Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Los por contrato

T odo profesor ha tenido discípulos excepcionales que alguna vez llegó a visualizar como posibles colegas. Detectó en ellos la chispa del potencial, les dedicó atención, alentó sus proyectos y envió entusiastas cartas de recomendación a escuelas graduadas. Mantuvo contacto: oyó quejas, dio consejos, celebró triunfos y mitigó desánimos. Hizo, en fin, su parte para encaminarlos hacia la cátedra.

Por desgracia, muchos de esos egresados talentosos que regresan a reclamar su lugar en el mundo universitario se convierten en rehenes de las políticas de austeridad implantadas por instituciones públicas y privadas. Copiada del sector industrial, la doctrina ciega de la “costoefectividad” dicta la ley del “downsizing”. Ésta impide el reclutamiento de nuevo personal mediante la famosa congelación de plazas. Tremendo eufemismo, por cierto. Eliminación es el término justo. Profesor que se jubila o fallece, plaza que desaparece.

Lo que antes era excepción ahora es regla. Por más diplomas y mejor resumé que cargue un candidato, sólo podrá aspirar a un contrato de servicios. De hecho, según estadísticas recientes, los contratados componen entre un 50 y un 60 por ciento del claustro de la Universidad de Puerto Rico. Una minoría enseña a tiempo completo, ganando considerablemente menos que los docentes con plaza. La gran mayoría tiene que conformarse con un programa parcial de uno, dos o tres cursos, pagados a tasa de miseria.

Si eso fuera todo, ya sería demasiado. Pero las condiciones de trabajo que deben soportar estos educadores rayan en la esclavitud clásica. Al contrato por semestre sin garantía de renovación y al salario ínfimo sin expectativa de aumento, se añade una escandalosa lista de privaciones. Cero plan médico, seguro por desempleo, aportación al retiro, días por vacaciones, licencia por enfermedad o maternidad, fondos o descargues para investigación, y sigan ustedes restando. Deducciones sí hay: Seguro Social y contribuciones, cortesía del contratista.

Otras vejaciones entran en el cuadro a modo de maleficios marginales. Por morosidades administrativas en el manejo de la nómina, el primer salario tarda meses. Cancelaciones imprevistas de horario o de secciones pueden surgir hasta el último momento. Asignaciones de tareas suplementarias, sin remuneración adicional, sobrecargan la agenda fijada. Encima, el hacinamiento de estudiantes en los salones de clase complica y amplifica la faena. Y, en caso de huelga o cierre patronal, el limbo salarial acompaña cualquier extensión del calendario.

En resumen, todas las conquistas alcanzadas por las luchas sindicales a través de los siglos les son vedadas. La situación es tan extrema que hablar de explotación equivale a minimizar el asunto. Estos profesionales, especialistas en sus respectivos campos, son víctimas de un tráfico de mano de obra intelectual. Es verdad que el manto de la legalidad cobija al supuesto contrato voluntario. Pero, bendito, señores, ¡hasta los pactos con el diablo son menos abusivos!

Mejor mal pago que desempleado, pensarán. Pero, en el caso de la Universidad, esa filosofía no funciona. La inseguridad de empleo y la insuficiencia de honorarios conducen a la deambulancia académica. Los profesores reducidos a la indigencia se ven obligados a buscar oficio en otros recintos y establecimientos, también sujetos a los rigores financieros. Esas gestiones implican un esfuerzo titánico de autopromoción y unos nervios de acero para enfrentar el duro proceso de solicitud sin certeza de éxito.

A nivel individual, la precariedad laboral representa una auténtica crisis humanitaria. De lograr engranar en la maquinaria de la pluricontratación, se deberá contar con una reserva inagotable de energía para prevenir los efectos del desgaste. Y es que la pedagogía responsable requiere una preparación intensa, amén de una enorme inversión de tiempo. Los trámites de sobrevivencia acaparan la jornada. La angustia se hace cargo de las noches. A la larga, el estrés acumulado termina por erosionar la salud. Pero hay algo aún peor: el daño severo que infligen a la autoestima la marginación y el menosprecio.

Cuando, de puro milagro, surge una convocatoria para un puesto en propiedad, el trajín de actualizar el currículum, conseguir referencias, someter sílabos de cursos, comparecer a entrevistas y dar conferencias o lecciones demostrativas desafía la ecuanimidad del más bravo. Dada la escasez de oportunidades, la cantidad de solicitantes descorazona de entrada. Y los comités de selección, divididos por criterios discordantes, no siempre optan por el candidato más cualificado.

En el plano institucional, las consecuencias son devastadoras. Se trata, en realidad, de una fuga interna de cerebros. La ausencia de una plantilla permanente de profesores que pueda dedicarse a la docencia, la investigación y la creación, sin temor a la censura o al despido, obstaculiza seriamente el acceso a una formación de calidad. La degradación del ambiente de trabajo desemboca, tarde o temprano, en el descrédito de la educación.

Escucho las voces de mis exdiscípulos brillantes, bajas forzosas de un sistema excluyente. Profesora, me voy a quitar. Profesora, ya tengo el pasaje. Profesora, estoy vendiendo todos mis libros. Y, con cada ilusión que se pierde, el país se nos va muriendo.

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domingo, 6 de agosto de 2017

Los por contrato

La escritora Ana Lydia Vega pasa revista sobre la dura realidad de los docentes de educación superior que, aun con extraordinarios currículos, encaran las medidas austeras en las universidades del país que redundan en un impacto a la educación misma.

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