Daniel Colón Ramos

Tribuna Invitada

Por Daniel Colón Ramos
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Los recursos naturales se hacen

Cuando yo estaba en tercer grado me mandaron a colorear un mapa de las Américas con símbolos que representaban los recursos naturales de los diferentes países—ganado, minas, cultivos, etc. Puerto Rico salía en el mapa, pero, contrario incluso a islas vecinas, carecía de los pequeños trofeos que representaban los recursos naturales existentes. “Es que, por ser tan chiquito”, nos explicó la maestra con autoridad y lástima “aquí no hay recursos naturales”.  

Hace unos meses visité el Instituto de Neurociencias de la Universidad de Fudan en Shanghai, China, para dictar una conferencia magistral sobre los trabajos científicos de mi laboratorio. Es costumbre en China que los estudiantes sirvan de anfitriones a los conferenciantes, y la estudiante asignada me llevó, con mucho orgullo, al histórico Museo de la Seda en la ciudad de Suzhou.  La seda es un recurso natural importantísimo que no necesita introducción. Lo que muchos olvidan es que este recurso, codiciado por la realeza, proviene de una fuente muy vulgar: la oruga de una polilla. 

Antes de convertirse en polilla, el gusano teje un capullo. A alguien en algún momento, probablemente luego de observar con cuidado la formación del capullo, se le habrá ocurrido que si el gusano puede enredar el hilo, ellos lo podrían desenredar. Y así se habrá producido el primer hilo de seda, el cual cambió el comercio mundial, creando la ruta de la seda hacia Europa y África, y más adelante, motivando el financiamiento de los viajes de Cristóbal Colón. 

¿Qué tienen de especial las polillas chinas? ¿Por qué tenemos la mala suerte de que no existan en Puerto Rico? Pues las polillas chinas no tienen nada de especial. De hecho, la mayoría de las polillas, incluyendo las que comparten nuestro archipiélago borincano, hacen sus capullos de algún tipo de seda. No son solo las polillas las que hacen seda. Las telarañas están hechas de seda también.

Lo que hace de la seda un producto útil y codiciado no es la polilla, es el ingenio humano. Un concepto profundo, que lo entienden muy bien los países desarrollados, es que los “recursos naturales” no se tienen, se hacen. Se descubren. Se inventan.  Se crean con ingenio. En Suiza y en Bélgica, reconocidos productores de finos chocolates, no hay un solo árbol de cacao. En “Silicon Valley”, el epicentro tecnológico a nivel global, no hay minas de silicón. Cuando Juan Luis Guerra canta “Si de aquí saliera petróleo”, cabe recordar que la gasolina fue por muchos años considerada basura tóxica—un producto secundario en la producción del kerosén. Esto fue hasta que el empresario norteamericano, John D. Rockefeller, se le ocurrió usarla como combustible y crear valor sobre esa basura. Y cabe recordar también que en Nueva York tampoco sale petróleo, pero fue el lugar donde John D. Rockefeller inventa los usos de la gasolina que terminan dándole valor como recurso natural.   

Y es que no hay tal cosa como un “recurso natural” cuyo valor no dependa del ingenio humano. Sea un diamante o una pepa de oro, los recursos naturales no tienen valor propio neto, el valor se lo creamos los humanos luego de infundirlo con nuestro ingenio. Podemos, por ejemplo, en Puerto Rico estar sentados sobre recursos muy valiosos, tesoros renovables que beneficien nuestra sociedad, pero hasta que alguna persona no desarrolle ese valor, nunca nos daremos por enterados.

Esto no es un hipotético. En 1984, un químico de la Universidad de Illinois,  Kenneth L Rinehart, buceando por las costas de Lajas recogió unos ascidios (organismos parecidos a unas esponjas) y con ellos purificó un compuesto químico que llamó Trabectedin. Trabectedin es usado hoy por Johnson & Johnson para producir una importante medicina para tratar el cáncer del ovario. ¿Qué otros medicamentos yacen por descubrir en nuestras costas, bosques y suelos?

Puerto Rico es un país que cuenta con gran biodiversidad. Reconociendo este potencial, en 2015 el Fideicomiso de Ciencia y Tecnología desarrolla el “Centro de Biodiversidad Tropical”, un esfuerzo por conocer, catalogar, estudiar, desarrollar y proteger los recursos naturales de nuestros ecosistemas tropicales. Los ingeniosos estudios bajo el nuevo centro incluyen la identificación de posibles nuevos antibióticos producidos por coquíes y termitas. Bien puede ser que estos trabajos resulten en nuevos medicamentos para tratar infecciones. 

La necesidad de repensarnos como agentes de innovación debe comenzar temprano y fundamentarse en el pensamiento crítico científico y en el espíritu empresarial. Debemos reconocer y valorar lo que podemos aportarle al mundo con nuestro ingenio. La organización Ciencia Puerto Rico (www.cienciapr.org) se ha dado a la tarea de catalizar un cambio cultural profundo, comenzando con la educación científica a nivel de escuela intermedia. A través del proyecto “Ciencia al Servicio” han creado una colaboración entre científicos y maestros para adiestrar a estudiantes en el pensamiento crítico, motivándolos a usar su ingenio y el método científico para resolver problemas concretos en sus comunidades y Puerto Rico. De esta manera se busca promover un cambio cultural que reconozca que somos nosotros gestores de nuestras propias soluciones—que lo que nos toca a nosotros descubrir y solucionar, por definición, no lo hará otro.  

Decir que en Puerto Rico no hay recursos naturales no es solo falso, es dañino para Puerto Rico y la humanidad. Que le encontremos o no valor depende, no de la naturaleza que nos rodea, sino de nuestra capacidad para estudiarla, conocerla, desarrollarla y protegerla. Los puertorriqueños somos custodios de nuestros recursos naturales, y lo que no se entiende, no se protege. Quedan por descubrir, en nuestros bosques, mares y suelos, grandes tesoros en espera del ingenio boricua y para beneficio de la ancha humanidad.

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