Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Los iluminados

El cantautor argentino Andrés Calamaro cantó una vez que a la libertad solo la conocen “los que la perdieron, los que la vieron de cerca irse muy lejos”, los drogadictos, los que tienen problemas de dinero “porque se despiertan soñándola”, “los que sueñan despiertos” y “los que no pueden dormir”. Solo la conocen los que la añoran, porque los que la tienen la dan por sentada y no saben valorarla. Ese es el mensaje central de esa maravillosa canción que en Puerto Rico muy pocos han escuchado.

La coyuntura dolorosa que atraviesa Puerto Rico en estos días, viendo con las manos atadas cómo un organismo no electo, al que no tenemos cómo pedirle cuentas, desdibuja la isla de nuestros amores, hace recordar las palabras de Calamaro, pero en relación con la democracia, que es algo así como la hija predilecta de la libertad política.

Los puertorriqueños no hemos vivido nunca bajo una democracia.

Ese sistema de organización social y política que ha traído prosperidad, libertad y felicidad a decenas de naciones en el mundo, por cuya lucha han muerto millones, por el que se han peleado guerras, invadido naciones, es un néctar exquisito del que aquí nunca hemos bebido. Nunca nos había importado demasiado.

Pero ahora, en esta hora oscura, en estos días aciagos en que sentimos que el país se nos va de las manos, en que fuerzas desconocidas acechan lo nuestro, estamos aprendiendo, a golpes, porque hace siglos que la humanidad identificó a la democracia como un valor universal y con sangre, sudor y lágrimas, con múltiples tropiezos, costándole la vida a millones, emprendió luchas centenarias por conquistarla.

Causan escalofríos las propuestas de la Junta de Supervisión Fiscal para salir de la crisis. La reducción en las pensiones. La multiplicación de los costos de la Universidad de Puerto Rico (UPR). El cierre de cientos de escuelas. El aumento en los peajes. Mucho más.

Causa tanto escalofrío que el gobierno electo por los puertorriqueños dice que lo va a desafiar. Causa escalofrío saber que la ley y el poder están del lado de la Junta y la certeza de que es muy probable que al final del día no podamos hacer más que mirar y aguantar.

Pero más escalofrío causa la comprensión de que si lo que está haciendo la Junta sale mal, si terminan de destruir lo que queda de país, no tenemos cómo pedirle cuentas. En los sistemas democráticos, transformaciones como las propuestas por la Junta se dan en el marco de un diálogo con la población.

El país le encarga a un grupo de gente, su gobierno, que resuelva sus problemas. El gobierno actúa. Si las cosas le salen bien, volvemos a votar por ellos. Si las cosas salen mal, cambiamos la V por la B y los botamos pa’ buen sitio.

Ese es uno de los atributos fundamentales de la democracia. Con la Junta, no tenemos esa opción. Es una imposición de un congreso por el que tampoco votamos. Del congreso que nos invadió militarmente y que en 120 años nunca nos ha dado la oportunidad dedecidir libremente qué queremos hacer con nuestro propio país.

Como si nosotros valiéramos menos que cualquier otro pueblo, no nos dan la opción de participar de la solución de nuestros propios problemas. Un grupo de personas por las que no votamos (congresistas de por allá, los miembros de la Junta, la directora ejecutiva Natalie Jaresko) se reserva el derecho de hacer lo que ellos creen que nos conviene, sin pasarlo por nuestro juicio.

En los análisis que uno oye y lee por ahí de lo que está pasando en estos días en Puerto Rico con la Junta, muy poca gente habla de este ángulo, de lo que tienen estas acciones de antidemocráticas, de tiránicas, de dictatoriales.

Demasiada gente lo ve como un simple detalle, como algo que se menciona solo de pasada, como una minucia que se pudiera obviar en aras de un propósito mayor.

Eso es así porque por no haber vivido nunca bajo un sistema democrático, no sabemos lo que está en juego en el fondo de esto: el futuro del pueblo de Puerto Rico se está decidiendo sin que al pueblo de Puerto Rico, como si valiera menos que otros, tenga participación en las decisiones.

Así de simple y de brutal es esto.

Habrá quien diga que los puertorriqueños estuvieron 68 años (desde 1948 hasta que la Junta entró en funciones en 2016) eligiendo democráticamente a sus gobernantes y que así llevaron al país a la bancarrota. Eso es solo parcialmente cierto. Primero, a la bancarrota se llegó en el marco de todas las leyes estadounidenses, leyes en cuya aprobación no participamos, lo cual tampoco es un detalle menor. Segundo, si a cada país que se equivoca votando se le fuera a quitar el derecho a elegir, no quedarían más de 10 o 12 democracias en el mundo.

El que los puertorriqueños nos hayamos equivocado tantas veces, el que hayamos elegido una y otra vez a los irresponsables que dinamitaron así el futuro de nuestros hijos, es una vergüenza monumental con la que los puertorriqueños tenemos que aprender a vivir, haciendo, si se puede, propósito de enmienda. Pero no somos ni los primeros ni los últimos que nos equivocamos. Merecíamos, merecemos, como cualquier otro pueblo, porque no somos menos que nadie, la oportunidad de resolver, a nuestra manera, nuestros propios problemas.

Habrá quien diga también, con esa manía tan nuestra de ponerle la fe a todo el que se ocupa de lo que nos toca a nosotros, que la Junta está “haciendo lo que hay que hacer”. Eso es irrelevante, porque “lo que hay que hacer” debíamos haberlo hecho nosotros. Y, por otro lado, nadie tiene manera de vaticinar en este momento si lo que está haciendo la Junta nos sacará del hoyo o terminará de hundirnos en la ciénaga de la pobreza y el subdesarrollo.

De hecho, mucha gente muy seria dice que es bastante seguro que sus medidas terminen de destruir a Puerto Rico. De hecho, la única persona de la Junta que en efecto ha participado antes en manejar un problema fiscal de un gobierno, Ana Matosantos, que dirigió el rescate de las finanzas del estado de California, votó en contra del plan fiscal aprobado esta semana por el organismo.

La democracia no es perfecta. Aquí lo sabemos mejor que en la mayoría de los sitios. Pero es la menos imperfecta de todas las formas de organización política que ha inventado la humanidad. Lo otro, una persona o un grupo de iluminados creyéndose que saben lo que conviene a un pueblo sin someterse a su juicio, ha causado demasiadas calamidades, lejos y cerca de nosotros.

¿Será que necesitamos ejemplos?

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