Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Los buenos del caos

Hace unos días, en el diario español El País, se publicaron dos artículos estrechamente relacionados sobre la creciente desigualdad social en España y Estados Unidos. Se trata de “España camina hacia una sociedad de castas” y “Estados Unidos: del sueño a la pesadilla americana”, ambos escritos por el periodista Miguel Ángel García Vega.

Basándose en estudios recientes y proyecciones estadísticas, estos reportajes nos muestran las posibilidades objetivas de movilidad social en estos países. El panorama resultante es abyecto: “Cualquier español que nazca en una familia de bajos ingresos tarda cuatro generaciones (120 años) en conseguir un nivel de renta medio”. El escalofriante dato se vuelve más desolador cuando se nos informa que en el Estados Unidos de hoy, el paso de la pobreza a la clase media se calcula en 150 años, es decir el tiempo requerido para que nazcan y mueran entre “cuatro y cinco generaciones”.

La crudeza de estos números se enfrenta a las poderosísimas mitologías propagandísticas de esos países, en los que acaso las mínimas excepciones a la regla sirven como narcóticos de conformismo social para millones de sus ciudadanos casi perennemente empobrecidos. Pero estudios realizados por instituciones de incuestionable valor e independencia como el Centro de Pobreza y Desigualdad de la Universidad de Stanford llegan a conclusiones desoladoras: “el salario medio estadounidense lleva estancado casi 50 años y cada vez menos jóvenes piensan que les irá mejor que a sus progenitores (…) el 90% de los nacidos en 1940 en Estados Unidos ganaba más que sus padres, pero solo el 50% de los que nacieron en 1980 han sido capaces de lograr lo mismo”. La desigualdad social estadounidense no solamente es desproporcionada, sino que ya está creando una sociedad con unas condiciones diferentes a la de hace unas décadas. No puede ser de otra manera cuando se conoce que “en Estados Unidos el 1% de la población posee el 20.8% de la riqueza.”

Una situación económica como la descrita se basa en una nueva regla de oro: un grupo minúsculo de privilegiados es compensado de una manera desproporcionada a sus méritos y al valor de su labor, en detrimento de la compensación progresivamente disminuida o precaria de enormes mayorías de la población. Quiero recalcar que esta situación es novedosa por su intensidad y que no se trata ya de la vieja división de clases de nuestros padres o abuelos. Tampoco se trata de desdeñar el deseo de progreso económico, movilidad social y bienestar de ningún ciudadano, incluso el de las personas que habitualmente se consideran acomodadas. De lo que se trata es que se está dando un tipo de gestión en la que, independientemente de prioridades y logros, un mínimo sector diseña y asegura una compensación económica que hace fantasmagórico el valor del trabajo. El resultado es la división de la sociedad ya no en clases sino en castas y la precarización progresiva de los ingresos mediante una inversión ampliada de la pirámide social, es decir, se sufren proporcionalmente mayores discriminaciones en los beneficios y el bienestar según se tenga menos a lo largo y ancho de varias zonas de ingreso.

Puerto Rico está mucho peor que España y Estados Unidos. El pasado año un estudio de las Naciones Unidas ubicó al país como la tercera sociedad con mayor desigualdad social en el mundo. Los indicios de esta situación nefasta se manifiestan desde hace tiempo por todas partes.

El pasado lunes en la noche se conocieron las renuncias de los secretarios de Educación y Seguridad Pública. Para ambos se diseñaron contrataciones especiales en las que se les aseguraba salarios montantes al cuarto de millón de dólares además de otros beneficios. La labor de ambos, desde sus mismos inicios, estuvo aquejada por dudas e insatisfacciones. Tanto Julia Keleher como Héctor Pesquera apenas cumplen con medio cuatrienio y abandonan sus puestos con logros inciertos o inexistentes. En cuestión de horas nadie los extrañará. Sin embargo, son los símbolos de la nueva sociedad de castas.

Nada ejemplifica esto como sus palabras de “despedida” (las comillas advierten de su más que probable permanencia en otras funciones del gobierno, pero recibiendo aún sus cuantiosas sobrecompensaciones). La fortaleza del cutis del Secretario de Seguridad Pública debería estudiarse por ingenieros preocupados por la resistencia de los materiales: “Mejor que lo que he hecho no lo he podido hacer. Si no han salido las cosas como la gente esperaba que salieran, ¿sabes qué? Sorry.” Su indigno adiós trae a la memoria el clásico estudiantil “la asignación me la comió el perro”. La mezcla de fanfarronería, soberbia y desprecio demuestran, más allá de toda duda, que su cuarto de millón nada tenía que ver con su habilidad o el trabajo rendido.

En el caso de Keleher su despedida fue tautológica, es decir en la cosa (y la figura) ya estaba todo. Por ello usó más de una vez frases como “Yo soy una persona que…”, “Algo que sería cónsono con mi personalidad…” y “Las personas que me conocen…” Su discurso ante las cámaras hilvanaba aceleradamente palabras desprovistas de relaciones: ejecutar, prometer, servir, comprometer, bendecida, honrada, estrategia, pilares, pero no fue capaz de contestar clara y directamente con un sí o un no si había sido despedida por el gobernador. Realmente, Keleher no es bilingüe sino la hablante de una neolengua de ese funcionariado sobrecompensado que desconoce toda autocrítica. Su arrogancia la llevó a formar una de sus contadas oraciones completas: “Yo soy buena cuando hay un caos”.

Simultáneamente a estas partidas, en Washington se decidía la aprobación de fondos de ayuda catastrófica para Puerto Rico. El gobernador y la comisionada residente respaldaban bandos en competencia y la última estuvo ausente de Washington en la tarde de la votación, ocupada en algún asunto impostergable en Vega Baja. Tan solo unos días antes, el gobernador había retado a Trump asalir al patio a la hora del recreo y poco después le cruzaron la cara varios tuits.

Mientas tanto, según estudios recientes, el 21.3% de las personas empleadas y más del 50% de las familias del país viven en la pobreza. Los que están por encima de ellos con ingresos medios y altos también ven cómo sus rentas disminuyen y sus propiedades pierden valor. Sobre todos están los sobrevalorados y compensados, los impunes, los que llevan escoltas y viajan en vehículos blindados, los rediseñadores de la educación, la seguridad, la salud y la economía, los poseedores de las palabras mágicas del momento, los bendecidos y honrados por servir, los incapaces de contestar una pregunta con u sí o un no. Ellos son los que son, los buenos del caos.

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