Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Los estudiantes se han animado a cruzar el río

Las balas no le tumbaron los espejuelos. Sí atravesaron la guayabera blanca, la carne del pecho, los pulmones, quien sabe si hasta el corazón. Pero ninguna de las balas se metió con aquellos anteojos de cristal y pasta. Tampoco lo hicieron los militares de la ESMA que pusieron su cuerpo al lado de otros cadáveres. “Era Rodolfo, lo supe por los espejuelos”, dijo uno de los sobrevivientes. La muerte no puede llevárselo todo a la vez. Siempre se le cae algo por el camino. Y ese día la muerte olvidó llevarse por completo el último cuento de Rodolfo Walsh.

Apenas quedó el título: “Juan se iba por el río”, las primeras líneas y la idea. Rodolfo lo escribió entre enero y marzo de 1977 mientras redactaba la famosa misiva: “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El cuento es una alegoría, dice su viuda Lilia Ferreyra. Su protagonista, Juan Antonio Duda, está sentado en un banco frente al Río de la Plata. Al otro extremo del río se ven las casitas blancas a las que siempre quiso llegar. Un buen día, el río se seca y Juan se anima. Se trepa en su caballo y comienza a cruzar el río, pero se detiene por momentos a recoger los objetos que encontraba en su camino. Cuando Juan es ya un punto en el horizonte, el río empieza a crecer. Ahí termina.

Pensé en ese cuento cuando vi a algunos de mis estudiantes frente a los portones del Recinto de Río Piedras. Los pupitres como barricadas frente a los portones me recordaron la escena de Juan rescatando las cosas que antes habían estado en el fondo del río. ¿Llegó Juan a la otra orilla? ¿Rescató algo? No lo sabremos nunca. Lo importante es que Juan no se quedó en un banco, sino que se animó a cruzar el río.

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Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

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