Víctor García San Inocencio

Tribuna Invitada

Por Víctor García San Inocencio
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Los estragos del clientelismo

Hay mucho de “political correctness”, por no decir que hay algo de demagogia en los discursos salivantes para agradar a los jóvenes, tan de moda exagerada en Puerto Rico desde hace quince años. Cierto es que le estamos dejando a las generaciones venideras una ascosidad de país, pero más cierto aún es que a base del endiosamiento a lo juvenil, se han estado eligiendo al menos cuatro administraciones incompetentes, cual de todas peor.

No me estoy refiriendo a la inteligencia del actual, ni de los anteriores tres gobernadores, por más que con sus erratas y “horroratas” hayan dado tantos argumentos para cuestionar si la tienen. El problema no es que le falten neuronas, el problema parece ser y haber sido, que le ha faltado a esos incumbentes otros tipos de inteligencia, experiencia, cultura política, entendimiento de lo que es el bien común; y sobre todo, comprender que hay una dignidad que eleva al espíritu humano, a la ciudadanía y a la comunidad que puede promoverse desde la gobernanza por el gobernante; dignidad esa, que impulsa a todos a procurar y exigir la excelencia, la superación y la inspiración para asumir grandes desafíos.

Los problemas agrandados de nuestro nuevo milenio, nos han traído peores gobernantes. Salvo un puñado de excepciones, cada gobernador se ha rodeado de secretarios inexpertos, ayudantes torpes e ignorantes de ocasión. Cierto es que hay males estructurales. También lo es que el colonialismo provoca o agrava muchos de estos. Bien es verdad, que los cocteles de problemas se complican. Pero nadie va a negar, que el clientelismo, la jaibería, el oportunismo y el panismo

hacen estragos de la mano de secretarios, subsecretarios, directores, ayudantes, contratistas mandarines y soplapotes, cuya falta mayor no es no saber cómo hacer, si no, no darse cuenta que no saben cómo hacer, o peor, actuar mal a sabiendas, valiéndose de los entresijos de leyes hechas ambiguamente a la medida para hacer lo que le dé la gana a beneficio del amigo del alma de ocasión.

La descripción anterior nos retrata un escenario de corrupción y degeneración de la cosa pública, aunque ni se sospeche de la comisión de un delito. Porque las leyes —los mandatos legislados (y los reglamentados) pueden dar tan ancha latitud, que con un poco de vista larga, basta para que el saqueo ocurra de manera lícita.

Cuando en los gobiernos falta sobriedad, seriedad, comprensión de la complejidad y de la responsabilidad que los cargos públicos comportan; cuando “cortar el bacalao” es más importante que enseñar a todos a pescarlo y repartirlo equitativa y justamente; cuando la ventajería es el himno, y el sálvese quien pueda el mantra, a nadie debe sorprender que algún jerarca salga del lapso contemplativo y se atreva a hablar de mafias institucionales.

Cuando a falta la “gravitas” el gufeo es la orden del día; cuando la borrachera de apariencia de poder —en las colonias no hay poder, excepto el del Imperio— domina, y el escapismo y la manípulación mediática se elevan a rangos alucinantes, se está de cara al abismo. Una pizca de vergüenza viene entonces como anillo al dedo para cesar con el pulguero del taquillero, desistir de justificarlo; acabar con el vacacioneo; aquietar a los bufones y buscones, y a [email protected] ponerles pantalones largos.

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