Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Los conspiranoicos

Hay quienes juran que el alunizaje del astronauta Neil Armstrong en 1969 fue un truco ejecutado por Hollywood y dirigido por la CIA. Otros aseguran que la muerte de la princesa Diana no fue un accidente sino un asesinato ordenado por su suegra, la reina Isabel de Inglaterra. Y es que algunos detectan causas y efectos siniestros detrás de cualquier suceso. Son los llamados “conspiranoicos”, cocineros expertos en teorías complotistas sazonadas con un grano de paranoia.

La intriga y el chanchullo, ya se sabe, ocupan un lugar protagónico en el escenario universal. Aunque no siempre figuren en el récord, de seguro componen una parte considerable de la historia de la humanidad. Como buen yihadista de la duda, el conspiranoico puro y duro desconfía de todo titular difundido por los medios. A tal grado que prefiere someter hasta los datos requeteconfirmados al tribunal de la sospecha. Lo malo es que se siente obligado a elaborar sus propias versiones de los hechos, quizás menos creíbles pero más interesantes que las originales.

Me huele que los puertorriqueños somos conspiranoicos por necesidad. ¿Cómo podríamos no serlo? El poder que nos domina por control remoto rara vez suelta prenda sobre sus intenciones. Obra, como los dioses, por caminos misteriosos y nos reduce al patético papel de adivinadores de su voluntad. Eso, por cierto, les cae como anillo al dedo a los que se dedican a hilar fino (y grueso) a base de las supuestas confidenc ias de sus “fuentes” en Washington.

La educación escolar tampoco ayuda mucho al discernimiento de las verdades. Y ni hablar de la confiabilidad de los gobernantes que encaramamos con nuestros votos cada sufrido cuatrienio. En plena época de las megacomunicaciones, padecemos de una desinformación tan estructural como el maldito déficit. Terreno fértil para las ficciones especulativas que campean por sus respetos en la radio y las redes sociales.

No sé si por estrategia, diplomacia o cinismo, Estados Unidos practica un mutismo monacal con respecto a nuestro futuro político. Ese silencio los partidos lo convierten en negocio y los electores en ilusiones. Las dos narrativas con que se intenta responder a la gran incógnita imperial presentan visiones irreconciliables: una de ellas postula que los gringos algún día nos acogerán a billetazos de cariño en su seno paterno y la otra, que están locos por soltarnos, amarrados y sin paracaídas, en la garganta misma del Triángulo de las Bermudas. Ajenos a esa controversia filosófica, los menguantes defensores del ELA insepulto siguen apostando al limbo colonial.

Últimamente, la Junta de Control Fiscal como que nos ha revuelto la musa conspiranoica. A juzgar por las encuestas, ese organismo intruso que le dio un golpe de estado civil a la Constitución de l952 contó con el aplauso casi unánime de la ciudadanía. La rabia general contra las claques dirigentes del País produjo una simpática justificación: que el Congreso, en su infinita sabiduría, había enviado siete jinetes justicieros para castigar a los corruptos criollos, culpables de nuestro desmadre.

El año que tardó la Junta en enseñar las garras propició la fabricación de otra curiosa hipótesis: la del “pichicácher” entre su Presidente Ejecutivo y el Gobernador de Puerto Rico. Se alegaba que, por aquello de no deslucir el plebiscito con incómodas medidas de austeridad, ambos líderes – anexionistas “hard core” - habían pactado una especie de tregua hasta el pasado 11 de junio.

Después del plebicidio, cambiaron las muñequitos. El limazo del congresista Rob Bishop a don José Carrrión III hizo que la Junta sacara los colmillos. Surgieron entonces serios diferendos entre don Ricky y don Tercero sobre el tema de los recortes presupuestarios. Pero la comunidad conspiranoica no estaba en las de abandonar tan pronto la presunción de “pichicácher”. Si acaso, descubrió en la disputa nueva evidencia de contubernio. Ajá, se guardan las espaldas uno al otro. Don Tercero nos encasqueta los recortes y queda como el machote de la película. Don Ricky triunfa en la derrota y se corona como redentor del pueblo.

Otra peregrina e inquietante conjetura inspirada por la presencia de la Junta es la de una movida maquiavélica de los americanos para dizque encajarnos la independencia. Así como lo leen, mis incrédulos lectores. La imposición de un gobierno de ocupación, antidemocrático hasta las teleras, tendría, según este argumento patriótico, el inesperado efecto de radicalizar al pueblo en la defensa de su soberanía. Breve pausa para la sonrisa.

Qué complicaciones, señores. La lógica conspiranoica es contagiosa. Yo misma estoy medio confundida. Pero, bendito, hay que tratar de comprender a esos fabuladores que, si de algo pecan, es de ser demasiado creativos. Y quién quita que, en el ejercicio sistemático de la suspicacia, de vez en cuando den en el clavo.

Una dosis de escepticismo razonable resulta imprescindible para salvaguardar algún átomo de cordura en estos tiempos. Mientras tanto, seguimos caminando a tientas entre noticias fatulas, mentiras oficiales e interpretaciones delirantes.

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