Mari Mari Narvaéz

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Por Mari Mari Narvaéz
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Los Intrépidos

Los intrépidos y valientes manifestantes en contra de la Junta de Control Fiscal ya pueden apuntarse una última batalla a su favor. Si lo duda, observe a dónde han ido a tener los miembros de la Junta en su intento (muy con las muelas de atrás) de reunirse en Puerto Rico para hacer el aguaje de que el país les importa mínimamente. No pudieron reunirse en el Departamento de Estado, en un edificio público, ni siquiera en el Centro de Convenciones o en algún hotel de la ciudad. No. Tuvieron que irse a El Conquistador, un lugar bastante aislado en una colina allá en el último extremo de la punta oriental del País. Por poco se convocan en el islote de Palominos. No me extrañaría que la próxima reunión que nos hagan el favor de tener aquí la citen en Desecheo, camino de Dominicana.

Los manifestantes tienen muchísimas limitaciones y mucho que adelantar. Pero desde el primer día han hecho lo que se hace en todos los países del mundo: protestar, incomodar, desobedecer ante una imposición política anti democrática. En Europa, Egipto, República Dominicana, Estados Unidos, mencione usted el país, los protestantes cierran calles y avenidas, prenden patrullas en fuego, los comercios cierran y tapan sus vitrinas con paneles de aluminio. En Dallas el otro día mataron a cinco policías en medio de una protesta contra el abuso policiaco. Aquí hay unos jóvenes (y no tan jóvenes) que protestan con furia, cada vez con más sagacidad a pesar del hostigamiento al que han sido sometidos. No han herido a nadie ni provocado fuegos ni amenazado la seguridad de la ciudadanía. Quienes pretendían que se recibiera a los dones de la Junta en el aeropuerto con las batuteras de Juncos y la carroza de Dayanara Torres, están más colonizados que Hernández Colón.

Los enviados del americano siempre han sido iguales. Muy dispuestos a venir a explotarnos con todos los poderes conferidos por sus superiores. Pero bien cobardones a la hora de las castañas. Les aseguro que estos seis señores y la señora no tienen agallas para caminar por las calles de este país. Eso, muchachas y muchachos, se lo debemos a ustedes.

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