Luis Vega Ramos

Tribuna invitada

Por Luis Vega Ramos
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Los Estados (des)Unidos de Donald Trump

El presidente Donald J. Trump ofreció su primer Mensaje del Estado de la Unión. Curiosamente, como recordó el distinguido historiador presidencial Michael Beschloss, lo hizo a un día de que se cumplieran los 44 años de un mensaje similar del presidente Richard Nixon, donde aseveró con encono: “Creo que el momento ha llegado para cerrar esta investigación y otras investigaciones sobre este asunto. ¡Un año de Watergate es suficiente!”

La coincidencia no pasa desapercibida. Estados Unidos entonces enfrentaba su periodo histórico más convulso desde la guerra civil de la década de 1860. La sangre resultante de Vietnam y de las secuelas de los asesinatos de Martín Luther King, Jr. y de Robert Kennedy aún estaba fresca y derramándose. China. La guerra fría contra la Unión Soviética. La lucha por la igualdad racial. El fracaso del “Equal Rights Ammendment” de las mujeres. Roe v. Wade. El inicio de la crisis global del petróleo. Watergate.

Estados Unidos era la proverbial “casa dividida que no puede sostenerse” de la que el presidente Lincoln había hablado un siglo antes.

Tras un año de Trump en la presidencia federal, esa nación parece ser los Estados más (des)Unidos de América que hayan sido en décadas. La historia se repite, algunos dirían con esteroides.

La inequidad salarial entre el “top 1%” y el resto de la fuerza laboral es la más grande en toda la historia. La violencia racial y mortífera ha vuelto a ser parte de las manifestaciones en el sur de dicha nación.

Las mujeres marchan en DC por su dignidad bajo la consigna de “Time's Up” frente a un presidente que no se sonroja cuando lo atrapan en vídeo con su verbo florido profiriendo violencia sexual y pornográfica contra ellas.

Los soñadores combaten con miedo y angustia la erradicación de DACA y la construcción de un muro maldito en la frontera con México. Por esto, el gobierno federal ya cerró una vez y todo parece indicar que volverá a cerrar en poco más de una semana.

Mientras, los haitianos, salvadoreños y africanos son, de acuerdo con Trump, hijos de “países letrinas”.

Los puertorriqueños, golpeados con el huracán más inmisericorde en nuestra historia sólo merecimos del presidente Trump una visita de relaciones públicas y unos cuantos rollos de papel toalla tirados con desdén desde el púlpito de una iglesia. Para todo lo demás que necesitamos solo ha habido dilaciones, objeciones y denegaciones.

Además, con su incontinencia tuitera, Trump ha hecho lo imposible para insultar y provocar al dictador norcoreano, dándole un pretexto para que Kim Jong-un acelere sus pruebas de cohetes bélicos nucleares.

Y como Nixon en 1973, Donald Trump vive asediado por su propio escándalo de corrupción política y encubrimiento. Rusiagate. Putingate. Donaldgate. Llámele como quiera.

Para defender su maltrecha imagen, Mr. Trump echó mano en su discurso de la creciente prosperidad que heredó de Barack Obama y Janet Yellen y trató de pasarla como suya. A eso pudo añadir el osado reto al Congreso de que apruebe un programa de renovación de infraestructura por la suma de $1.3 trillones.

A los soñadores de DACA, Trump le ofreció un negocio faustiano, un chantaje barato. 1.8 millones de ustedes se pueden quedar con ciudadanía americana a cambio de que los demás, incluyendo sus familiares, no puedan entrar.

Trump también reclamó la renovación y el fortalecimiento del arsenal nuclear estadounidense “como nunca antes en nuestra historia”. Al oír esas palabras llenas de tanta fanfarronería e ignorancia, sentí un escalofrío atemorizante que no sentía desde los ochentas. Y Trump encendió la mecha de ese cóctel Molotov con la reiteración ante el Congreso del reconocimiento unilateral y exclusivo de Jerusalén como la capital israelí. 

Al final de las palabras de Trump, volví a pensar en las similitudes con el Mensaje del Estado de la Unión del presidente Nixon hace 44 años. Sin embargo, me percaté de una enorme diferencia.

Con todos sus defectos, con todas sus triquiñuelas, con todos sus excesos, Nixon conocía la historia y la geopolítica de su nación y del mundo. Igualmente tenía un mínimo de entendimiento del valor de las instituciones y de la necesidad de salvaguardarlas.

Mientras veía en pantalla a nuestra comisionada residente darle la mano con entusiasmo y felicitarlo por su discurso, llegué a la conclusión de que Donald J. Trump no posee ni ese conocimiento, ni ese entendimiento.

Y peor aún, no le importa.

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