Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Lo que va de ayer a hoy

N o deja de ser irónico –y triste- que el partido cuya gestión fue determinante para obtener una mayor medida de autogobierno en la década de los cincuenta sea ahora el que -sesenta y tantos años después- nos esté entregando a la injerencia directa del gobierno federal en nuestros asuntos fiscales.

Se podría aducir que no le ha quedado más remedio, que el mal gobierno practicado durante décadas y la corrupción cada vez más institucionalizada han dado al traste con cualquier asomo de prosperidad y progreso que logramos tener en algún momento.

Durante todo ese tiempo, en vez de construir un país verdaderamente democrático (en todos los renglones, incluyendo la repartición de las riquezas), con un electorado informado y responsable, el Partido Popular Democrático se ha ido acomodando a los grandes intereses financieros (de aquí y de allá). Ha practicado, además, la demagogia con miras a perpetuarse en el poder.

De ser un partido nacido para mejorar la suerte de los pobres, se ha convertido en uno dominado por los ricos; de estar comprometido con el desarrollo, se ha contentado con un status quo improductivo; de abogar por una “vida buena” y sencilla, se ha entregado a la ‘buena vida’ dispendiosa y artificial; de reclamar un mayor auto-gobierno, ha caído en la dependencia creciente y de sustentar una visión caribeña, ha ido volviéndose hacia adentro, como si pudiéramos vivir de espaldas al entorno. Lo peor es que intenta sostener la retórica ya ineficaz y hueca que una vez correspondió a su realidad.

El impulso hacia el autonomismo, por ejemplo, se ha diluido –por no decir desaparecido- en componendas y posicionamientos dirigidos a obtener cada vez más beneficios del Congreso, sin iniciar intentos serios de propiciar un desarrollo a la medida de las posibilidades del país. Luis Muñoz Marín propuso una vez repagarle al gobierno federal los dineros enviados; sus herederos políticos viven con las manos extendidas para mendigar.

El espectáculo de los últimos tres años ha sido particularmente bochornoso.

En una situación de crisis como aquella en la que estamos, provocada en gran parte, bien es cierto, por gastos grandiosos de pasadas administraciones estadistas y su falta de visión de futuro (pero también por la imprevisión de todos los gobiernos), el PPD ni siquiera ha intentado actuar en concierto para remediar el problema. Las ambiciones de los políticos –especialmente los legisladores y algunos alcaldes- su arrogancia prepotente, la corrupción ubicua, la prevalencia de los intereses personales sobre los del país han caracterizado el cuatrienio.

El gobernador ha cometido errores -¿quién no los hubiera cometido en un momento tan difícil?- pero intentó, desde el principio de su mandato, enderezar el curso desesperado de las finanzas del país. Para tener una esperanza de éxito hubiera necesitado la acción decisiva y concertada de sus correligionarios en el gobierno, pero estos se dispensaron irresponsablemente de respaldar sus iniciativas. No bien ocuparon sus escaños o las sedes de los municipios empezaron a maniobrar para salir ilesos de los conflictos inevitables inherentes a los recortes o medidas difíciles. Se les han visto las costuras codiciosas de poder.

El panorama es desolador. Los propios populares han entorpecido un camino de por sí extremadamente difícil, aún con la cooperación eficaz de todos. Han sido adversarios y no colaboradores de su propio gobierno. Han acabado rematando el futuro de su partido, que carece ya de la solvencia moral necesaria para liderar un pueblo. El PPD ha perdido su dirección, su credibilidad y su fuerza moral. Su obsolescencia es mala noticia para todos siendo, como ha sido durante décadas, un muro de contención para el impulso asimilista que nos amenaza con la disolución nacional (a ver cómo encajan ahora los asimilistas el golpe de un Congreso básicamente despreocupado de nuestra suerte).

¿A dónde mirar? ¿Qué hacer? Es posible que las decisiones ya no sean nuestras. Otros, lamentablemente, señalarán el camino, dado que nosotros no hemos sabido gobernarnos.

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