Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Los pasos de Juana La Loca

El presupuesto de Puerto Rico es como el cadáver de Felipe El Hermoso. Va para la Junta, viene de la Junta, vuelve para allá y regresa a la Legislatura. Cada día se “pudre” o se complica más.

No sabría a quién asignarle el papel de Juana La Loca en esta historia. Cuando vengamos a darnos cuenta, se ha ido junio y el asunto está más enredado que cuando comenzó.

Sigo creyendo, simplemente, que la derogación de la Ley 80, tiene el propósito de responder a los futuros propietarios de agencias o corporaciones públicas, algunas de las cuales ya están apalabradas para la privatización. Los compradores jamás se harían cargo de ellas si, una vez privatizadas, tienen obstáculos para salir de un número importante de empleados, bien sea de confianza o gerenciales, quienes han adquirido derechos a través de los años. Por tal razón la Junta no está dispuesta a negociar que la medida sea prospectiva.

Este el único argumento que le daría sentido a todo este tranque.

Esas audiencias camerales celebradas la pasada semana no han tenido ninguna sustancia. Ni legisladores ni deponentes han planteado lo que es un secreto a voces. Cuando hay negociaciones avanzadas para una privatización, con compromisos ya contraídos, no se puede ir para atrás porque al Presidente del Senado se le ocurra hacer cambios a la medida, y porque se levante el habitual forcejeo partidista.

Por eso, también, resulta en un error estratégico de la oposición personalizar su desacuerdo con la Ley Promesa, centrándose en la figura de una sola persona, o en la de un grupo de hombres y mujeres que conforman la Junta Fiscal. En cualquier momento, por cualquier motivo, o por ninguno en particular, solo para acentuar la continuidad “filosófica” del mandato, sustituyen a uno de los miembros del ente federal, o renuncia uno de ellos, o mueven las fichas en un sentido u otro. ¿Qué van a hacer entonces los que ahora idean “escraches” en la Milla de Oro, o los improvisan en el Aeropuerto de Nueva York? ¿Rehacer todo el plan de ataque?

A mí me parece obvio que la situación no puede enfocarse en una persona, o en la Junta Fiscal como si fuera una burbuja a la que se le acerca un alfiler y se acabó el problema. Hay que profundizar en la estructura que originó la ley, que es Promesa, y en la particular y muy real circunstancia de que, si antes del huracán Puerto Rico no podía enfrentarse a una batalla campal con los acreedores, ni con los tribunales de los Estados Unidos (que tienen la última palabra en esto), después del huracán mucho menos.

Al igual que al Presidente del Senado le gustaría que le explicaran cuál es el beneficio de la derogación de la Ley 80, que lo ha dicho mil veces, que quiere que alguien vaya y se lo explique en su cara —y yo creo que ya de una vez deberían complacerlo—, a mí me gustaría que alguien me dijera cuál es el plan una vez haya sido “derrocada” la Junta.

¿Es que alguien se ha creído que vamos a seguir tal cual, que no habrá exigencias de los acreedores, o que podemos ignorar sus reclamos en los tribunales, y que el presupuesto retomará su camino de acostumbrado y cómodo esplendor?

¿Pero con qué? ¿De dónde? ¿Atenidos a qué préstamos, a qué créditos, a qué expansión comercial, a cuáles intercambios, exportaciones o negociaciones con quién?

Si a una parte de la oposición, o a toda la oposición, o a la mayoría de los gerifaltes capitolinos, la hace feliz reducir este problema a la composición de la Junta, y a los “oscuros intereses” de uno de sus miembros, o a las inversiones de la familia de la otra, pues que disfruten de esa felicidad. Pero eso no es lo transcendental ni es el corazón del conflicto.

Deben saber, además, que cuando hablan de presupuesto y de Ley 80, y de lo que exige un grupo, pero que el otro quiere eliminar, la mitad de la gente en la calle no se entera, o no está prestando atención, o no le importa. Este es un debate realmente reducido a unos círculos determinados. Ya he dicho, y repito, que la economía informal, que en muchos sentidos es un salvavidas para la sociedad, y así lo vemos a nuestro alrededor, unido a la dependencia extrema a fondos federales, opera en contra de las grandes reflexiones colectivas.

¿Existe aquí una Junta de Control que obligue a la cercanía “espiritual” y cultural con la metrópoli? No, no existe ni falta que hace. La cercanía, ese vínculo tan visceral, no ha habido que imponerlo ni forzarlo. Se da silvestre. Es la razón principal por la cual casi nadie arremete contra el Congreso, ni contra el Presidente de los Estados Unidos, o contra la nación como metrópoli. Hasta los más iracundos personajes no pasan de una línea roja que han tirado mentalmente.

La Junta va a seguir ahí por largo tiempo. Quizás no la misma gente, con excepción de Natalie Jaresko, de quien se dice es un pilar innegociable, el verdadero enlace con los verdaderos artífices. Los demás son aves de paso: vinieron de una vida ya hecha y financieramente exitosa, y algún día regresarán a ella.

El presupuesto, al final, será el que imponga la realidad, no los ensueños de la vieja nobleza enloquecida.

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