Brenda Rosado Aponte

Tribuna Invitada

Por Brenda Rosado Aponte
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¿Los abogados leen?

Hace poco le pregunté a un compañero abogado: ¿Cuál es tu libro favorito?, y honestamente no esperaba su respuesta, “yo no leo”. Ello me hizo reflexionar sobre la profesión de abogado y de cómo lo que leemos, independientemente si es sobre derecho o literatura, incide en nuestros pensamientos y casos.

Recuerdo con mucho entusiasmo cuando me encontraba en la facultad de derecho y tomé el curso de derecho y literatura. En este nos adentramos a estudiar textos de literatura y estudiar la influencia del derecho en la literatura. Para mí significó ese paso definitivo a un mundo nuevo donde me sentía parte, pero no del todo. Como pez en el agua me sumergí en el mismo medio de dos océanos, sin saber a cuál de los dos pertenecía. Así estuve todo un semestre donde amé a la par la literatura y el derecho.

La literatura y el conglomerado de todos sus géneros nos permiten adueñarnos de un lenguaje. La literatura es el arte que crea belleza mediante el léxico inigualable que guardamos en nuestro consciente. Como mundo imaginario nos lleva a reflexionar de manera crítica sobre las cuestiones trascendentales que se plantean en el mundo social, personal, profesional y hasta jurídico. En principio, el derecho y la literatura parecen polos opuestos, pero al final tienen grandes vínculos marcados desde la propia existencia de ambas disciplinas.

El derecho y la literatura tienen denominadores comunes, entre ellos que en ambas disciplinas se utiliza el poder de la palabra para llegar al lector, al estudiante, al juez y al abogado, entre otros. La palabra y la interpretación que se le dé a ella son la fuerza y el motor de todo abogado, ya sea uno experimentado o principiante.

El buen dominio de la palabra escrita y verbal transforma el trabajo jurídico y lleva a una práctica exitosa de la profesión. Como diría Pablo Neruda: “Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan”. En fin, la palabra transforma nuestro trabajo diario de abogado, pues con ellas nos dirigimos al cliente, al juez, y al jurado. No tener el dominio de la palabra escrita o verbal es andar a ciegas en un mundo donde es necesario argumentar, sustentar y sostener una posición.

Ya lo decía el gran jurista Félix Frankfurter en el 1954, cuando se le preguntó: “¿qué se requiere para ser un buen abogado?” y su contestación fue: “Nadie puede ser abogado verdaderamente competente, a menos que sea culto. Si yo fuera tú, me olvidaría de todo preparación técnica de la ley. La mejor manera de prepararse para la carrera de leyes es siendo una persona letrada”.

No es menos cierto que el abogado debe desarrollar esa sensibilidad y cultura amplia hacia los textos literarios. El jurista o abogado debe cultivar su imaginación con textos literarios, poesía, arte y hasta música. Todo ello propende al cultivo de la agudeza y perspicacia de la profesión jurídica. Un abogado instruido en literatura puede llevar un mensaje claro a un jurado y llegar al corazón de un juez justo. En la medida en que la profesión de abogados deje a un lado la literatura se perdería la magia del dominio de la palabra. Confío que nuestra profesión sea una donde el abogado o abogada desarrolle un afecto por la literatura universal.

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