octubre de 2017 murieron cerca de 1,000 personas más de las que fallecieron en el mismo periodo en el 2016.

En febrero, respondiendo a presiones, el gobierno contrató a la Universidad George Washington para que revisara las muertes ocurridas durante el crítico periodo y determinar cuál se podía asociar a María. El estudio no ha sido concluido y, por lo bajo, el gobierno seguía resistiendo. No cooperó con el estudio de Harvard y les negaba acceso a los datos al Instituto de Estadísticas, al CPI y CNN, que le tienen demandado en los tribunales.

El viernes, horas después que el gobernador Ricardo Rosselló sudara tratando de explicar este asunto en una entrevista con el periodista de CNN Anderson Cooper, el gobierno difundió por fin la información de las muertes ocurridas entre septiembre y diciembre de 2017: fueron 1,397 más de las que hubo durante el mismo periodo en el 2016, y 2,024 más que en el 2015. Por ahí, más o menos, debe estar la cantidad de muertes que se pueden atribuir a María.

El mayor aumento de muertes se produjo en octubre: 3,040 en el 2017, versus 2,357 en el 2016 y 2,393 en el 2015. Octubre fue el mes más crítico de nuestra larga pesadilla. Fue el mes más largo, más oscuro y más traumático que hemos vivido jamás. Fue el mes de la gente pasando hambre. De los hospitales con generadores. De los asilos de ancianos abandonados. Fue el mes de Donald Trump tirando rollos de papel. Fue el mes del miedo y el shock.

Y fue también el mes que el gobierno se puso a inventar con Whitefish mientras las compañías estadounidenses de electricidad que participan de los acuerdos de ayuda mutua esperaban la llamada para venir a Puerto Rico. Fue el mes en que estuvo en todo su apogeo el funcionamiento, en el Centro de Convenciones, del Centro de Operaciones de Emergencia, el notorio COE, donde todos los días había esfuerzos por hacer querer ver que el país regresaba a la normalidad.

El gobierno dio en todo esto la inconfesable impresión de que quería minimizar la cantidad de muertos de María. Muchos se preguntan qué podía ganar ocultándolo. En el párrafo anterior, puede estar la respuesta.

Gabriel García Márquez contaba que, de niño, su abuelo le decía: “Tú no sabes lo que pesa un muerto”. El gobierno lo está averiguando en estos días.

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