Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
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Los misterios de lo real en Rosario Ferré

En estos días aciagos leo los ensayos de arte de Rosario Ferré, y encuentro uno asombroso sobre Miguel Pou. En él, Rosario describe su visión para el Museo de Arte de Ponce que era muy diferente de la de Don Luis, y encontré en él una clave para confrontar la catástrofe del progreso por la que la isla está pasando hoy.

Al final del ensayo, Rosario dice que la misión del Museo de Arte de Ponce es: “ofrecerle al pueblo un espejo de lo que es, para que pueda levantar alto la frente y no olvidar su pasado como la base de su futuro…Estos cuadros son como ventanas por las que nos asomamos, como se asomaba don Miguel (Pou) por la ventana de su estudio y en cada uno de ellos estamos todos nosotros.”

Don Luis quería poner al puertorriqueño en contacto con lo sublime del original europeo, con el arte del gran Maestro que nos pudiera enseñar a pintar con su pincel. Rosario, en cambio, veía en el Museo un gran espejo donde pudiéramos vernos todos nuestros rostros y dónde pudiéramos encontrar y vivir con el misterio de la vida que nunca podremos resolver. El arte era para Rosario una extensión de nuestro ser contradictorio y no era un medio para alcanzar un ideal de belleza. Lejos de eso, era un canal de transformación.

Rosario tenía un sentido místico del arte, y bien vista, su misma casa, habitada como estaba por una colección de arte que representaba los diferentes aspectos de su alma, se parecía a las moradas interiores de Santa Teresa de Jesús. Era un espacio distinto del mirador de Próspero que había imaginado Don Luis, un templo secular de colecciones europeas, cada cual con su obra Maestra: Lord Leighton, Zurbarán, Goya, y El Greco.

Para Rosario los espejos misteriosos del arte puertorriqueño y latinoamericano nos decían algo más: Rafael Ríos Rey, Miguel Pou, Elizam Escobar, Myrna Baez, Carmelo Sobrino y Lucía Maya en cuyo nombre vio una referencia heterodoxa al santoral cristiano. "Santa Lucía es la santa a la cual el emperador Diocleciano le manda arrancar los ojos en el siglo IV por negarse a renunciar a la fe cristiana. Lucía es símbolo, por lo tanto, del descubrimiento de una vocación, y a la vez de una doble visión: la mirada que damos al mundo que nos rodea y la que dirigimos hacia adentro, hacia las profundidades del subconsciente y del sueño...Del oculto ser que somos, a la vez que, del ser público y social, emana toda la inspiración del arte."

La colección de arte fue para Rosario un canal muchas veces asombroso, misterioso, y perturbador que unía las diferentes partes de su ser.

Mientras sus contemporáneos cultivaron lo real-maravilloso, o el realismo mágico, Rosario cultivó los misterios de lo real. Y son estos misterios los que contienen y transmiten la fuerza necesaria para levantarse y comenzar el trabajo que siempre hemos tenido por delante.

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