Miguel Henrique Otero

Tribuna Invitada

Por Miguel Henrique Otero
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Los múltiples impactos de la huida de los venezolanos

Un primer impacto, del que apenas se habla, nos remite a las dramáticas realidades que tienen lugar puertas adentro entre millones de familias: los más jóvenes huyen, dejando a sus padres y a otros familiares en Venezuela. Cuando esto ocurre, se rompe una ley de vida: los mayores necesitan de la asistencia y el apoyo de sus hijos y nietos. Tal como se ha documentado tantas veces en países en los que se desatan guerras, son los mayores los que alientan a sus hijos a marcharse. El sacrificio no es solo para los que se marchan, también para los que se quedan.

Otro factor, al que me he referido en varios de mis artículos de los últimos meses, es el de descapitalización de la nación venezolana. Pasa lo mismo que en las familias, pero en una escala mayor: hacen falta las energías, los talentos, las iniciativas y emprendimientos, los cuestionamientos e innovaciones, que constituyen el aporte sustantivo que las nuevas generaciones hacen al desenvolvimiento de las sociedades. Sin la inyección de lo nuevo, los procesos se debilitan o se estancan. Las sociedades funcionan bajo un procedimiento que es natural y cultural: la sucesión de las generaciones. Que casi 4 millones de venezolanos hayan huido no pasa sin consecuencias. Cuando llegue el momento de reconstruir al país, esto se pondrá en evidencia. Los sistemas sociales y productivos, las instituciones y las empresas, la acción social y comunitaria sentirán la ausencia de esos jóvenes que, estabilizados en otros países, difícilmente regresarán.

La huida de los venezolanos no es episódica. Se ha convertido en pocos meses, en la más relevante problemática de América Latina, y en una realidad que ocupa el centro de las preocupaciones y debates en los gobiernos de decenas de países, en los organismos multilaterales y entre las oenegés que se especializan en el apoyo a personas cuya condición, más allá de si se les califica o no, es de refugiados.

La complejidad del fenómeno obliga a una comprensión amplia de todos los factores en juego. En primer lugar, hay que entender que los gobiernos de la región no estaban preparados -ni tenían por qué estarlo- para recibir tal avalancha humana. La respuesta, en términos generales, ha sido generosa y dominada por la solidaridad. Es inevitable que las autoridades, ante el crecimiento desmesurado de quienes ingresan en sus fronteras, se hayan planteado establecer algunos controles. A los venezolanos nos corresponde entender que, además del deseo inmediato de prestarnos apoyo, hay factores económicos, laborales, sociales, culturales y políticos que son variables con peso real, que cada país debe gestionar.

Era previsible que, ante la magnitud del caudal, se produjese una serie de situaciones indeseables. Una de ellas, es la exportación de delincuentes, algunos de ellos extremadamente peligrosos, que se han instalado en Colombia, Ecuador y Perú -hasta donde se sabe-, y que ya han delinquido. Esto, por supuesto, ha generado reacciones chovinistas y xenófobas, pero también la firme respuesta de ciudadanos, de expertos, de periodistas y de autoridades. Los ataques verbales o físicos que se han producido en algunos lugares han sido contestados por ciudadanos o por las autoridades de esos países. Esto, sea o no consciente, es una forma de reconocer la tradición de hospitalidad con los extranjeros que ha sido un signo de la cultura venezolana por más de un siglo y medio.

En las secciones de sucesos de la prensa de América Latina, los venezolanos nos hemos convertido en una presencia constante como víctimas o victimarios. Las informaciones que señalan que miembros de paramilitares y narco guerrillas están dedicados a reclutar a jóvenes venezolanos que acaban de cruzar la frontera, es una legítima causa de alarma. Que mafias de proxenetas estén actuando para prostituir a mujeres venezolanas, es otra de las tragedias causadas por los criminales que detentan el poder en nuestro país.

Así como a diario escuchamos cada vez más relatos de personas que han logrado establecerse, estudiar, trabajar y hasta poner en funcionamiento pequeños negocios, y han logrado, en corto tiempo, crear condiciones básicas de seguridad personal -derecho negado en Venezuela-, hay también historias de personas o familias que están en situación de sobrevivencia, y que dependen de las ayudas que reciben, y que difícilmente puede sostenerse más allá de unos días o semanas.

En medio de este maremágnum de hechos y casos de mucha complejidad, personales, familiares y de comunidades enteras que claman por ayuda, la reacción del gobierno de Maduro no es más que un patético sainete, inmoral y bufo. Enviar a funcionarios del régimen a Ecuador, para que una vez allá, declaren que desean regresar a Venezuela, y que el gobierno les envíe un avión para fines de burda propaganda, es un montaje simplemente estúpido, que desconoce la enormidad de la crisis humanitaria que viven los venezolanos, dentro y fuera del país, y también el aspecto esencial que impulsa la huida: el deseo profundo, a menudo desesperado, de escapar a las humillaciones y los riesgos de toda índole -como el de terminar en una prisión sólo por protestar-, que es la cotidianidad creada por el régimen, para así encontrar fuera de Venezuela, un lugar donde el derecho a la vida cuente con las garantías básicas al que aspira cualquier venezolano y cualquier ciudadano del mundo.

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