Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Los nubarrones en Washington

El concepto “democracia constitucional” tiene problemas desde el inicio. Aunque la constitución aparece como adjetivo y, por lo tanto, modifica al sustantivo, la realidad es al revés. La constitución es el centro y la democracia se torna en instituciones y prácticas reguladas por principios constitucionales. Así que, en los hechos, deberíamos hablar de constitución con eventos democráticos anclados en ese otro concepto, con aréola de mercado y mercaderes, que es la rendición de cuentas. En la plasticidad del lenguaje inglés lo mercantil es todavía más dramático: “accountability”.

Pero, aunque se puede olfatear un origen de contables en el término, fue de seguro un préstamo lingüístico. La realidad es que la rendición de cuentas es un principio ético, uno de los más altos en un orden político. Y lo es aún más cuando esa rendición es especificada por normas públicas que estipulan consecuencias para el mal desempeño de los que gobiernan.

En EE.UU., los “Founder Fathers” nunca vieron la democracia con buenos ojos y la definieron como participación directa del pueblo en los asuntos públicos. Imaginaron al “pueblo” como una multitud con sobrada ignorancia, escasa lealtad y, sobre todo, muy manipulable por las agitaciones y los caprichos del momento. Por eso hablaron de una república, algo muy diferente: un régimen que se arraiga en la representación renovable, pero construye trabas, murallas y cerrojos para impedir que la voluntad arbitraria de cualquier mayoría sea lo usual.

Por supuesto, hablamos de un ideal. La república se erigió sobre la esclavitud. Pero también aceptó valores de participación cívica y arenas de debates que permitieron retar ese pecado original. Tristemente, no fueron los debates los que acabaron con el régimen esclavista. Fue una guerra civil. Y para evitar malos entendidos, al igual que el paraíso celestial, la república siempre ha coexistido con su rica variedad de infiernos: la esclavitud, la exterminación de indígenas, la exclusión de mujeres de los derechos ciudadanos, los ghettos urbanos, la segregación racial, etc. Hay, comoquiera una gran diferencia entre luchas, desde abajo, para incluir a los dejados fuera. Y las injusticias que buscan destruir las normas que permiten esa posibilidad

Las normas constitucionales, fraguadas y arrancadas por los marginados y hasta sectores de clases dominantes, son frágiles. Hoy son laceradas por el elemento más extremista y peligroso del conservadurismo norteamericano. Una democracia constitucional no se corrompe cuando los esclavos se hacen ciudadanos o cuando las mujeres logran su reconocimiento de la igualdad jurídica y política. Pero esa misma democracia se destruye cuando los gobernantes anulan la rendición de cuentas.

Donald Trump, siempre atrabiliario, es un peligro real para la constitución norteamericana. En su profunda ignorancia, no puede entender porque el Secretario de Justicia, Jeff Sessions, tuvo que recusarse de la investigación sobre interferencia rusa en la elección presidencial. Tuvo que hacerlo porque mintió bajo juramento en su testimonio ante el Senado. Mucho menos puede entender porque el subsecretario de Justicia, Rod Rosenstein, nombró un Fiscal Especial para investigación de esa interferencia. Trump le solicitó al pasado director del FBI un compromiso de lealtad personal. Al mismo Rosenstein le plantó la extraña interrogante: “Are you on my team?” Y del segundo en responsabilidad en el FBI quiso saber por quién había votado.

Hablamos de un patrón explícito de obstrucción de procedimientos legales y de corrupción de normas decorosas en el orden constitucional.

Con mucha razón, los sectores progresistas han criticado y demostrado los poderes represivos del estado y manifestado en su persecución de disidentes, trabajadores, estudiantes, líderes cívicos. Esta ha sido la voz de marginados y perseguidos. Con Trump y sus socios, desde el poder, toda institución contraria a sus caprichos, es enemiga de la nación. El presidente, de manera diáfana, y la mayoría republicana en ambos cuerpos, de manera reptante, ven en la investigación sobre la interferencia putinesca un intento de quitarle legitimidad al gobierno. Así las cosas, los que controlan el poder ejecutivo y legislativo, se cantan “víctimas” de una conspiración de la prensa, de Mueller, de un “deep state” que los acecha. El objetivo es ejecutar la arbitrariedad sin obstáculos, la definición de tiranía. En meses recientes, la prensa ha escrito sobre cómo los ayudantes de Trump tratan de “apaciguarlo,” “soothing him.” Que este vocabulario, otrora usado sobre déspotas, sea parte de la descripción de cómo actuar con Trump no es ni siquiera síntoma: es ya plaga en virulencia.

Estos son los nubarrones que merecen temor: Phony Donald intentará expulsar de su puesto a Rosenstein y nombrar a alguien dispuesto a paralizar el trabajo de Robert Mueller. Los republicanos inventarán excusas para justificar a su presidente. Phony Donald, con sus tweets, su cheeseburger en su alcoba, y varias pantallas todas centradas en Fox News, tendrá la parada militar que ya ordenó para que los tanques y los misiles recorran la Avenida Pennsylvania frente a un gobernante que se quejó de “bone spurs” en los pies para juyirse de la guerra de Vietnam. Y, en algún momento, habrá una tragedia en la península coreana.

La consolación: hay una resistencia alerta y en las calles.

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