Dennis Alicea

Punto de vista

Por Dennis Alicea
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Los deplorables de la política

Así, hirientemente, los llamó Hilary Clinton, entonces candidata a la presidencia de los Estados Unidos, para luego pedir perdón público en un acto de calculado arrepentimiento político. Nunca lo debió hacer, eso de dejarlos de llamar por su nombre. No son todos, lo sé perfectamente, pero son demasiados los detestables y aborrecibles que, con su cinismo a flor de piel, ven en el innombrable presidente de los Estados Unidos a un ser honorable, digno de admiración. 

“El presidente nos quiere ayudar”, dijo la gobernadora de Puerto Rico, dejando omitida la segunda parte lógica de la cláusula: “a pesar de las humillaciones y castigos, ordenando que se retengan todas las ayudas a los indigentes del huracán María y los temblores del sur”. “El presidente nos quiere ayudar”, podríamos añadir, “a pesar de la vendetta personal y política contra los puertorriqueños; a pesar de su indisimulado racismo, sus prejuicios impresentables y su misoginia. La gobernadora no parece ser de los deplorables; más bien, pertenece al grupo de la servidumbre indignante, la que comparte, para irritación de tantos, con José Carrión y Jenniffer González. ¿Cuán difícil es salvar cara, aún reconociendo la asimetría en las relaciones de poder, y representar con dignidad a un pueblo golpeado que busca recuperar su orgullo sano? Los actos simbólicos tienen significado, y los códigos de honor exigen, aun para un subalterno colonial, no participar de una oda al ego del presidente bully. No asistir, y consignarlo para récord, hubiera sido lo digno.

Los deplorables existen y están señalados. El Partido Republicano norteamericano, de aquellos modales sobrios y conservadoras acciones, ha mutado en el partido del presidente. Secuestrado por el magnate inescrupuloso y vengativo, de torpe verbo y tendencias fascistas, ese partido ha quedado preso del miedo, atrapado en la vorágine de la política más sórdida. Si bien coinciden, no cabe duda, algunas de las políticas públicas del presidente con las tradicionales estrategias republicanas –como disminuir las contribuciones a corporaciones y a ricos, o recortar programas sociales que benefician a sectores marginados y pobres–, la diferencia de lo que era ese partido a lo que ha llegado a ser es impactante. Ahora, a los deplorables republicanos no les preocupan los desenfrenos presupuestarios, la intolerancia perturbadora frente a toda divergencia, la tergiversación sistemática con mentiras evidentes, la burla ofensiva, el autoritarismo crudo, la crueldad de sus medios y la amoralidad de sus fines. Es una desgracia ante sus ojos y nada hacen. ¿Cómo les llamamos a los que convalidan esa conducta, y suscriben con sus actos y silencios cómplices el regreso a la barbarie? 

El progreso humano no está garantizado. Nada le asegura a la civilidad y al humanismo un lugar privilegiado en la historia. Quien piense que existe un diseño tal que, al final, prevalecerán los valoreshumanos, desconoce la dura historia construida a luchas y a fuego. Los valores son criterios fructíferos que los animales humanos van depurando, a través de la civilización, para guiar sus conductas. Cuando se rompen esos consensos virtuales, ese contrato social, es como el traje que se deshila. Nada evita el desmadre. Lo animal parece dominar en lo humano en medio de las grandes polarizaciones, y entonces una irremediable involución nos devuelve a las cavernas. Ahí estarán las tribus y el gen dominante del egoísmo a sus anchas; ahí nos esperará la sonrisa cínica de los deplorables con los que Hillary Clinton se disculpó para salvar un error político. Tengo la sensación de estar frente a una tragedia con un destino fatal, que tiene consecuencias irreversibles a largo plazo y las personas minimizan como un evento transitorio. 

Los deplorables parecen multiplicarse tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos. Esa es la desdicha. Cuando escucho a la plaga de comentaristas locales y estadounidenses descarchando sus sonrisas con la mofa y la ofensa gratuita, presta para su viperina lengua, pienso que nos están derrotando. Cuando la cultura del listo se propaga como mala hierba, y esos seres con sonrisa socarrona se burlan de quienes todavía creen en la honestidad, en el dinero bien ganado, en el trabajo bien hecho, en el juego limpio y en quien muestra sensibilidad, entonces pienso que la derrota es segura.

Mi única apuesta es a la confrontación iluminada. Esto es una guerra en todos los frentes, no lo dude nadie. Primero, será preciso identificarlos. Visible está la derecha blanca y racista que viene por sus fueros, a mantener sus privilegios y a recuperar aquellos perdidos ante los marginados y excluidos. Podemos reconocer igualmente a los hijos de la corrupción, pública y privada, que buscan el dinero fácil, quieren lucir respetables, necesitan reconocimiento y detestan la inteligencia. También afloran algunos intelectuales y académicos, por cierto, que venden su inteligencia como sofistas para lograr prebendas e inflar sus cuentas bancarias. La patética figura de Alan Dershowitz, defendiendo el absurdo con voz engolada y lenguaje ancho en el juicio político al presidente, es como el niño símbolo de una clase instruida en que la educación fracasó. Segundo, y luego de identificarlos, será imperativo denunciarlos, señalarlos y no callarse. Los silencios son inadmisibles. El escritor tiene su escritura, el maestro tiene a sus alumnos para educar, los comunicadores tienen a su audiencia para informar... Todos tenemos un rol que desempeñar ante este desafío y, con algo de imaginación y coraje, debemos cumplirlo.

Los deplorables existen y los conocemos. La única opción es enfrentarlos y llamarlos por su nombre.

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