Ana Medina Hernández

Punto de vista

Por Ana Medina Hernández
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Los planes de emergencia y las acreditaciones a instituciones educativas

Los desastres naturales de nuestra reciente historia, tales como el huracán María y los temblores en el sur, evidencian la pobre cultura de preparación de desastres que tiene el país. Tanto en las agencias gubernamentales como en las instituciones privadas se observa una pasmosa desorganización que raya en la negligencia. Sin embargo, las instituciones que más llaman mi atención son aquellas que precisamente se encuentran sometidas a procesos de evaluación por parte de agencias acreditadoras. 

El ejercicio de la acreditación es un proceso donde las instituciones deben preparase para demostrar y evidenciar que cumplen con todos los criterios de excelencia para ofrecer sus servicios. En el país se acreditan varias instituciones, principalmente, las académicas (a nivel primario y superior) y los hospitales. Poseer una acreditación no es una distinción o premio que se gana por popularidad, sino más bien la garantía que una institución trabaja siguiendo las mejores prácticas tanto administrativas como éticas.  

Ciertas agencias acreditadoras, como por ejemplo el Commission on Elementary and Secondary Schools of Middle States Association, el Accrediting Alliance of Career Schools and Colleges y el Joint Commission International (en el caso de los hospitales) cuentan con uno o más estándares relacionados a la seguridad y a la preparación para emergencias. De acuerdo con las exigencias de estas agencias, las instituciones que aspiran a la acreditación deben contar con políticas y manuales de procedimientos para atender riesgos en la seguridad, manejo de emergencias y desastres naturales. Estos documentos deben divulgarse a todos los miembros de la organización; además, tienen que estar disponibles para el acceso inmediato de los clientes que se sirven de los servicios que ofrece la institución.   

Durante el huracán María, se evidenció que la mayoría de las instituciones públicas y privadas no podían reaccionar a la emergencia. La respuesta a los eventos puso de manifiesto que las políticas y procedimientos para el manejo de emergencias son letra muerta. Después de dos años de María, repetimos la misma historia con el caso de los temblores. Todavía hay instituciones que desconocen cómo responder a una emergencia. No saben quiénes son los responsables de ejecutar las políticas de seguridad. Otras no revisan sus planes de seguridad y emergencias desde inicios de este siglo. Estos actos negligentes ponen en riesgo la vida y seguridad tanto de los empleados como de los clientes a los que se brinda servicio. Peor aun, nos hace cuestionar cómo es que pasan un proceso de acreditación. 

Recientemente el jefe de la unidad de trauma del Centro Médico reclamó por un plan para el manejo de una emergencia nacional en el país. Con asombro escuché en la radio al Secretario de Salud responder que todos los médicos saben qué hacer ante una emergencia. Por otro lado, vemos como reconocen que el 95% de los planteles escolares no son seguros en caso de terremotos. ¿Qué hemos hecho luego que atravesamos una de las mayores catástrofes de nuestra historia moderna? 

Esta costumbre de ciertos administradores de minimizar los asuntos de seguridad como elementos ajenos a la realidad cotidiana de las organizaciones es un problema que cuestiona su liderato y buen juicio. Una organización que se considere de excelencia no puede pasar por alto cómo va a reaccionar a una emergencia. Más aún cuando necesitamos que servicios tan importantes como la educación y la salud estén funcionando de forma inmediata para acelerar la recuperación. 

Considero que nuestra cultura debe cambiar. Debemos aspirar a una mejor preparación para las emergencias. Necesitamos adecuar las políticas de seguridad, mantener los protocolos al día y divulgarlos a toda la comunidad. Estas acciones deben formar parte de la práctica corriente de la organización y no como una simple obligación para cumplir con el proceso de una acreditación. Una organización saludable y competitiva es aquella que asegure el bienestar de sus empleados y la recuperación inmediata luego de un periodo de emergencia. 

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