Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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Los días de la ira

Dice la teología cristiana que la salvación es individual. Que los actos del individuo—y su fe—serán la única medida de su gracia llegado el momento de la redención personal. La idea tiene sus matices pero, sin detenerme en ellos, me sirve para pensar esta circunstancia de incertidumbre que parecería inédita pero no lo es tanto. La his-toria nos da otras lecciones.

El congreso estadounidense considera la aprobación de una junta de control fis-cal que suspenderá por cinco años al menos las instituciones democráticas de Puerto Rico, con el fin de enderezar el entuerto de un gobierno superlativamente end-eudado, desprestigiado y en bancarrota. Asistimos con este proceso a una rectifi-cación descarnada de toda una fantasía política alimentada por más de medio siglo que sirvió intereses estratégicos de todas las partes. Una fantasía que sirvió de escalera para que unos se sintieran superiores y utilizaran su poder para encarcelar a unos y demonizar a otros con un evangelio de verbo populista. No obstante, todo tiene su final—como cantó aquel célebre apóstol de la salsa—y ahora aquellos que se pensaron superiores yacen aturdidos y de rodillas. Aunque, a decir verdad, no son ellos los únicos postrados. Asi estamos todos en mayor o menor medida, silenciados ante un momento que demandaría gritar con toda la fuerza, pero no. En cambio hay buenos modales y silencio. El dolor se disimula.

Desde mi ventana en Miramar tomo el pulso a una temeridad cotidiana que refleja el oportunismo y la apatía reinantes, y que me sirve para pensar esta circunstancia co-lectiva desde un sencillo acto individual. Al frente yace una calle que va de la marginal Baldorioty hasta la avenida Ponce de León y pese a que el tránsito discurre en una so-la dirección (de la primera a la segunda), observo a diario como carro tras carro se lanzan contra el tránsito con desenfado, y por pura conveniencia. Nadie repara en que los autos estacionados a ambos lados apuntan en sentido contrario, ni siquiera las patrullas de la policía que todos los días repiten la misma infracción de la ley. Dicho esto, me encantaría pensar que esta transgresión del orden fuera reflejo de un es-píritu ciudadano combativo, uno que cuestionara y retara lo legal por ser injusto, por ejemplo. Pero me temo que no, que esta conducta lo que hace es anteponer el beneficio personal al colectivo. Llegar primero, atajar, evitar inconvenientes es más importante que observar el orden, así me cueste o le cueste a otro la vida.

El cinismo republicano de llamar “Promesa” (Puerto Rico Oversight, Management & Economic Stability Act) a la ley que crea la junta de control fiscal deja claro el modo en que la autoridad se ejerce desde los pasillos de Washington D.C. Orden, estructu-ra, obediencia es lo que se instaura, lo que se promueve. Convendría hacer una reflexión amplia pero, atrapados con la peor generación de políticos electos, de poco sirve. Tras sus gestiones oficiales hay un pánico evidente: el de su propia intrascend-encia. Por lo demás, la suerte parece echada.

El colmo de las ironías es que esta esta misma semana se conmemoró la ratifi-cación en Washington D.C. del Tratado de París que el 11 de abril de 1899 cedió Puerto Rico a Estados Unidos. El verbo es importante porque respecto a Cuba, España se vio forzada a renunciar a su soberanía mientras que con Puerto Rico el desprendimiento fue una mera transacción secundaria para formalizar la incautación de un territorio ya invadido. Ni cubanos ni puertorriqueños tuvieron cabida en aquella mesa. “¿Necesitamos su consentimiento para una gran obra en a favor de la humani-dad?—se preguntaba entonces el presidente McKinley. Lo tenemos en cada aspiración de su mente y en cada esperanza de sus corazones.” Subordinados e invisibles. Obedientes y en silencio.

Twitter: @pedroreinaperez

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