Kenneth McClintock

Tribuna Invitada

Por Kenneth McClintock
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Lo que Puerto Rico no vio

El primer Mensaje de Estado a la Nación sobre la Situación de América (MENSA, por sus siglas en español o SOTU, por sus siglas en inglés) fue un discurso muy bien escrito carente de autenticidad y de credibilidad, pero emotivo para el público al cual estaba dirigido.

Del punto de vista de redacción, todo parece indicar que, como comentó un periodista, el MENSA estaba dirigido, no al conocedor de la política en detalle, sino al fanático de “Dancing with the Stars”, a la familia trabajadora que dedica una noche semanal o una tarde sabatina a torneos en la bolera, a algo cercano al mínimo común denominador de la clase trabajadora.  Los redactores del MENSA buscaban fortalecer y ampliar en algo la base electoral del presidente de cara a la reelección en el 2020. Y ni hablemos del chisme, de esos que le gustan a Jacinta Marín, sobre el distanciamiento entre la primera dama y el presidente.

El mensaje, sin embargo, careció de autenticidad. Donald Trump leía palabras que no eran producto de su mente. Trataba de proyectar sentimientos que evidentemente no salían de su corazón. Leía forzosamente del teleprompter del cual sus manejadores le advirtieron no se podía desviar después de un día entero sin tuitear, porque hasta eso le prohibieron. El Trump que compareció al Congreso no era el Trump verdadero, y se notaba.

Sin embargo, en el taller automotriz de una escuela vocacional pública de un pueblo pequeño del estado de Massachusetts, con un público en vivo, los redactores y estrategas se encontraron con un joven político a quien el Partido Demócrata había encomendado el honor de pronunciar la respuesta oficial de la oposición, el congresista demócrata Joe Kennedy III (¡sí, hay “tres palitos” hasta en la familia Kennedy!). 

En unos cortos 5 minutos, Joe Kennedy, sobrino nieto de un presidente, de un senador y de un heroico piloto militar que murió sobre la Alemania que bombardeaba, y a su vez nieto de Bobby Kennedy, despedazó el mensaje de Trump de 80 minutos de duración.

En una docena de bien pronunciadas frases, el congresista Kennedy, trajo a los televidentes de regreso a la realidad, recordándole que, como Alicia, Trump describió un mundo de fantasía que chocaba con la realidad de sus tuits, de sus insultos, de sus frases divisivas, y de sus actitudes poco unificadoras.  Como si fuera poco, se dirigió a los electores hispanos en un buen español, producto de su experiencia en los Cuerpos de Paz que creó su tío-abuelo, el presidente John F. Kennedy.

Desafortunadamente, el mensaje presidencial siempre es más visto que la respuesta oficial de la oposición, excepto en Puerto Rico, donde las principales estaciones comerciales -Telemundo, Televicentro y Univisión- volvieron a incumplir con su responsabilidad de interrumpir su programación regular (sorry, Jay!) para transmitir en vivo ambos mensajes, como lo hacen casi todas las estaciones comerciales licenciadas por la FCC en todo el país.

Para quienes reconocemos que Puerto Rico ha sido víctima por más de 75 años de lo que describo como el Plan de Embrutecimiento, la decisión de nuestras tres principales televisoras de esconder a los líderes de nuestro país es solo un elemento más de ese plan. Ese plan es la conjunción de la carestía de buena enseñanza bilingüe, un sistema público en que, pese a buenos maestros que quieren enseñar y estudiantes que quieren aprender, a juzgar por las pruebas de aprovechamiento el sistema parece más un centro de cuido de jóvenes que un sistema escolar, una casi total carencia de bibliotecas públicas y de tecnología en los salones o en manos de los estudiantes, y niveles pobrísimos de lectura recreativa y de retos intelectuales a nuestra población.

Ese plan de embrutecimiento, que también se refleja en la poca calidad, o carácter insultante, de la mayoría de comentarios que postean un puñado de lectores que no tienen la valentía de firmar con sus verdaderos nombres su reacción a los escritos míos y otros columnistas de este diario, salvó anoche a muchos televidentes puertorriqueños del bien redactado pero poco auténtico mensaje del presidente de su país, a la vez que les negó la oportunidad de empezar a conocer al Kennedy de esta generación.

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