Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Los 37,960 días de mi padre

En ocho días mi padre habrá vivido 37,960 días, cuando alcance los 104 años. Su historia, sencilla, es una bendición que quiero compartir con ustedes en honor a los padres de cada uno de ustedes, vivos o en la Gloria. Silverio se llamó porque así lo dictaminaba el Almanaque Bristol. El 20 de junio, fecha en que nació mi padre, dictaba la famosa publicación que era el día del Papa y mártir San Silverio. El pobre santo nacido en el año 538, que ocupó por poco tiempo la silla de San Pedro, murió desterrado en la isla de Poncia, víctima de los manejos de dos mujeres: Teodora y Antonina, y sus respectivos maridos, Justiniano y Belisario, altos jerarcas de una corrupta Roma.

Silverio se casó, no me refiero al Papa, sino a mi papá, en 1934, cuando tenía veinte años. Enviudó ocho años después y quedó solo y preocupado, con tres descendientes: Victorina, Josefina y el recién nacido, Abraham. Su primera esposa, María, murió de parto. En la década borincana del treinta, la miseria, producto de la Gran Depresión, la devastación dejada por los huracanes San Felipe y San Ciprián, y la falta de cuidados médicos mínimos, producía infinidad de muertes. ¡Quién diría que sobre cien años después en moderno Puerto Rico pasó algo similar!

Mi papá, con la ayuda de sus hermanas, se las arreglaba como podía, trabajando de carpintero, manejando sus tres huérfanos, y enfrentando la soledad. Transcurrieron tres años e igual número de novias en su intento de acabar con su viudez. Una noche del verano de 1945, mientras el mundo celebraba el fin de la Segunda Guerra Mundial, Papi fue del barrio Camarones, donde vivía, al barrio Mamey, a unas procesiones religiosas que se hacían de casa en casa, cargando la Virgen de la Divina Providencia, patrona del país, —el país de aquel tiempo, como el de ahora, subsistía por la providencia divina—. Estas visitas de la virgen eran ocasiones para encontrarse con familiares y amigos, hacer chistes, comentar los sucesos del barrio y, además, saborear un buen chocolate de barra, con galletas y queso de bola que servía la vecina que esa noche le daría posada a la imagen de la santa patrona.

A Silverio el viudo, le llamó la atención cuando alguien llamó a una jovencita de nombre Victorina para que condujera el rosario de la velada. La hermosa joven, de unos dieciocho años, pelo negro, ojos castaños y dulce voz, hizo que el viudo se fuera colando disimuladamente entre los presentes hasta llegar justo al lado del altar. Allí rezó con más fervor que nunca inspirado por aquella otra virgen a la que no le quitaba la vista. Subía la voz, la engolaba, al contestar las letanías para llamar la atención de la joven conductora de rosarios. No esperó al amén final para ir sobre el objeto de su devoción. Con la excusa de que ella se llamaba como su hija mayor, entabló conversación y ¡se casaron seis meses después!

La noche de bodas se mudaron a la casita que olía a maderavieja recién pintada, ubicada en una loma a la que llegaba un camino que nacía en una quebrada afluente del Río Guaynabo. La mañana siguiente a la noche nupcial le llegó a Victorina su regalo de bodas: dos niñas, Victorina, a la que solo le llevaba once años de diferencia, y Josefina, dos años menor. Abraham, inquieto y rebelde, prefirió quedarse con su abuelo y sus tías. Yo nací tres años después y desde que tengo uso de razón hay tres cualidades que resalto de ese roble centenario: trabajador incesante, sentido del humor y amor incondicional para con su familia. No me queda otra que intentar emularlo.

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