Patrick André Mather

Tribuna Invitada

Por Patrick André Mather
💬 0

Los retos cotidianos de los docentes en la UPR

En los últimos meses, en un contexto de recortes presupuestarios y de reestructuración, se ha hablado mucho sobre la situación precaria de los docentes sin plaza en la Universidad de Puerto Rico (UPR). En efecto, es triste ver que la universidad abra cada vez menos plazas, y recurra a una “mano de obra barata” que trabaja por un sueldo miserable y que no tiene seguridad de trabajo, ni beneficios marginales. 

Durante varios años, trabajé con la Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU), donde fungí como presidente del Comité de Docentes sin Plaza. Hace más de diez años, logramos que la administración central de la UPR concediera un plan médico a los profesores sin plaza que tenían un contrato de servicio a tiempo completo. Fue un paso adelante, pero insuficiente, dado que la gran mayoría de ellos trabajan a tiempo parcial. Los salarios de los profesores a tiempo parcial en la UPR son escandalosos, con menos de $2,000 por semestre para un curso de 3 créditos. Esto es mucho menos que los sueldos que se cobran en las principales universidades norteamericanas, y en términos de tarifas por hora, en el mejor de los casos, es a penas mejor salario que el de un trabajo en Walmart.

En comparación con esta situación precaria, la de los profesores con plaza puede parecer muy envidiable si uno toma en cuenta el salario, las vacaciones, el plan médico y el sistema de retiro. Sin embargo, incluso para esta categoría privilegiada, la situación no siempre es idónea. De hecho, las condiciones de trabajo de los catedráticos también se han deteriorado en los últimos diez años.

Por ejemplo, en la mayoría de la universidades americanas y canadienses, los profesores con permanencia tienen derecho a una sabática cada siete años para llevar a cabo proyectos de investigación o de creación. En muchos campos, esto permite a los investigadores avanzar en sus proyectos, escribir un libro o artículo, o crear obras artísticas. En la Universidad de Puerto Rico, las licencias sabáticas fueron abolidas en 2010, excepto para algunos casos excepcionales. Otros beneficios han sido eliminados, incluyendo la obvención para la compra de libros y materiales que cada profesor con plaza recibía; en muchos casos, también los fondos disponibles para asistir a conferencias en el extranjero se han derretido como la nieve al sol. En la docencia, al menos en el Departamento de Lenguas Extranjeras, el tamaño de las clases se ha casi duplicado en quince años, pasando de un promedio de 14 o 15 a 25 estudiantes por sección. La calidad de la enseñanza no puede ser la misma, especialmente si se imparten cursos de idiomas en los que la comunicación directa entre el profesor y el estudiante es esencial.

Hay otro aspecto de las condiciones de trabajo de los catedráticos que se han deteriorado, y que se puede describir como una serie constante de molestias diarias, desde llamadas telefónicas o correos electrónicos ignorados, hasta la ausencia deconsulta para el nombramiento de directores y decanos, pasando por la violación sistemática de la normativa universitaria bajo el pretexto de los "usos y costumbres". Cuántas veces me han dicho, cuando cité el Reglamento General de la Universidad de Puerto Rico, que “no entiendo cómo se hacen las cosas aquí”. Lamentablemente, lo entiendo demasiado bien.

Incluso después de quince años en la Universidad de Puerto Rico, todavía me sorprende la capacidad de algunos miembros del personal administrativo de ignorar sistemáticamente las peticiones, a menudo muy sencillas, de los profesores, tales como una simple cita, un anuncio de un evento científico o cultural por el correo institucional, o incluso la firma de un formulario de solicitud. En algunos casos, es necesario presentarse personalmente en la oficina en cuestión y emboscar al funcionario, o conocer a un secretario o una secretaria que esté en buenas relaciones con el funcionario o la funcionaria en cuestión. Este amiguismo, omnipresente en la UPR, es insoportable.

En cuanto a los procesos consultativos, en los últimos años, varios directores y otros puestos administrativos han sido nombrados de manera interina, sin ninguna consulta y, en algunos casos, sin siquiera notificar a los profesores del nombramiento. Ciertamente, la Universidad de Puerto Rico nunca ha sido una democracia. Pero hace unos diez años o más, en mi facultad, al menos fingían preguntar a los profesores por su opinión. En todo caso, las pocas consultas que todavía se llevan a cabo no se parecen nada a un voto democrático. En el mejor de los casos son recopilaciones de opiniones sin ninguna obligación de parte de la institución de tomar en cuenta las mismas. Por ejemplo, la reunión del claustro del Recinto de Río Piedras el 12 de abril de 2019 fue cancelada por falta de quorum, porque los docentes están muy conscientes de esa triste realidad. Existen, en otros países, universidades públicas donde todos los directores, decanos y rectores son elegidos por un cuerpo de profesores, estudiantes y empleados no docentes. Pero eso sería el tema de otra columna.

Esto nos lleva a las numerosas irregularidades en la aplicación del Reglamento General de la Universidad de Puerto Rico, no sólo en los procesos consultativos, sino también en la asignación de cursos durante el año académico regular o durante el semestre de verano, cuando ya no se respeta la antigüedad de los profesores, y en varias decisiones arbitrarias en las que se utiliza, otra vez, el argumento de los “usos y costumbres”. La aplicación arbitraria y selectiva del Reglamento puede ser sinónima de favoritismo o de corrupción. Desde años, hay casos de hostigamiento laboral sin resolución, porque las quejas se quedan en gavetas y se protejan los culpables.

Todos estos problemas muestran que incluso los profesores con plaza, aunque sean privilegiados en comparación con los docentes sin plaza, están siendo privados gradualmente de sus derechos y prerrogativas, especialmente porque, a diferencia de los empleados no docentes, no tienen derecho a formar un sindicato para defender sus derechos. Aunque la APPU hace todo lo posible para promover los derechos de los docentes sin y con plaza, esta organización no tiene el mismo estatus o poder que un sindicato como la Hermandad de Empleados (HEEND). Como la mayoría de mis colegas, lamento los recortes en el presupuesto de nuestra institución, pero también hay problemas gerenciales que no están vinculados con el presupuesto, sino con “usos y costumbres” que deberíamos examinar de manera crítica y con detenimiento.

Otras columnas de Patrick André Mather

💬Ver 0 comentarios