Marcos Ramos Meléndez

Punto de vista

Por Marcos Ramos Meléndez
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Los Reyes sí estaban allí

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”. 

Confieso que a pesar de haber vivido más de la mitad de mi vida en Estados Unidos, mis raíces jamás se han arrancado de esta isla y aún más, la raíz principal todavía está aquí cerca, en la calle Palma Núm. 9, en el Barrio Amparo. Luego de más de 40 navidades frías, nevadas y grises, los eventos de la Navidad de la niñez del Barrio Amparo se arraigan y se niegan a ser borrados de mi mente.

Este arraigo se hace más imperante durante esta época. La Navidad en el Barrio Amparo era especial. Por alguna razón que aún hoy se escapa de mi mente, los días se sentían diferentes, se respiraba un aire levemente dulce, de brisa suave y una rara sensación de expectativa. ¡Algo había de llegar! La música navideña, principalmente los aguinaldos jíbaros, comenzaba en la primera semana de diciembre. Papi se lamentaba de que tan sólo se oía música de tierra adentro en Navidad. Cantaban Chuíto el de Bayamón, Ramito y el viejo Chuíto el de Cayey. Hasta la comprita semanal de la tienda de Don Lino era diferente; higos, dátiles, nueces y avellanas, sidra espumante y mi favorito, el turrón alicante.

Entonces la actividad de los adultos tomaba un ritmo diferente, acelerado pero con más sonrisas. Los aromas de la cocina delataban a voces el eventual menú: pasteles, arroz con gandules, pernil, arroz con dulce, tembleque. Llegaban visitas de familiares, primos y tíos del Barrio Cuevas de Peñuelas.  

En la escuela del Amparo nuestras maestras traían cartulinas rojas y verdes que luego de varios cortes de tijeras se transformaban mágicamente a nuestros ojos en árboles de Navidad, pascuas, postales y adornos. Doña Yuya, maestra de segundo grado y la mejor cantante de canciones infantiles que niño de segundo grado pueda haber tenido, nos enseñó “Noche de Paz”. “Cántenla como en susurros”, nos decía, y la cantábamos en voz baja y lentamente. “Pastores y zagalas venid, venid, llegad”… “Tichel, ¿qué son zagalas?” “Misij, ¿por qué cantamos-Dios bendiga el santo nombre de Jesús, que murió en la cruz? ¡Eso no es de Navidad! La contestación tardó décadas en llegar a mi alma. 

El 24 de diciembre era especial. Una cena bien tarde, como a las 10 de la noche, música y parrandas. “A la medianoche el galló cantó/ Y en su canto dijo que Cristo nació”. Luego de las doce, a dormir sabiendo que la próxima fiesta  de los grandes sería el 31 de diciembre. ¿Que venía quién el día 25? ¡No, no, no! En el pesebre no estaba ningún gordo cachetón vestido de colorado hablando y riéndose en inglés. ¡Allí sólo estaban tres reyes!

El 28 de diciembre, Día de los Inocentes, se nos decían cosas que no eran ciertas, mentirillas para luego burlarse de nosotros. “Tú vas a la fiesta con los que se quedan”. “Toma un dulce” y al extender la mano no había tal dulce. “Caíste, Día de los Inocentes”. 

La noche de año viejo todos teníamos que estar en casa. El ambiente era serio, sombrío a veces, nostálgico. Papi hablaba en forma más pausada y melancólica de otras navidades, de familiares ya fallecidos, de eventos pasados; tanto alegres como tristes. Al sonar las 12 todos le pedíamos la bendición y él nos daba su bendición. Mami tenía una cacerola llena de agua y a las misma doce zumbaba el agua a la calle. Una vez le mojó los ruedos y los zapatos a Don Aniceto, de la Calle Corta. Luego escuchábamos “El brindis del bohemio”, poema obligatorio para la ocasión. Luego, a dormir y a soñar con el día de fiesta más ansiado y esperado de todos los niños del mundo, el Día de Reyes.

En esos primeros cinco días del nuevo año cada una de las esquinas del barrio se tornaban en ágoras griegas, cónclaves donde se debatía la realidad vs. la irrealidad de los tres reyes. Los argumentos a favor y en contra se expresaban tan fervorosamente que hasta Sócrates se sorprendería de nuestros silogismos y mayéutica. El debate filosófico de barrio cesaba en la tarde del 5 de enero. Ya era tiempo de buscar una caja de zapatos y grama para los camellos, y colocarlas debajo de la cama junto a una notita para los reyes. Ambos contrincantes estaban en acuerdo en esto: había que poner la caja con hierba si es que íbamos a recibir regalos de los tres reyes. (Los oponentes decían, “por si acaso”, bien bajito). Al anochecer, prontito a la cama a dormir.   

El día de reyes el argumento medular de Epifanía se deshacía en griterías de sorpresas al despedazar las envolturas de los regalos que los reyes habían envuelto a veces en la forma más precaria del mundo. (Si no lo creen, traten de envolver  elegantemente una bicicleta). Hoy mis viejos ojos imaginan las esquinas y el espectro de Sócrates riendo a carcajadas.

En cuanto a la otra gran polémica de carácter y seriedad internacional, todos nosotros hubiéramos ido a las Naciones Unidas, al Vaticano y hasta a la iglesia Metodista frente al Barrio para declarar a voces en nuestro mejor inglés, “Santacló guasant in de Pesebre. ¡Los reyes sí estaban allí!”.

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