Eudaldo Báez Galib

Tribuna invitada

Por Eudaldo Báez Galib
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Los espejismos y el desgobierno inevitable

Postular, bajo el palio del optimismo, que tenemos la capacidad de resolver nuestros problemas fundamentales, no es cierto. Lo impiden las controversias sobre el status político y la ya idiosincrática corruptela. Lo primero no permite que elijamos en Puerto Rico a personas idóneas para formar el gobierno que cada cuatrienio reclama. Y las condiciones generadas por lo segundo evitan que la sociedad se mueva dentro de los parámetros de derechos básicos, como conocer y entender las realidades sociales para así el ciudadano participar inteligentemente en el Estado.

El asunto de status incide más allá de los debates sobre las tres fórmulas y sus variantes. Inclusive, trasciende el despotismo congresional. ¿Cómo evita que hagamos gobiernos apropiados? Pues cerca del 85 por ciento de los electores apoya a un partido y su ideología, independientemente de quiénes sean los candidatos bajo sus insignias. Lo que constituye una subcultura dogmática en la que un candidato puede exhibir las mejores cualidades para el cargo, pero sin oportunidad alguna de ser opción para aquellos otros que reconocen esas cualidades pero no son de su partido e ideología.

Esta barrera electoral, insensata a la democracia, solo la entendemos los puertorriqueños, pues somos únicos en administrar un sistema políticopartidista que peculiarmente se esclaviza a espejismos que son adversos a una buena gobernanza. Es así, y seguirá así, hasta que resolvamos el tira-y-hala de amor-desamor, a modo de “yanqui o boricua”, u ocurra tal detente que produzca una fórmula electoral en la que el voto por un candidato no sea luego interpretado como apoyo a la fórmula de status favorecida por ese candidato.

Ahora bien, la alternancia de los dos partidos principales en la gobernación del País no nos debe inducir a engaño. Un sector pequeño, pero significativo, inclina la balanza electoral de cuando en vez, lo que no responde a análisis para obviar lo ideológico en pro de un buen candidato. No. Es, mayormente, para algunos, por estrategias pensadas para lograr fines electorales; para otros, animosidad contra la incumbencia, o “voto castigo”; y para los más, credulidad en los ofrecimientos y promesas de corte material y oportunista, que arrolla lo ideológico.

Se afecta, así, nuestro proceso decisional por causa de esa incapacitante deficiencia electoral. Pero, además, por los arraigados efectos de la corrupción. Empresa ésta que descansa sobre el inversionismo politicastro, la insensibilidad producida por la tolerancia social y la impunidad criminal y administrativa. A lo que añadamos corrupción intelectual—angustioso porvenir de quienes el País no lo espera—.

Toda esa descomposición succiona nuestra atmósfera social e inhabilita el espíritu ciudadano. Incapacita. Destruye el deseo de superación colectivo y rechaza las herramientas para tomar decisiones sabias. Eso, unido al voluminoso tránsito de verdades a media, o falsas, a título de información mediática—por ignorancia o malicia—impide al individuo disfrutar del esquema fundado en el seminal principio de “gobierno por, del y para el Pueblo”. En fin, hemos un País congelado por la incapacidad y orando para que la torpeza le salve.

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