Juan Antonio Ramos

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Por Juan Antonio Ramos
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Los augurios del juez Torruella

Juan R. Torruella es un jurista puertorriqueño que en la actualidad se desempeña como juez en el Tribunal de Apelaciones de los Estados Unidos para el Primer Circuito. Cree en la estadidad para Puerto Rico.

En abril del presente año afirmó que la imposición de una Junta Federal de Control Fiscal en la Isla podría “desencadenar no sólo simple desobediencia civil o resistencia, sino radicalización o violencia directa, como la que vio Puerto Rico en los 1930, 1940 y 1950”.

¿Crees que si el puertorriqueño se viera acorralado y sin salida, si fuese llevado a una situación límite, se lanzaría a la calle a exigir sus derechos a través de manifestaciones violentas? Si los temores que expresa el juez Torruella tuvieran base para sustentarse, podríamos imaginar el siguiente escenario: “Personas de todos los puntos de la Isla se van agrupando en la entrada de San Juan. La multitud crece de tal manera que paraliza el tránsito a eso de las diez de la mañana. Los accesos a la ciudad capital quedan totalmente bloqueados.

Portando toda clase de pancartas y vociferando slogans y consignas, los manifestantes marchan en dirección al Capitolio. La uniformada despliega sus efectivos en las inmediaciones de la casa de las leyes. Al llegar, la multitud continúa su impulso y choca con la Policía. Logra entrar por la fuerza al hemiciclo del Senado.

Los senadores abandonan los escritorios para refugiarse en sus oficinas. El gentío ocupa todo el salón y la Policía hace esfuerzos infructuosos para expulsarlo.

Comienza el forcejeo y los encontronazos. Ni el pepper spray ni los gases lacrimógenos logran frenar el empuje arrollador de los ciudadanos enfurecidos.

Llegan más refuerzos policiales pero no pueden controlar la situación. Los invasores viran los escritorios, lanzan las sillas y arrancan los micrófonos mientras los uniformados abren cabezas con sus macanas. Varios insurgentes consiguen despojar de su arma de reglamento a un agente y uno de ellos dispara al aire. Esto sirve de detonante para que se inicie un tiroteo que deja un saldo de cuatro muertos y más de veinte heridos.

De otra parte, numerosos centros comerciales son invadidos por hordas de asaltantes que saquean las tiendas con total impunidad. El senador republicano Aaron Levi (nombre ficticio), en representación de la Junta Federal de Control Fiscal que gobierna a Puerto Rico, pide la intervención militar de los Estados Unidos.

Un destacamento de soldados es enviado a la Isla. Los helicópteros y los vehículos militares imponen su presencia. Los eficientes militares sofocan los disturbios en el Capitolio y en los centros comerciales saqueados por los asaltantes.

Éxito inmediato. Decenas de arrestos, alto número de heridos, pero “ninguna muerte que lamentar”.

En 1788 Fray Iñigo Abbad y Lasierra, en su Historia geográfica, civil y política de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico dice sobre los puertorriqueños, que “...el calor del clima los hace indolentes (flojos, perezosos) y desidiosos (aplatanados)”.

Dos siglos más tarde, Antonio S. Pedreira en su Insularismo (1934) afirma que los “factores hereditarios y ambientales de negativa índole”, hacen del puertorriqueño un ser carente de voluntad, incapaz de fijarse metas concretas (“una nave al garete”).

René Marqués en El puertorriqueño dócil (1959) comparte esta postura referente al carácter indeciso y negligente del puertorriqueño, y añade el de la docilidad, para explicar la alarmante inclinación autodestructiva del boricua, quien prefiere volcar sobre sí mismo y no sobre el “agresor e invasor”, toda su violencia reprimida.

Si nos atenemos a lo expresado por estos tres caballeros, tendríamos que concluir que los puertorriqueños somos incapaces de protagonizar una rebelión masiva como la que se describe en el pasaje anterior. Los augurios del juez Torruella estarían lejos de cumplirse.

¿El puertorriqueño es flojo por naturaleza? Estados Unidos, la primera potencia del mundo, lleva más de un siglo tirándonos con todo lo que tiene y los boricuas seguimos hablando español. Ningún otro país hispanoamericano ha sido sometido a una prueba de esta índole.

Nosotros hemos sido expuestos a un tipo de agresión que a veces es sutil, casi invisible, y a veces brutal, sin disimulo. Y no nos hemos rendido. ¿Qué clase de flojera es ésa?

No hay duda de que la resiliencia nos ha ayudado a sobrevivir como pueblo. Pero si queremos prevalecer, tenemos que hacer algo más que coger palos sin levantar la cabeza. El buen boxeador es capaz de asimilar muchos golpes, pero también sabe cómo devolverlos con arrojo y contundencia. Existen diversas formas de combatir. Vieques nos mostró una manera eficaz de dar la batalla hasta alcanzar la victoria. Llegó el momento de enfrentarnos a nuestro destino. Llegó el momento de trazar el rumbo que seguiremos como nación. Quedarnos plantados en el mismo lugar no es una opción. Aunque nos asuste, aunque sintamos miedo, estamos obligados a caminar.

El juez Torruella tiene razón al vaticinar que se avecinan tiempos difíciles y turbulentos. Será para bien, porque el parto siempre es doloroso pero trae consigo la vida. La coyuntura histórica presente nos da la oportunidad de nacer, como han nacido todos los países soberanos del mundo.

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