Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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Los reclamos de la juventud

Araíz del incidente de violencia ocurrido el 14 de febrero en una escuela en Estados Unidos, jóvenes en este país han tomado las calles para exigir al gobierno legislación que reforme el acceso a las armas de fuego, entre otras cosas.

La movilización de la juventud ha causado diversas reacciones que eran de esperarse. Mientras algunos sectores admiran a estos jóvenes por su capacidad de organización y sus acciones ciudadanas, otro sector los critica e intenta restar legitimidad a sus esfuerzos.

Para aquellos que hemos trabajado con jóvenes, intentando fomentar su involucramiento ciudadano, esta última reacción no nos sorprende. Esto es porque nosotros los adultos tenemos creencias basadas en nuestra cultura y en nuestra experiencia que son contradictorias y a veces hasta opresivas en relación a la juventud.

Por un lado, durante la niñez y gran parte de la adolescencia los adultos pensamos que el ámbito político no es un espacio apropiado para esta población. Las razones ofrecidas varían. Algunos apuntan a la inexperiencia de los jóvenes para lidiar con temas tan complejos como la pobreza, la desigualdad, las reformas educativas y la violencia. Otros exponen que la niñez y la adolescencia deberían ser etapas libres de estas preocupaciones. El énfasis, según algunos, debe ser en estudiar y pasarla bien. Para preocuparse está la adultez.

La ironía de esto es que cuando estos jóvenes llegan a los dieciocho años, son estos mismos adultos los que los critican por no estar activos a nivel político. Los discursos de que la juventud está perdida, de que el día de las elecciones prefieren ir a la playa que ir a votar y que no están informados acerca de las situaciones del país son la orden del día. Aparentemente los adultos pensamos que a los dieciocho años se activa un interruptor en el cerebro de nuestros jóvenes para que de sopetón les interese algo que toda la vida la hemos dicho no les compete.

Ahora bien, si se activan, si participan también los juzgamos. Los llamamos irresponsables y vagos. Insinuamos que los manipulan, porque imagínese, los jóvenes no tienen criterio propio para poder analizar las cosas que los afectan ni para generar acciones ciudadanas para exigir sus derechos. Insinuamos que son muy susceptibles a las opiniones de otros. Claro, porque los adultos no nos dejamos influir por la opinión de los candidatos de nuestros partidos de preferencia o por nuestros líderes religiosos, sin evaluar sus posturas de manera crítica. Puerto Rico no es la excepción. Estudie las acciones ciudadanas de jóvenes en nuestro país y verá un cúmulo de reacciones en la prensa dirigidas a deslegitimizar sus movimientos.

Es hora de entender que esta visión es una costosa, no solo para los jóvenes, sino para la sociedad en general. Una democracia fortalecida y participativa necesita de ciudadanos activos que analicen posturas, que se involucren en acciones políticas y que exijan a sus líderes legislación e iniciativas dirigidas al bien común. La participación ciudadana de jóvenes tiene además un impacto positivo en la autoestima de los jóvenes, su sentido de autoeficacia y empoderamiento, sus destrezas de análisis crítico y su desempeño académico. La política pública también se ve afectada de manera positiva, ya que el integrar la perspectiva de los jóvenes, las iniciativas son más completas y tienen el apoyo de este sector.

Para lograr esto, las organizaciones y agencias que trabajan con niños/as y jóvenes deben generar procesos de mentoría y acompañamiento con estas poblaciones para modelar conductas de participación ciudadana. Por ejemplo, la estructura de nuestras escuelas debe fomentar procesos participativos dónde los jóvenes tengan voz y voto en asuntos medulares del funcionamiento de la escuela. Los padres pueden envolver a sus hijos/as en iniciativas para atender las necesidades de personas sin hogar y otras comunidades desventajadas. Este involucramiento debe venir acompañado de conversaciones que brinden información a los jóvenes acerca de problemas sociales como la pobreza y que fomenten el pensamiento crítico de la juventud; no la conformidad a nuestras visiones de adultos. No se usted, pero yo no quiero un clon de mí mismo, sino un ser pensante que sepa tomar decisiones basadas en la mejor evidencia.

El envolvimiento de nuestros jóvenes no debe ser recibido con resistencia. Si le incomoda su participación pregúntese por qué; no sea que usted esté reproduciendo las dinámicas sociales que perpetúan la opresión de este sector. Fomentar la acción ciudadana de nuestros jóvenes es un ejercicio de quebrar dinámicas de poder entre adultos y ellos/as. El país necesita esta nueva mirada. La necesita ahora. No, Puerto Rico no tiene un Parkland o un Sandy Hook, pero tiene altos niveles de otros tipos de violencia. Además, Puerto Rico tiene una Junta de Control Fiscal y una legislatura, que discuten medidas que afectarán el presente y futuro de nuestras niñez y juventud. En todo este proceso los jóvenes necesitan adultos aliados, pero también requieren tener voz y espacios de acción ciudadana para abogar por su bienestar.

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