María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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Los ciudadanos de esperanza

Si está leyendo esta columna, logró sobrevivir al huracán lo suficiente para ocuparse en buscar información y alivio a una experiencia devastadora a todos los niveles imaginables: la vivida, la sentida, la compartida con otros cerca y lejos de este archipiélago de islas que comparten un espacio único en el planeta.

¿Cómo la pasó, cuánta angustia pudo manejar y cómo se las ingenió para sobrevivir y salir de la emergencia? ¿Qué le permite ahora contarle su historia a un familiar, vecino o amiga? Respire profundo a la vida que tiene ahora y utilice esa energía para asumir el próximo reto.

Quizás esté ocupado en saber cómo enfrentar, individual y colectivamente, lo que describen de manera descarnada los medios de comunicación. Buscando algo más: respuestas, soluciones, alivio en su espíritu; ocuparse, atenderse desde sus precarias condiciones. Pasar de la lástima y el dolor a un primer estado de bienestar. Respire para aspirar la energía: atienda lo doméstico, las relaciones inmediatas, el buen humor, la inventiva para darse un buen baño con medio galón de agua.

Es posible que ya tenga una estrategia para alimentarse y conseguir recursos fuera de su casa o vecindario. A lo mejor es uno o una de los que anda buscando un quehacer que le permita reconocer que algo de esta tragedia tiene sentido; alguna consciencia de que hay algo más que usted puede hacer para iniciar un nuevo camino, una ruta de salida, saber que el país es más fuerte que su infraestructura, que el consumo al que estamos acostumbrados, que la abundancia de gasolina o las redes sociales.

Respire más profundo, más calmado y seguro: usted es un ciudadano de esperanza para la recuperación; parte de lo necesita el país. Imagino que ya ha pensado en cómo hacer de la basura una empresa de composta o reciclaje. A lo mejor ya está hablando con sus vecinos en cómo hacer una derrama y utilizar los techos de sus condominios para instalar placas solares. Quizás sean proyectos municipales para utilizar mejor ese ojo de agua que descubrió cuando pasó el huracán y que ahora sirve para lavar los platos. O redactando ideas de cambios curriculares para la escuela elemental y los jóvenes universitarios, que los prepare todos los años para vivir en un Caribe que enfrenta 6 meses de temporada ciclónica; rediseñar este archipiélago con estructuras frescas, que utilicen el agua de lluvia en sus casas, posibiliten que las comunidades tengan espacios para comprar sus víveres y comunicarse de una manera más efectiva. En otras palabras: potenciar lo micro, lo local y lo regional.

Si usted completa esta lectura ya está motivada, consciente del país que vivimos y hemos ido construyendo. Ya reconoce que nuestra isla se ha empobrecido a todos los niveles: plagado de condiciones crónicas, mala planificación; burocratizado, centralizado y aislado del resto del mundo. Medite por unos minutos, aspirando consciencia activa y exhalando las posibilidades que ahora ve de cómo podemos evolucionar a otro estado de ser, de saber, de sentir, de comunicarse, de relacionarse, de hacer con los otros y otras.

La energía es alta; de otro tipo que nada tiene que ver con cogernos pena, sentirnos sólo desgraciados y pequeñitos o aislados. Se nos ocurre explorar la idea de ver cómo lo lograron nuestros padres y abuelos, de cómo logró el archipiélago de Japón levantarse y reconstruirse, luego del impacto de dos bombas atómicas; de cómo la pequeña y más pobre Suiza decidió transformar su política pública para ser un primer país de equidad y prosperidad; democrática y de paz.

Ya vamos considerando seriamente que no tiene que ver con recursos, tamaño, idiomas o relación política y empezando a cambiar su actitud personal y sus relaciones. Este desastre está abriendo los ojos, la consciencia; dejándonos saber esa realidad que siempre tuvimos de frente; respirando fuerte, todos los días. Vivamos hasta el último respiro y hagámoslo con pasión y agradecimiento. Seguimos…

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