María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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Los padres de la patria puertorriqueña

Siempre que se escribe la historia de un país, se resaltan a los próceres: militares que dieron su vida por la independencia, intelectuales creadores de ideas o líderes de la cultura, la ciencia y la literatura de sus pueblos. También, se destacan políticos prominentes que alcanzaron altos mandos y desarrollaron leyes y constituciones que marcaron la economía, la educación, los principios y valores que moldearon la sociedad o las que aspiraron a crear. Es la historia de los ganadores o de los mártires que hoy coronan los libros de texto de nuestras escuelas y la letra de nuestra poesía. Los conmemoran en días festivos, en esculturas y museos para que no los olviden. Puerto Rico no es la excepción.

Sin embargo, hay otros Padres de la Patria. A esos quiero dedicarle estas breves letras.

Nacieron en los años de la Ley Jones y desde la ambivalencia de ser o no ser hijos de una nación extraña en lenguas y actitudes. Agricultores de vocación y obligación. Para no dejar de sembrar café, tabaco, pero también guineos, yautías, ñame y plátano alimentaron a una hambrienta fuerza trabajadora movida por obligación a sembrar alfombras gigantescas de caña de azúcar que enriquecía a las primeras multinacionales que llegaban a Puerto Rico para exportar azúcar y el mejor ron al mundo. Vivieron arrimaos, como contaban, en tierras de “los padres de agrego”; quienes les permitían construir un pequeño bohío, montar hamacas y trabajar la tierra de sol a sol para obtener al final del día, un poco del fruto trabajado. Vivieron en la Gran Depresión de los años 30. Vivieron y murieron alimentando al país durante la Segunda Guerra Mundial. No fueron a las guerras, pero nos salvaron de la guerra contra el hambre de la colonia durante más de 50 años.

Estos Padres de la Patria, quienes en muchos casos no llegaron a más de sexto grado, que se criaron sin zapatos, sin salud, sin agua potable, sin energía eléctrica y en pobreza extrema, garantizaron el alimento de los dueños de la patria y también el lento y precario progreso de sus hijos y del País. Gracias a su trabajo, como el más valiente héroe, sus hijos e hijas lograron ir a la escuela, trabajar en fábricas, hacerse maestros, abogadas, ingenieros, artistas, deportistas, exaltarse y elevar a Puerto Rico. No lo vivieron en su tiempo y en su carne, pero lo posibilitaron para la segunda y tercera generación. Su trabajo dejó miles de billones en riqueza material, industrial; y en políticas públicas que hoy el mundo replica.

De ese trabajo no contado, sin esculturas rimbombantes, nació la verdadera patria puertorriqueña. Esa que heredamos con luces y sombras. Sin ese trabajo, que tuvo como recurso una azada, la educación que le legó la maestra de elemental, la sabiduría de sus progenitores y la pasión, casi testaruda, de no permitir que su descendencia viviera en pobreza y desigualdad, construyeron la ruta de nuestra cultura y sociedad. Esa esla historia de mi padre, a quien le celebramos el centenario de su natalicio hace unas semanas.

Después de María, descubrimos en égidas y casitas de madera derrumbadas, muchos de estos hijos e hijas. Olvidados por una sociedad ignorante de su historia, de sus valores, de lo que nos hizo y nos hace país. Haberlos abandonado, nos dejó sin patria, sin pasado que construya un nuevo presente y nos marque la ruta de futuro. Los dejamos perdidos y ahora estamos perdidos. A ver si reencontrarnos con ellos nos permite reencontrarnos con nosotros mismos y en comunidad.

Feliz Día de los Padres a los Padres de la Patria.

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