René A. Vargas Martínez

Tribuna Invitada

Por René A. Vargas Martínez
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Los aumentos en la UPR en tiempos de “Rambo”

Conozcan a José: 

José es estudiante universitario. Luego de fajarse por años en escuela superior para sacar buenas notas, recibió la carta que tanto había esperado, su carta de admisión a la Universidad de Puerto Rico (UPR). José sabía que la UPR era su única opción, puesto que sus padres apenas cuentan con recursos para mantenerlo. A pesar de que José recibe la beca completa de $5,800 dólares al año, aproximadamente la mitad se le va en la matrícula y el sobrante siempre llega un poquito tarde para los libros, la comida y el hospedaje cuyo costo está por las nubes. Así que José se tuvo que buscar un empleo a tiempo parcial.

Por tanto, José siempre tiene problemas conciliando su programa de clases y sus responsabilidades laborales. La matrícula es un infierno. José se matricula de sección en sección, solo para encontrar que las cierran por falta de fondos. Para conseguir una clase José tiene que visitar un departamento y hablar con un funcionario o con un decano, que lo refiere a otro funcionario y a otro decano, que a su vez lo refiere a un director y a otro decano. Una peregrinación sin fin en busca de clases, para poder estudiar, para poder educarse, para echar adelante. Lo mismo pasa con cualquier trámite administrativo. Todas las transacciones, funciones y procesos están divididos y bifurcados entre oficinas. Todo pasa de escritorio en escritorio, apoyado por un sistema de los tiempos del Atari que durante las migraciones de información borra las transacciones:

"Pero es que ayer el sistema confirmó mis clases."

"En sistema no está su programa." 

"Pero le tomé foto, terminé mi matrícula y no está ahora."

"No está en sistema. Para reclamaciones, tiene que hacer la fila para que lo atienda un oficial"

(Luego de hacer la fila) 

“Esa clase no se la puedo matricular porque es un laboratorio y está lleno."

“Pero tengo la confirmación." 

“Aquí no se puede, tiene que ir a la facultad."

(En la oficina administrativa de la facultad) 

“Aquí no se puede, tiene que ir al decanato." 

(En el decanato) 

"Aquí no se puede, tiene que ir al departamento." 

(En el departamento) 

"Puede apuntarse en la lista de espera, no tenemos evidencia de que se haya matriculado. Puede hablar en el decanato." 

(En el decanato) 

"Vaya a la procuradora a ver si le pueden ayudar." 

Y así, de funcionario en funcionario inservible, de proceso absurdo a proceso absurdo, José pierde su tiempo y energías luchando contra un sistema cuyos administradores políticos se niegan a reformar

José siempre trata de mantenerse al día escuchando los medios de noticiosos del país. Lee cómo sus compatriotas exigen en los comentarios de las noticias que se sacrifique, que pague más, todo mientras se anuncia que Darrel Hillman, el autoproclamado "Presidente Rambo" se va a aumentar su compensación. Eso sin que la UPR haya comenzado un proceso serio de reestructuración ni de gerencia de procesos. Sin que se haya repensado su rol. Escucha en la radio a los nuevos directivos de la UPR defender un aumento que según ellos no es un aumento. El “Presidente Rambo” cobrará más que sus antecesores, pero según los directivos de la UPR, el que alguien cobre más no necesariamente es un aumento. Eso es una "cuestión de interpretación".

Aumentar la matrícula al igual que aumentar el costo de los servicios sin apostar a una reestructuración es la opción perezosa y cobarde que ha llevado a la UPR a su parálisis actual. Es la vía fácil, donde le pasas el costo de la ineficiencia de tu estructura a un estudiante impactado y agobiado por una crisis económica que casi le exige abandonar el país. Ese es el modus operandi. Le pides que pague más por un servicio deficiente y no haces nada para cambiar esa realidad.

Y hacerlo mientras te aumentas el sueldo y atornillas a tu gente es un descaro y una afrenta. Mientras le piden sangre a José, una víctima de la crisis, y decretan que el aumento de matrícula es la única salida, se aumentan los salarios. No están dispuestos a aplicarse la receta que les imponen a los estudiantes y empleados. Así es fácil hablar de sacrificios.

Cualquier aumento de matrícula debería estar vedado hasta tanto la Universidad no demuestre que ha realizado los ajustes internos necesarios que la tornen en una institución con procesos eficientes que no redunden en la pérdida de nuestros fondos públicos. La soga no puede seguir partiendo por lo más finito.

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