Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Los mal educados

¡No seas mal educado! Esa era una de las expresiones más fuertes que mis padres podían utilizar al darnos un regaño. Ser mal educado iba mucho más allá de no conocer las tablas de matemáticas o escribir incorrectamente.

La buena educación se relacionaba con modales, con respetuosidad, con la interacción social saludable, con valores. Se partía de la premisa de que una persona bien educada exhibía un comportamiento ejemplar. Yo soy producto de la escuela pública de esa época en que la educación era pieza medular en el futuro desarrollo del país.

Los sistemas de educación en cualquier parte del mundo se diseñan a partir de la contestación a la pregunta: ¿qué tipo de ser humano queremos que la educación produzca? Cuando comencé a educar a mis hijos, ya ese norte del sistema educativo daba muestras de estar apuntando más hacia la cantidad que hacia la calidad.

Por eso quise que mis hijos tuvieran la oportunidad de una educación Montessori o en escuelas donde predominara el enfoque hacia el pensamiento crítico. Hoy puedo decir con orgullo que mis hijos son personas bien educadas, en todo el sentido de la palabra, porque asumí con ellos el rol que el sistema educativo tenía cuando yo daba mis primeros pasos en el maravilloso mundo del aprendizaje.

Si el futuro de Puerto Rico descansara en lo que observamos que está sucediendo con nuestro sistema educativo, desde los grados primarios hasta los universitarios, puedo entender a los que prefieren emigrar antes de que ese futuro llegue. La contestación primaria a la pregunta de qué individuo es el que nuestro sistema educativo va a producir, se encuentra con el primer escollo: ¿es un ciudadano puertorriqueño, comprometido con el país y lo que ser puertorriqueño significa, o si es un híbrido que se sienta puertorriqueño en los deportes pero americano en la política y que mire el futuro del país no desde la óptica de lo que puede aportar sino de los que el país le va a dar a base del dinero que envíen desde Washington?

Como padre he aprendido que los hijos no hacen lo que uno les dice sino lo que ellos ven que uno hace. El modelaje es parte esencial en el proceso educativo. Lo que nuestros jóvenes observan que hace el llamado liderato adulto del país va en dirección opuesta a lo que ellos desean ser. Ese liderato habla de sacrificios, austeridad, crisis, pero los miembros del gabinete tienen salarios inconcebibles aun en un país del primer mundo. Se habla de un plan para Puerto Rico y ya es un chiste lo de “el plan del plan” porque no hay plan. Las más elementales reglas de civismo son violadas por funcionarios que insultan con palabras soeces a compañeros de trabajo, envían mensajes con fotos sexualmente explícitas, y violan los cánones de ética gubernamental bajo la excusa de que eso es uso y costumbre.

El manejo inadecuado de pensamientos y emociones, que es de lo que se trata la inteligencia emocional, nos lleva a la confrontación, a la violencia y al fanatismo político y religioso.

Uno de los problemas principales del país radica en nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo, reflejo de la poca inteligencia emocional de su liderato político. Para la inteligencia emocional no parece haber espacio prioritario en nuestro sistema educativo público. Tampoco podemos pasar por alto, como un asunto sin importancia, el desconocimiento de la Secretaria de Educación de figuras símbolos de nuestra literatura e historia pues eso apunta a renunciar al modelaje como elemento esencial en el proceso educativo.

Si nuestros gobernantes realmente apuestan a un futuro para el país, se tienen que asegurar de que los ciudadanos de este país no sean unos mal educados.

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