Luis Rafael Rivera

Punto de vista

Por Luis Rafael Rivera
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Los animales en el Codciv-20

De carnaval deberían estar los animales con el Codciv-20. Pero, no. En todo caso, solo respiran felicidad los querendones de sofá y veterinario. O sea, los pets de compañía (domésticos o domesticados). En el nuevo Código, el gato asciende de cosa mueble a “ser sensible”. Otro cantar aguarda al gallo de pelea (animal doliente capaz de insuflar regocijo al gallero), al perro callejero, a los murciélagos de Mayra Montero y a la boa constrictora de María Milagros Charbonier.

¿Qué ha ocurrido? Nada. Desde que los esclavos dejaron de ser cosas, no veíamos una quimera tan significativa: la descosificación de los animales en el ámbito civil. Esta loable iniciativa de la colega Evelyn Benvenutti instala un nuevo paradigma sobre el reconocimiento jurídico de la “sintiencia animal”, aunque la iniciativa quedó truncada debido a la forma como la legislatura zurció el asunto. Constituye una más de las muchas fallas sustantivas y de armonización que sufre el libraco sancionado por la gobernadora.

¿Son silvestres o domesticadas las gallinas de palo que vienen a comer avena cruda y asolearse conmigo mientras bebo café y resuelvo el sudoku? ¿Podré vender el burro que siempre creí mío? ¿Queda borrada la dicotomía perro-ama, yegua-dueño, cotorra-interlocutora? ¿Son sensibles los animales de circo y los cerdos vietnamitas? El nuevo texto en la pantalla del iPad no contesta estas preguntas. Lo que parecía ser el colapso del pasado en la relación humano-animal quedó instalado tímidamente en el Codciv-20 como un desiderátum tan abarcador como el Arca de Noé, pues carece de respuestas coherentes a las consecuencias. Afirmar, sin más, que los animales domésticos y los domesticados no son bienes ni cosas, sin adoptar un estatuto especial para ellos, es sustraerlos del tráfico jurídico y dejarlos a la intemperie. Realengos. Increíble, ¿no?

En el Código aún vigente, los animales son, en general, apropiables y objeto del comercio. La relación de la persona y el animal, sea este de compañía, doméstico, silvestre o salvaje, es de propiedad privada. Por eso se denominan bienes muebles semovientes y se habla de dueño. Pensando en el gato faldero, los love birds enjaulados y los presuntos lazos afectivos de estos con las personas naturales, el Codciv-20 excluye a los animales destinados a la industria y a actividades deportivas o de recreo. Detrás de esa distinción, está la idea de que muchas personas consideran a “sus” animales miembros activos de la familia. Les tratan y los consienten como si fuesen hijos, les hablan, los llevan a todas partes, los hacen partícipes de eventos familiares, sufren su partida como la de un miembro familiar y hasta utilizan la figura del fideicomiso hereditario para asegurarles el futuro bienestar.

Sin embargo, los países vanguardistas que han reformado los estatutos jurídicos de los animales para adaptarlos a la ciencia y la demanda social reconocen la sintienciade todos los animales (no solo la de los animales de compañía), y redefinen el marco jurídico sobre el que se asienta la “propiedad” de los animales. Zafándose de la tradicional dicotomía personas-cosas, les dan un trato jurídico diferenciado. El valor del animal ya no es estrictamente el valor de mercado, como una cosa en propiedad. La clasificación seres vivos sensibles, categoría sui generis, implicaría que solo sería aplicable el régimen jurídico de los bienes en la medida en que sea compatible con la naturaleza de los animales y con las disposiciones destinadas a su protección. Si eso era lo que pretendía el Codciv-20, debía decirlo y adecuar las tradicionales nociones de ocupación, frutos naturales, hallazgo, responsabilidad por daños y vicios ocultos.

En realidad, la reforma del Codciv-20 pensó más en la persona que en el animal. Un aspecto innovador es la introducción del criterio de la custodia compartida de la mascota que pueda ser aplicado por el juez en caso de separación o divorcio. En ese mismo tenor se engarza la prohibición del embargo, pues siguen siendo embargables los pobres monos y las mansas vacas.

Una advertencia es necesaria. Aunque en las primeras reformas de los códigos civiles europeos se utilizaba la formulación “negativa”, en el sentido de que los animales no son cosas o no son bienes, las fórmulas más recientes de Francia y Portugal prefieren una descripción “positiva” de la esencia de estos seres: por un lado, los diferencia de las personas; y, por otro, de las cosas y otras formas de vida. Ojo a esta discusión. Este verano, una serie de webinars (seminarios virtuales), auspiciados por la Universidad Autónoma de Barcelona, reúne a las mejores mentes del campo humano-animal en un escenario multidisciplinar de diálogo y debate.

Uno de los temas en agenda podría ser el de las mascotas robots, tan de moda entre los niños y los adultos con Alzheimer. En Japón, cada vez más se opta por un perro robótico en lugar de tener uno real. Semejantes avances en materia de inteligencia artificial plantean hasta qué punto debería otorgarse personería jurídica a esos androides.

El Codciv-20 seguirá desatando jaurías. Con la diluida protección de los animales y el perro robótico al acecho, habrá rebelión en la granja. Y en la gallera también.

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