Julio A. Muriente Pérez

Punto de vista

Por Julio A. Muriente Pérez
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Los inexplicables ires y venires de Dorian

Primero nos dijeron que Dorian, en su ruta al norte-noroeste, pasaría cerca de Cabo Rojo. Luego, que pasaría sobre Cabo Rojo. El resto del país podía sentirse tranquilo. Poco después, en un abrir y cerrar de ojos, las cosas fueron cambiando. Por alguna extraña y poco explicada razón, el casi huracán entraría por Ponce, luego por Juana Díaz y saldría por Aguada o por Aguadilla, o hasta por Manatí. Luego afirmaron que sus vientos azotarían San Juan. Finalmente, Dorian no tocó ni la Isla Grande ni a Vieques y Culebra. 

Por varios días nos sometieron a los conos de dirección de la tormenta, resultados del análisis de los modelos de computadora. La gente se fue creyendo como artículo de fe cada letrecita y cada fecha que aparecía en pantalla. 

Con los recuerdos que tenemos de María, nos volcamos sobre los supermercados y arrasamos con cada envase de agua, lata de salchicha, caja de galletas y con todo lo que pudiera ofrecernos alguna seguridad de vida frente al monstruo que venía de frente. Empezamos a llenar las gasolineras y el país, una vez más, se paralizó. 

Dorian vendría sobre nosotros. La ansiedad era creciente. Por dónde aparecería exactamente, era lo de menos. Pero, con la despensa y el tanque llenos y algunas oraciones oportunas, todo estaría resuelto. 

Mientras tanto, los medios de comunicación encontraron de qué hablar, luego de días de aburrimiento que siguieron a las intensas jornadas de lucha de julio. Cada cual tenía algo que decir, algo de qué opinar, sobre todo algo que repetir o exagerar, algún funcionario público a quien entrevistar, algún alcalde en precampaña aprovechando su cuarto de hora huracanado, algún perito—como los constitucionalistas de semanas atrás—que pudiera arrojar alguna luz.

Han sido pocas las interpretaciones que nos permitan entender razonablemente la ruta seguida por el huracán Dorian. Como si bastara con los escuetos partes de prensa del Centro Nacional de Huracanes y el Servicio Nacional de Meteorología, instituciones del gobierno de Estados Unidos, con sede en la Florida, concebidas para atender los fenómenos meteorológicos que afectan a ese país. Si nos llega información sobre Puerto Rico, es por pura carambola. Lo que le preocupa a los federales es el paso de Dorian por la Florida o las Carolinas.

Hemos consumido con demasiada frecuencia, y con pronunciado tono farandulero, la prédica de algunos lectores y lectoras de la información que se origina en las agencias estadounidenses, varios de ellos con título de meteorólogos, con rostro atractivo y buena dicción. Convirtiendo la meteorología en mercancía, algunos comienzan sus alocuciones recomendándonos que visitemos la megafarmacia tal, donde conseguiremos baterías y otros artículos indispensables para la ocasión. Santo remedio.

El desplazamiento de Dorian del extremo oeste al extremo este de Puerto Rico ha sido el comportamiento de un fenómeno natural que, como muchos otros, se produce en el océano Atlántico y en el Mar Caribe, así como en el océano Pacífico, seis meses al año, cuando las aguas oceánicas alcanzan sus temperaturas más altas en el hemisferio norte. 

El mar Caribe se convierte en esta época del año en el cuerpo marítimo más caliente del planeta. Por eso se suele estar atento a lo que sucede cuando el fenómeno atmosférico atraviesa el collar de las Antillas Menores y penetra en el Caribe. Son precisamente las calientísimas aguas superficiales de estos mares y océanos la fuente de energía que producen y sostienen los huracanes.

Pero hay otros factores que intervienen: los vientos del sur, que suelen ser secos y calientes y los del norte, más cargados de humedad; las arenas del desierto del Sahara, transportadas por el viento hasta acá; las temperaturas más bajas en tierra y su relieve, que hacen disminuir la velocidad de los vientos huracanados o alterar su dirección o composición; la presión atmosférica mayor o menor; los niveles de humedad atmosférica y otros. Todo ello ocurre principalmente en el trópico, que es la región por excelencia del calor y la energía, donde los rayos solares se proyectan perpendicularmente todo el año.

Si los huracanes no siguen una línea recta en dirección hacia América Central y en cambio describen un arco que los sitúa en dirección a América del Norte, es, entre otras razones, porque les impacta una ley de la física conocida como el efecto de Coriolis. El movimiento de rotación de la Tierra es de oeste a este. Estos fenómenos atmosféricos se desplazan de este a oeste. En un momento dado prevalece la enorme energía rotatoria del planeta y la ruta del huracán se desvía hacia el norte.

La región donde ubica Puerto Rico es un gran centro de enfrentamiento de fuerzas meteorológicas, que poseen inmensa energía. Ocurre un pulseo en una y otra dirección en el que alguna de esas fuerzas prevalece. En esta ocasión, ese pulseo fue llevando a Dorian de oeste a este, hasta que finalmente dejó atrás a la Isla Grande. Pero igual pudo haber entrado por Ponce o Juana Díaz, o seguir hacia República Dominicana, cosa que podría ocurrir la siguiente ocasión. Después de todo estaremos en temporada de huracanes hasta el 30 de noviembre. Y con el impacto del calentamiento global, quién sabe si hasta después.

Tanta imprecisión de parte de las agencias especializadas, tal sequía de información y sobre todo de interpretación que conduce a la confusión y el prejuicio, genera suspicacia, desconfianza y zozobra. Más de uno piensa que ha sido una tomadura de pelo. Quizá sería mejor estar pendiente a la cosecha de aguacates, dirían algunos. Lo cierto es que debemos reclamar más, entender mejor y educarnos sobre lo relacionado a los fenómenos naturales que ocurren en la atmósfera. No despreciar la información oficial, pero tampoco depender de ésta. Asumir las manifestaciones climáticas con absoluta naturalidad, con la prevenciónrequerida y con el respeto obligado a la Naturaleza de la que formamos parte. Acostumbrarnos a convivir con ella.

Así no nos sorprenderán los ires y venires de Dorian, ni las lluvias intensas, ni ninguna de las maravillosas manifestaciones de la Madre Naturaleza.

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