Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Los calvos y la peinilla

Al escritor argentino Jorge Luis Borges le preguntaron una vez qué pensaba de la Guerra de las Malvinas, que en 1982 enfrentó a su país con el Reino Unido, por un pequeño archipiélago a 945 millas de la costa de Argentina en el que viven unos 3,000 ciudadanos británicos. Con las salidas inesperadas que le caracterizaban, Borges respondió: “son dos calvos peleando por una peinilla”. 

Es inevitable no pensar en esa anécdota cuando se ve que, en este momento, hay cinco personas disputándose la candidatura a la gobernación del Partido Popular Democrático (PPD), una colectividad que hace tiempo se quedó sin proyecto político, cuya base es cada día más pequeña y que luce más cansada y desde la cual no se ha podido articular ninguna respuesta que se pueda recordar a los enormes desafíos que enfrenta Puerto Rico en estos atormentados tiempos de bancarrota, austeridad, efervescencia callejera y coloniaje sin caretas.   

A las cinco personas – Carmen Yulín Cruz, Eduardo Bhatia, Roberto Prats, Juan Zaragoza y Carlos Delgado Altieri – puede sumársele en los próximos días una sexta, David Bernier, quien perdió las elecciones del 2016 encabezando “la pava” y después volvió a su vida privada, donde ha estado considerando un posible regreso, aconsejado únicamente de su familia inmediata y de un grupo reducidísimo de antiguos colaboradores. 

El favor de la base del PPD en este momento lo tiene Cruz, según varias encuestas, incluyendo la de El Nuevo Día. Pero esa no es la preferencia de parte del liderato, pues la alcaldesa de San Juan les parece muy radical para sus gustos y creen que alguien que a menudo parece más independentista que popular no puede ganar las elecciones, que es la primera preocupación de sus corazones. 

Lo que pasa es que hasta este momento ninguno de los otros cuatro le ha hecho mella al arraigo del que Cruz parece gozar en la base y ahí se acordaron de Bernier, de quien se dice que está a punto de anunciar finalmente qué va a hacer. Gente cercana al exsecretario de Estado, y otros que saben cómo este piensa, dicen que él se inclina a volver a correr, pero tampoco se puede dar por seguro. 

Tampoco es que a Bernier lo sacaron como a un conejo de un sombrero. A pesar de su derrota en el 2016, del arresto por corrupción en el 2017 de dos cercanos colaboradores que terminaron declarándose culpables y del silencio de asceta en que ha estado desde entonces, conserva el respaldo de una parte considerable de la base, como también ha revelado la encuesta de este diario. 

Los alcaldes, que normalmente pueden olfatear este tipo de vientos mejor que otros, lo tienen bastante claro. También es tema entre los cinco aspirantes. Uno de ellos, que quema suela por toda la isla tratando de levantar su perfil, dejó saber a este periodista recientemente que el ambiente en los pequeños grupos que se reúnen en comités y en marquesinas a oír a losya aspirantes básicamente es dominado por miradas recelosas que preguntan “¿y cuándo viene Bernier?”.

¿Por qué tanta gente quiere postularse por un partido del que no se sabe ni en lo que cree y en el que cada día cree menos gente? Las razones son varias y esa, el que no se sepa en qué cree, puede ser una de estas, pues cada cual siente que es como una plastilina que puede amoldar a su manera. También es una formación que tiene ya una estructura formada con presencia en toda la isla, cosa nada fácil de armar desde cero. 

La más importante, sin embargo, es otra: a pesar de todos sus problemas, correr bajo la insignia del PPD le garantiza a cualquiera que sea el elegido entre 300,000 y 400,000 votos, quizás hasta más. Esos son votos que, desde el primer día, le lleva de ventaja a alguien que, por ejemplo, corra de manera independiente, como se ha dicho que en algún momento fue la tentación de Bernier, o por un partido de reciente creación, como algunos llegaron a creer que iba ser el caso de Cruz con el Movimiento Victoria Ciudadana. 

300,000, 400,000 votos, sin hacer nada, solo por encajarse la pava “de medio lao”. Ese es un dulce que no amarga a nadie, una tentación que muy pocos pueden resistir. Ese es el pelo para la peinilla de la que hablaba Borges. 


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